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Una catedral bajo la tierra
La Catedral de Sal de Zipaquirá, peculiar y atractiva para los turistas en Bogotá
GUADALAJARA, JALISCO (28/ABR/2013).- Ahora que acabamos de decir “Habemus Papa” y se pusieron de moda las catedrales del mundo entero, les tengo que platicar de una, que estando en el centro de Colombia y como a unos 50 kilómetros al norte de Bogotá, está… ¡absolutamente salada!
Lo primero que vimos en sus inmediaciones fue un pequeño restaurante argentino en donde, dada la nacionalidad del nuevo pontífice, en su portada orgullosamente exhibía un anuncio (curiosamente simpático, dado su origen) que decía “Habemus Papas: Fritas o Al horno”; cosa que nos causó gracia, dado lo salado del recinto que visitaríamos más delante.
Hace unos 30 millones de años, debido a la presión y calor con que se formaron las montañas de esta parte de la cordillera andina, grandes cantidades de sal (cloruro de sodio) empezaron a deslizarse, de la misma forma que lo hacen los hielos de un glaciar, hasta formar -combinadas con algunos otros materiales- un gran macizo salino en las entrañas de la tierra.
En 1800 Alexander Von Humboldt las reporta en sus estudios como una gran maravilla geológica, que era desde tiempo inmemorial explotada por los Muisca para la extracción de la sal, haciendo con ella una de sus principales actividades económicas. Zipaquirá se llama el pequeño y bello pueblito típico colombiano en donde se encuentran las enormes formaciones salinas.
A partir de los enormes galerones que surgieron en el curso de los años de extracción de la sal, dadas sus proporciones, en 1950 surgió la idea de convertirlos mediante el tallado de sus paredes, en recintos que simularan una catedral, con altares, capillas y toda la parafernalia eclesiástica.
Como este recinto empezó a perder seguridad por fallas en bóvedas y paredes, y dado el éxito turístico que había tenido, se decidió construir otro nuevo a mayor profundidad que el primero, para lo que se convocó a un concurso arquitectónico entre connotados profesionistas.
En 1990 se otorgó el contrato al arquitecto bogotano Roswell Garavito, quien con más de cuatro años de intensa labor logró que se inaugurara la famosa “Catedral de Sal de Zipaquirá”, que está catalogada como una de las maravillas de Colombia.
Capillas, pasadizos, escaleras, cúpulas, galerones, y recintos con enormes cruces labradas en las paredes de sal, son verdaderamente admirables; tanto por el prodigio de hacerlas surgir incólumes de las cavernas, como por las magníficas proporciones arquitectónicas logradas. Una enorme cruz de unos cinco metros de alto, surge labrada como si fuera de brillante mármol de la pared del fondo de una gran nave catedralicia. Como su apariencia tridimensional es más que obvia, la pregunta del guía de imaginar su peso es desconcertante. Comprobar, al acercarse a ella, que no pesa nada es sorprendente, porque tan solo está tallada en bajo relieve en la pared, y mediante una bien estudiada iluminación, se produce el admirable efecto tridimensional tan real.
Aunque el tema que se escogió es el de un vía crucis; y que cada estación tiene una estupendamente bien lograda capilla, con una cruz y reclinatorios labrados en la roca salitrosa, su función religiosa es tan solo ocasional; siendo principalmente turística y para eventos sociales.
Por todo esto, los colombianos orgullosamente suelen decir “Habemus Catedralis”. Una visita a Bogotá no estaría completa sin ir a Zipaquirá, que de verdad vale mucho la pena.
Lo primero que vimos en sus inmediaciones fue un pequeño restaurante argentino en donde, dada la nacionalidad del nuevo pontífice, en su portada orgullosamente exhibía un anuncio (curiosamente simpático, dado su origen) que decía “Habemus Papas: Fritas o Al horno”; cosa que nos causó gracia, dado lo salado del recinto que visitaríamos más delante.
Hace unos 30 millones de años, debido a la presión y calor con que se formaron las montañas de esta parte de la cordillera andina, grandes cantidades de sal (cloruro de sodio) empezaron a deslizarse, de la misma forma que lo hacen los hielos de un glaciar, hasta formar -combinadas con algunos otros materiales- un gran macizo salino en las entrañas de la tierra.
En 1800 Alexander Von Humboldt las reporta en sus estudios como una gran maravilla geológica, que era desde tiempo inmemorial explotada por los Muisca para la extracción de la sal, haciendo con ella una de sus principales actividades económicas. Zipaquirá se llama el pequeño y bello pueblito típico colombiano en donde se encuentran las enormes formaciones salinas.
A partir de los enormes galerones que surgieron en el curso de los años de extracción de la sal, dadas sus proporciones, en 1950 surgió la idea de convertirlos mediante el tallado de sus paredes, en recintos que simularan una catedral, con altares, capillas y toda la parafernalia eclesiástica.
Como este recinto empezó a perder seguridad por fallas en bóvedas y paredes, y dado el éxito turístico que había tenido, se decidió construir otro nuevo a mayor profundidad que el primero, para lo que se convocó a un concurso arquitectónico entre connotados profesionistas.
En 1990 se otorgó el contrato al arquitecto bogotano Roswell Garavito, quien con más de cuatro años de intensa labor logró que se inaugurara la famosa “Catedral de Sal de Zipaquirá”, que está catalogada como una de las maravillas de Colombia.
Capillas, pasadizos, escaleras, cúpulas, galerones, y recintos con enormes cruces labradas en las paredes de sal, son verdaderamente admirables; tanto por el prodigio de hacerlas surgir incólumes de las cavernas, como por las magníficas proporciones arquitectónicas logradas. Una enorme cruz de unos cinco metros de alto, surge labrada como si fuera de brillante mármol de la pared del fondo de una gran nave catedralicia. Como su apariencia tridimensional es más que obvia, la pregunta del guía de imaginar su peso es desconcertante. Comprobar, al acercarse a ella, que no pesa nada es sorprendente, porque tan solo está tallada en bajo relieve en la pared, y mediante una bien estudiada iluminación, se produce el admirable efecto tridimensional tan real.
Aunque el tema que se escogió es el de un vía crucis; y que cada estación tiene una estupendamente bien lograda capilla, con una cruz y reclinatorios labrados en la roca salitrosa, su función religiosa es tan solo ocasional; siendo principalmente turística y para eventos sociales.
Por todo esto, los colombianos orgullosamente suelen decir “Habemus Catedralis”. Una visita a Bogotá no estaría completa sin ir a Zipaquirá, que de verdad vale mucho la pena.