Suplementos
Una joya de arena
El pueblo de las aguas termales guarda un singular rincón para rendir tributo a la Virgen de Lourdes
GUADALAJARA, JALISCO (07/ABR/2012).- Villa Corona se divide de manera clara por su carretera. Del lado derecho, el pueblo parece no tener nada qué ver con la oferta de parques acuáticos. El brazo diestro de la carretera que cruza el pueblo, guarda el quehacer cotidiano del lugar. A pesar de que no es un pueblo pintoresco que destaque por su arquitectura o la homologación de las fachadas de sus casas, sí conserva el calor humano de sus habitantes, que aún alzan la mano al encontrarse de carro a carro, como si llevaran años de conocer al visitante.
Justo por la calle central del pueblo, la misma que lleva y cruza la plaza principal, al terminar la iglesia, hay que dar vuelta a la derecha hasta subir la cuesta de la calle. Hay un tesoro que espera ser conocido. Hablamos del templo de arena, ubicado al final de esta subida que termina apenas donde acaba el pavimento. De su lado derecho, pasa desapercibido un pequeño y humilde atrio; si no se fija con atención es muy probable que no se percate de la iglesia que aguarda ahí.
“Sí, está abierto”, grita don Juan Navarro, un hombre mayor, con el pelo entre cano, huaraches viejos y una camisa a cuadros amarrada con un pequeño nudo a la altura de su ombligo. Es el propietario de la iglesia, construida en 1939 por su padre, Jesús Navarro, excavadores de oficio que tuvieron a bien crear esta obra. “Sí, es un templo de arena señor; de pura arena, hecho a pico y pala por nosotros”, explica don Juan mientras abre la primera puerta, la del atrio. Apenas se pone un pie dentro del templo, lo primero que se aprecia es un frío extraño; húmedo, cual si fuere un congelador gigante. Don Juan enciende las luces, y lo mejor está por venir. Sí, es un templo formador en una cueva de pura arena, cavada a mano con picos y palas por la familia Navarro. De unos 30 metros de largo, donde al final se aprecia una imagen de la Virgen de Lourdes, a quien se venera ahí. Por donde se mire, todo es arena, pero sólida; firme.
Por fuera del templo se aprecian unos arcos que a simple vista parecen ser parte del ornato del atrio, pero en realidad son cuevas obscuras; “todas llevan a donde mismo; ¡venga, no tenga miedo!, hay algunos murciélagos, pero no hacen nada”, continúa don Juan al cuestionarle sobre los mencionados arcos. El aroma al entrar ahí cambia. Se percibe un olor extraño. Frío, pero ya no a tierra, es algo así como a heces de los mamíferos ésos, que colgados boca abajo reposan al final de la cueva.
“¡Véngase, no le pasa nada, ahorita ya casi ni hay murciélagos! ¡uy! Antes eran parvadas, pero ni hacen nada! Insiste don Juan. A lo lejos se oye dentro de la cueva el chillar que emiten los pajarracos. Todo es obscuro, pero una vez estando adentro de esas cuevas interconectadas, y con la compañía de den Juan que sostiene un fósforo entre sus dedos, todo es más tranquilo. El nervio sigue, pero ya al mirar un pedazo de luz, se está del otro lado; se vuelve a salir otra vez al atrio del templo.
Don Juan vive ahí, desde niño. Ahora tiene 71 años de edad. Pide a cambio de admirar la obra una cuota de ayuda “unos cinco o 10 pesos”, dice el anciano, que sólo pide dos cosas. La primera, una ayuda simbólica, y la segunda, en la que a cada momento de la plática hace énfasis es: respeto. “La gente es imprudente oiga. Aquí me paso trabajando para mantener siempre limpio. Pero hay cada individuo que… no les importa; si nos enseñáramos a respetar, qué a todo dar sería”.
De pronto, el septuagenario hombre saca de la bolsa derecha de su pantalón una resortera hecha por él mismo. “hay méndiga! Exclama el señor, refiriéndose a una lagartija grande que, según don Juan, le produce basura. De pronto, apunta, y cual si tuviera un rifle, tira con puntería exacta al reptil para tumbarlo de una pedrada.
Así permanece el templo de arena. Poco visitado, poco valorado, pero con una riqueza que vale la pena no perderse en Villa Corona.
