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El problema social de salud se debe a que la alimentación escasa del anoréxico no cubre las necesidades básicas

    Los desórdenes o trastornos alimenticios es el tema a tratar. Para comenzar, la anorexia ha cobrado tal importancia que, por ejemplo, es posible escuchar en una estación radiofónica local mensajes que terminan con una frase algo así como: “Al primer síntoma de anorexia consulte un especialista”, después de que se han mencionado los problemas relacionados con esta enfermedad. La palabra anorexia viene de dos raíces griegas, “an”, partícula negativa y óreksis, apetito. En la categoría de anorexia psicológica se tienen tres tipos: la anorexia nerviosa primaria, en la que sólo existe el miedo a subir de peso; la anorexia nerviosa, propiamente dicha, en la que se limita severamente la ingestión de alimentos, especialmente los que contienen carbohidratos y grasas; la anorexia nerviosa secundaria, consecuencia de una enfermedad psiquiátrica como la esquizofrenia o la depresión; y la bulimia, que es el caso en el que, quien la sufre, come en exceso y luego se induce el vómito, o toma grandes cantidades de laxantes. De acuerdo con la opinión de algunos especialistas, son muchas las causas de la anorexia pero, en general, coinciden en que las características de una persona candidata a anoréxica serían las siguientes: (a) Búsqueda de una identidad personal; lo cual supone que las personas inmaduras son más proclives a ella; (b) miedo a asumir las responsabilidades propias de la vida adulta o el deseo de permanecer en un estado aniñado, infantil; © atracción por modelos erróneos como ideal a los cuales parecerse (la tiranía de la moda y los concursos de belleza); (d) percepción engañosa de la realidad, por la que la persona no se ve como en realidad es. El problema social de salud se debe a que la alimentación escasa del anoréxico no cubre las necesidades básicas, lo que trae como resultado un estado de debilidad generalizada, propensión a todo tipo de enfermedades y, finalmente, la muerte.

     Parece ser que el consenso generalizado es que esta enfermedad no se entiende sin una conducta que ha ido ganando terreno en los últimos años: el deseo de estar delgada.

     Estamos en una época en la que este “valor” está entre los primeros de la axiología de la sociedad. La imagen externa se ha convertido en la tarjeta de presentación, y el miedo al rechazo es vivido como algo terrible.Aquí, más que hablar de la pérdida de valores en nuestra sociedad, habríamos de referirnos a una escala de valores equivocada propiciada por el bombardeo que se tiene sobre el “valor” de la apariencia. Basta ver todos los mensajes televisivos que por semanas vimos con relación a nuestra Miss Universo.

   Volviendo a la ciencia de la estadística, un estudio arroja el resultado de que el 84.3% de enfermos de anorexia no tiene práctica religiosa. Pueden ser bautizados, pero no practicantes, apóstatas o ateos, de manera que sus modelos de comportamiento están igualmente trastocados. Se encuentran en la situación de la iglesia de Laodicea (Ap 3, 17) que se veía a sí misma como saludable y vigorosa, cuando en realidad su situación era desesperada. Una vez más la ciencia y la religión confluyen para tratar de sanar al enfermo. Constatamos que una de las advertencias reiteradas de la Escritura es que el creyente ha de guardarse de la envidia (Sal 37, 1; Prov 23, 17; 24, 1) porque puede caerse en la tentación de dejarse llevar como borregos, adoptando patrones y mentalidad equivocados. Pero San Juan nos indica que conoceremos la verdad y ésta nos hará libres (Jn 8, 32). Sólo la fe en Cristo y la vivencia de los valores evangélicos libran de la esclavitud impuesta por los mercantilistas y los mercenarios de la muerte. La autoestima que se necesita para no caer en sus garras se puede alcanzar si se comprende verazmente que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y hemos de honrar a Dios en el cuerpo (1Cor 6, 19-20). Una sociedad machista que cosifica a la mujer volviéndola annoréxica, viola los principios fundamentales del amor y atenta contra la justicia y la equidad, de acuerdo con la exhortación de Juan Pablo II en su carta apostólica Mulieris Dignitatem. Hasta que los hombres amemos a nuestras mujeres como Cristo amó a su iglesia y dio su vida por ella (Efe 5, 25) cesará ese mal que las aqueja y les arrebata su felicidad y su libertad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.com    

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