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Viajeros en la Historia

Hedin y los secretos del desierto y del yogurt

Si habíamos creído que el continente africano era la parte más desconocida del planeta, o la más tardía en conocerse, no estaríamos tan seguros luego de revisar los trabajos que el explorador sueco, Sven Anders Hedin, realizó en el Asia central hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Sus largos y múltiples viajes hicieron que se le conociera como “el Marco Polo moderno”. Hedin nació en Estocolmo en 1865; cursó estudios en las universidades de Upsala, Berlín y Halle. Sus primeras expediciones, con tan solo 20 años de edad, las realizó por el Cáucaso, Persia y Mesopotamia.

Años después, el atrevido explorador quiso ir más hacia el Este desde el Mar Caspio; llegó a Kachgar, en la provincia china de Sinkiang, que es la puerta hacia el temible desierto de Taklamakan. Visitó también Turquestán, donde fue agregado del rey Oskar en la embajada ante el Sha de Persia y en el Corazan, en 1890-91. Su elegancia y carisma como diplomático siempre inspiró confianza a los gobernantes que visitaba.

Fue en 1893 cuando decidió iniciar otro viaje hasta el Tibet. Siempre acompañado de guías traductores y demás personal, partió de Rusia y cruzó la elevada región de Pamir, Orenburgo y la meseta del Tibet, hasta Pekín. Este recorrido duró cinco años, y lo más valioso fue la exploración del mencionado desierto Taklamakan. Éste se encuentra en la región oeste de China, y es considerado uno de los parajes más cálidos y secos del planeta; Taklamakan significa “si entras no saldrás”, lo cual habla de lo complicado e inhóspito del lugar. Hiden descubrió ahí varias ciudades antiguas cubiertas por la arena, una de ellas: Dandan-Uiliq, a la que consideró “la antigua ciudad de Taklamakan”. Excavando las ruinas encontró pinturas murales con escenas lacustres, lo cual nos habla de la milenaria existencia de lagos en la región que actualmente existen de manera estacional y que desgraciadamente han venido desapareciendo. Encontró también estatuas en bronce de Buda y cerámica. En su faceta como arqueólogo también aportó valiosos conocimientos a la disciplina.

Al iniciar el siglo XX regresó al Tibet en dos ocasiones y exploró el curso del río Tarím, parte del Gobi y descubrió las ruinas de Lulán. El Taklamakan lo volvió a seducir y regreso a él con nuevos objetivos; recorrió la vieja cuenca y los desplazamientos del Lago Lob al este del intransitable desierto. Exploró la cadena montañosa del Tibet y al parecer la bautizó como Trans-Himalayas, como ahora se le conoce; descubrió las fuentes de los ríos Brahmaputra, Indo y Sutlej. En 1913 ingresó a la Academia Sueca y tres años después realizó un rápido viaje al Medio Oriente siguiendo el curso del Éufrates y el Tigris, ruta muy parecida a la que Jenofonte y sus “Diez mil” recorrieron en el siglo V adC., y de la que ya hemos hablado antes.

Siempre que regresaba a Europa, tenía la sensación de que había dejado mucho por explorar en la región que visitaba; entre 1927 y 1933 dirigió otra expedición internacional a China, Mongolia, Tibet y Altai. Ahora estaba interesado en seguir las huellas de las culturas del helenismo de occidente, el budismo indio del sur y la cultura mongólico-china. Para ello integró un equipo de geólogos, meteorólogos, botánicos, arqueólogos y lingüistas. Exploró lugares que ya había visitado antes, pero ahora con ojo estrictamente científico, de lo que resultó una gran cantidad de importantes libros, sumados a los que desde 1904 había empezado a escribir: “Resultados científicos de un viaje al Asia Central” (1904-1907),  “Jerusalén” (1917), además de una impresionante obra de nueve volúmenes: “Tibet meridional” (1907-1923), “La conquista del Tíbet” (1935), entre otra docena de obras.

Aunque su aportación al conocimiento de esta región oriental fue valiosa y realizó viajes que incluso muy pocos chinos se atrevieron en tiempos modernos, no se ha dejado de reprocharle su adhesión al régimen de Hitler, con quien tuvo una cercana amistad aun cuando su bisabuelo había sido rabino, aunque también le cuestionó su errónea política internacional; incluso escribió en alemán “Alemania y la paz mundial” (1937). Cuando Hedin tenía 75 años de edad aún lucía joven y fuerte, entonces Hitler le preguntó su secreto, a lo que respondió que debía tomar mucho yogurt y hacer menos corajes. Hedin murió en 1952, entre la gloria y la polémica, con 87 años en su espalda y miles de kilómetros de satisfacciones.

Cristóbal Durán
ollin5@hotmail.com

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