TOMA NOTA
Visítalo
Para llegar al templo cruce la plaza principal; donde termina la iglesia de vuelta a la derecha. En la cima está la obra de la familia Navarro.
EN EL MAPA
Cómo llegar
Tome la carretera libre a Barra de Navidad, siga hasta encontrarse con el poblado. Del lado izquierdo del camino están los balnearios, a la derecha el pueblo y este templo.
Justo por la calle central del pueblo, la misma que lleva y cruza la plaza principal, al terminar la iglesia, hay que dar vuelta a la derecha hasta subir la cuesta de la calle. Hay un tesoro que espera ser conocido. Hablamos del templo de arena, ubicado al final de esta subida que termina apenas donde acaba el pavimento. De su lado derecho, pasa desapercibido un pequeño y humilde atrio; si no se fija con atención es muy probable que no se percate de la iglesia que aguarda ahí.
“Sí, está abierto”, grita don Juan Navarro, un hombre mayor, con el pelo entre cano, huaraches viejos y una camisa a cuadros amarrada con un pequeño nudo a la altura de su ombligo. Es el propietario de la iglesia, construida en 1939 por su padre, Jesús Navarro, excavadores de oficio que tuvieron a bien crear esta obra. “Sí, es un templo de arena señor; de pura arena, hecho a pico y pala por nosotros”, explica don Juan mientras abre la primera puerta, la del atrio. Apenas se pone un pie dentro del templo, lo primero que se aprecia es un frío extraño; húmedo, cual si fuere un congelador gigante. Don Juan enciende las luces, y lo mejor está por venir. Sí, es un templo formador en una cueva de pura arena, cavada a mano con picos y palas por la familia Navarro. De unos 30 metros de largo, donde al final se aprecia una imagen de la Virgen de Lourdes, a quien se venera ahí. Por donde se mire, todo es arena, pero sólida; firme.
Por fuera del templo se aprecian unos arcos que a simple vista parecen ser parte del ornato del atrio, pero en realidad son cuevas obscuras; “todas llevan a donde mismo; ¡venga, no tenga miedo!, hay algunos murciélagos, pero no hacen nada”, continúa don Juan al cuestionarle sobre los mencionados arcos. El aroma al entrar ahí cambia. Se percibe un olor extraño. Frío, pero ya no a tierra, es algo así como a heces de los mamíferos ésos, que colgados boca abajo reposan al final de la cueva.
“¡Véngase, no le pasa nada, ahorita ya casi ni hay murciélagos! ¡uy! Antes eran parvadas, pero ni hacen nada! Insiste don Juan. A lo lejos se oye dentro de la cueva el chillar que emiten los pajarracos. Todo es obscuro, pero una vez estando adentro de esas cuevas interconectadas, y con la compañía de den Juan que sostiene un fósforo entre sus dedos, todo es más tranquilo. El nervio sigue, pero ya al mirar un pedazo de luz, se está del otro lado; se vuelve a salir otra vez al atrio del templo.
Don Juan vive ahí, desde niño. Ahora tiene 71 años de edad. Pide a cambio de admirar la obra una cuota de ayuda “unos cinco o 10 pesos”, dice el anciano, que sólo pide dos cosas. La primera, una ayuda simbólica, y la segunda, en la que a cada momento de la plática hace énfasis es: respeto. “La gente es imprudente oiga. Aquí me paso trabajando para mantener siempre limpio. Pero hay cada individuo que… no les importa; si nos enseñáramos a respetar, qué a todo dar sería”.
De pronto, el septuagenario hombre saca de la bolsa derecha de su pantalón una resortera hecha por él mismo. “hay méndiga! Exclama el señor, refiriéndose a una lagartija grande que, según don Juan, le produce basura. De pronto, apunta, y cual si tuviera un rifle, tira con puntería exacta al reptil para tumbarlo de una pedrada.
Así permanece el templo de arena. Poco visitado, poco valorado, pero con una riqueza que vale la pena no perderse en Villa Corona.
TOMA NOTA
Visítalo
Para llegar al templo cruce la plaza principal; donde termina la iglesia de vuelta a la derecha. En la cima está la obra de la familia Navarro.
EN EL MAPA
Cómo llegar
Tome la carretera libre a Barra de Navidad, siga hasta encontrarse con el poblado. Del lado izquierdo del camino están los balnearios, a la derecha el pueblo y este templo.