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Ven, Señor, Rey de justicia y de paz
De poco sirve la doctrina del amor del libro llamado Evangelio si no se hace realidad en cada una de las personas
Ya en el final de este año de fiestas --con el doble aniversario de los doscientos años del inicio de la emancipación con la independencia nacional y cien de la revolución mexicana; con mucho ruido, muchos festejos, abundancia de discursos y publicaciones--, sin embargo, se percibe en el ambiente una insatisfacción porque ni la independencia ni la revolución han traído a muchos mexicanos el bien apetecido y deseado: una verdadera paz.
Miedo es la palabra más común en la boca de muchos, porque los asaltos, los secuestros, la violencia, la crueldad, el soborno, las noticias continuas de los hombres caídos con la “razón” de las balas, afligen y llenan de temor.No hay seguridad y dicen que se protege más a los malhechores que a las víctimas. ¿Dónde está la justicia?
En este segundo domingo de Adviento se escucha el grito, la plegaria: ¡Ven Señor, Rey de Justicia y Paz! ¡Ven a nuestra vida, ven a nuestra patria!”.
Mas la plegaria personal y comunitaria debe, para motivar la respuesta, ser acompañada con una auténtica conversión.
“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos”
La conversión --llamada también metanoia, palabra griega que significa cambio-- es una renovación interior primero del propio corazón; una liberación verdadera, total. El desorden está dentro y por allí se ha de empezar. Mientras el hombre siga encadenado a sus pasiones, mientras no rompa con un pasado de pecado --y el pecado es la mayor injusticia, el mayor mal-- no habrá camino a la justicia, no se saboreará la paz.
Primero está la conversión personal, para alcanzar la paz interior. Ante la dureza de la vida asoma la esperanza cristiana, no como una evasión meramente imaginaria de la realidad, sino con la certeza de la venida del Dios que libera, para lograr --sin desvirtuar el esfuerzo del hombre-- salir de la mentira, del pecado, dejar las tinieblas.
La Edad de Oro
El profeta Isaías anuncia, desde ocho siglos antes, la llegada del Mesías; será rey, con la sabiduría de Salomón y la valentía de David. Un rey para dar a los hombres la soñada Edad de Oro de la humanidad. Será una etapa nueva en la historia, cuya característica será la implantación de la justicia entre los hombres.
Describe esa paz anunciada con signos: “Vivirán juntos pacíficamente lobos y corderos, terneros y leones; el niño jugará sobre el agujero de la víbora; la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente, porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.
Mas sucede siempre que esa Edad de Oro ha sido una utopía, porque...
El Príncipe de la Paz llega; la suspirada paz no llega
Aunque la paz es el saludo de Cristo y desear la paz a los hombres de buena voluntad es símbolo de los cristianos, no se encarna la paz porque no se encarna la justicia en muchas personas vivientes.
De poco sirve la doctrina del amor del libro llamado Evangelio --buena nueva--, si no se hace realidad en cada una de las personas, en las familias, en las instituciones, en los acontecimientos y hasta en los detalles de la vida cotidiana.
Si no se hace ralidad el programa del Mesías esperado, por muy deseado que se suponga, terminará por ser --como lo es en mucho-- letra muerta.
Hagan ver con obras su conversión
En este tiempo de Adviento, son el profeta Isaías --en la antigüedad-- y Juan el Bautista --ya cerrando el Antiguo Testamento y abriendo las páginas del Nuevo--, los vigorosos anunciadores del misterio de la salvación.
Juan se deja ver y oír en el desierto y su voz es escuchada por multitudes. Acuden a él y aceptan con atención sus enseñanzas. Sin embargo, él sólo es heraldo, sólo anuncia la inminente presencia del Rey, del Mesías; descendiendo como lo anunció Isaías: renuevo del tronco de Jesé, quien fue padre de David.
Juan no es la Palabra, el Verbo de Dios. Él es tan sólo la voz, voz con oficio de anuncio. Y para que de una vez por todas quede claro, afirma que él “ni siquiera es digno de desatar las correas de las sandalias del que ha de venir”.
Mas insiste en prepararle el camino. Quiere poner a la gente a la obra. Quiere no teóricos, sino hombres convertidos, con las simbólicas herramientas de la fe en la mano y abriendo ya el camino.
La conversión no solamente es decir sí; la conversión es anunciada para renovar al mundo.
“El que viene después de mí es más fuerte que yo”
Juan es el portero del palacio. Él abre las puertas de par en par al Rey que viene.
El Rey David anuncia la llegada del Rey .- Salmo 24 (23)
“¿Quién es el Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor, héroe de la guerra.
“¡Portones, alzad los dinteles!
¡Levantáos, puertas antiguas!
¡Va a entrar el Rey de la gloria!
¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria”.
Grande prerrogativa de Juan el Bautista fue haber sido escogido en el plan divino para cerrar el profetismo del Antiguo Testamento y abrir las puertas del Nuevo Testamento.
Fuego, verdad, austeridad fueron características del precursor. Y una más: la humildad. A cuantos acudían al río Jordán para ser bautizados por él, con verdad, con humildad les advirtió: “Yo los bautizo con agua en señal de que ustedes se han convertido...
... Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego”
Desde ese momento Juan, con su oficio de anunciar, anuncia también el bautismo futuro, nuevo, regenerador, con el que habrían de entrar muchos, incontable multitud, en el Reino de Cristo.
Tal vez quien esté leyendo estas líneas sienta honda gratitud por el bautismo recibido. San Gregorio de Niza lo dice así: “Es el más bello y magnífico de los dones de Dios. Es don, es regalo porque es conferido gratuitamente; es gracia porque se concede hasta a los pecadores, los culpables; es bautismo porque el pecado es sepultado en el agua; es unción porque es sagrado y quedan ungidos los bautizados; es iluminación porque allí llega al alma la luz resplandeciente, Cristo; es vestidura porque la gracia cubre toda vergüenza; es baño porque lava, purifica; es sello porque deja en el bautizado la marca indeleble, imborrable, de que el bautizado ya es de Dios, ya es hijo y por tanto heredero de los bienes de su Padre Dios”.
Este bautismo, distinto del de Juan, es el sacramento de iniciación en la vida del cristiano.
José R. Ramírez
Miedo es la palabra más común en la boca de muchos, porque los asaltos, los secuestros, la violencia, la crueldad, el soborno, las noticias continuas de los hombres caídos con la “razón” de las balas, afligen y llenan de temor.No hay seguridad y dicen que se protege más a los malhechores que a las víctimas. ¿Dónde está la justicia?
En este segundo domingo de Adviento se escucha el grito, la plegaria: ¡Ven Señor, Rey de Justicia y Paz! ¡Ven a nuestra vida, ven a nuestra patria!”.
Mas la plegaria personal y comunitaria debe, para motivar la respuesta, ser acompañada con una auténtica conversión.
“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos”
La conversión --llamada también metanoia, palabra griega que significa cambio-- es una renovación interior primero del propio corazón; una liberación verdadera, total. El desorden está dentro y por allí se ha de empezar. Mientras el hombre siga encadenado a sus pasiones, mientras no rompa con un pasado de pecado --y el pecado es la mayor injusticia, el mayor mal-- no habrá camino a la justicia, no se saboreará la paz.
Primero está la conversión personal, para alcanzar la paz interior. Ante la dureza de la vida asoma la esperanza cristiana, no como una evasión meramente imaginaria de la realidad, sino con la certeza de la venida del Dios que libera, para lograr --sin desvirtuar el esfuerzo del hombre-- salir de la mentira, del pecado, dejar las tinieblas.
La Edad de Oro
El profeta Isaías anuncia, desde ocho siglos antes, la llegada del Mesías; será rey, con la sabiduría de Salomón y la valentía de David. Un rey para dar a los hombres la soñada Edad de Oro de la humanidad. Será una etapa nueva en la historia, cuya característica será la implantación de la justicia entre los hombres.
Describe esa paz anunciada con signos: “Vivirán juntos pacíficamente lobos y corderos, terneros y leones; el niño jugará sobre el agujero de la víbora; la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente, porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.
Mas sucede siempre que esa Edad de Oro ha sido una utopía, porque...
El Príncipe de la Paz llega; la suspirada paz no llega
Aunque la paz es el saludo de Cristo y desear la paz a los hombres de buena voluntad es símbolo de los cristianos, no se encarna la paz porque no se encarna la justicia en muchas personas vivientes.
De poco sirve la doctrina del amor del libro llamado Evangelio --buena nueva--, si no se hace realidad en cada una de las personas, en las familias, en las instituciones, en los acontecimientos y hasta en los detalles de la vida cotidiana.
Si no se hace ralidad el programa del Mesías esperado, por muy deseado que se suponga, terminará por ser --como lo es en mucho-- letra muerta.
Hagan ver con obras su conversión
En este tiempo de Adviento, son el profeta Isaías --en la antigüedad-- y Juan el Bautista --ya cerrando el Antiguo Testamento y abriendo las páginas del Nuevo--, los vigorosos anunciadores del misterio de la salvación.
Juan se deja ver y oír en el desierto y su voz es escuchada por multitudes. Acuden a él y aceptan con atención sus enseñanzas. Sin embargo, él sólo es heraldo, sólo anuncia la inminente presencia del Rey, del Mesías; descendiendo como lo anunció Isaías: renuevo del tronco de Jesé, quien fue padre de David.
Juan no es la Palabra, el Verbo de Dios. Él es tan sólo la voz, voz con oficio de anuncio. Y para que de una vez por todas quede claro, afirma que él “ni siquiera es digno de desatar las correas de las sandalias del que ha de venir”.
Mas insiste en prepararle el camino. Quiere poner a la gente a la obra. Quiere no teóricos, sino hombres convertidos, con las simbólicas herramientas de la fe en la mano y abriendo ya el camino.
La conversión no solamente es decir sí; la conversión es anunciada para renovar al mundo.
“El que viene después de mí es más fuerte que yo”
Juan es el portero del palacio. Él abre las puertas de par en par al Rey que viene.
El Rey David anuncia la llegada del Rey .- Salmo 24 (23)
“¿Quién es el Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor, héroe de la guerra.
“¡Portones, alzad los dinteles!
¡Levantáos, puertas antiguas!
¡Va a entrar el Rey de la gloria!
¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria”.
Grande prerrogativa de Juan el Bautista fue haber sido escogido en el plan divino para cerrar el profetismo del Antiguo Testamento y abrir las puertas del Nuevo Testamento.
Fuego, verdad, austeridad fueron características del precursor. Y una más: la humildad. A cuantos acudían al río Jordán para ser bautizados por él, con verdad, con humildad les advirtió: “Yo los bautizo con agua en señal de que ustedes se han convertido...
... Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego”
Desde ese momento Juan, con su oficio de anunciar, anuncia también el bautismo futuro, nuevo, regenerador, con el que habrían de entrar muchos, incontable multitud, en el Reino de Cristo.
Tal vez quien esté leyendo estas líneas sienta honda gratitud por el bautismo recibido. San Gregorio de Niza lo dice así: “Es el más bello y magnífico de los dones de Dios. Es don, es regalo porque es conferido gratuitamente; es gracia porque se concede hasta a los pecadores, los culpables; es bautismo porque el pecado es sepultado en el agua; es unción porque es sagrado y quedan ungidos los bautizados; es iluminación porque allí llega al alma la luz resplandeciente, Cristo; es vestidura porque la gracia cubre toda vergüenza; es baño porque lava, purifica; es sello porque deja en el bautizado la marca indeleble, imborrable, de que el bautizado ya es de Dios, ya es hijo y por tanto heredero de los bienes de su Padre Dios”.
Este bautismo, distinto del de Juan, es el sacramento de iniciación en la vida del cristiano.
José R. Ramírez