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Un lugar para huir del mundo

Un paseo por la otra cara de Colombia, tan hermosa como desconocida

GUADALAJARA, JALISCO (23/JUN/2013).- Muy cierto es que hay veces que uno quisiera esconderse en cualquier parte y desaparecer del mundo, sea esto donde sea.

Aunque bajo las cobijas, ciertamente se puede encontrar un mundo aparte; hay veces que no se consigue que nos lleven a un lugar en donde estemos lejos de cuanta mirada y juicios pudieran existir.

Recuerdo cuando una querida sobrinita mía se aislaba en un rincón, y cubriéndose con una manta, con su enérgica vocecita implorante nos decía… “No mi hagan caso…”.

Puerto Nariño pudiera ser el lugar del “no mi hagan caso”; les platicaré por qué:  

En primer lugar, está en casa de la… muy lejos. Pero… cuando estás ahí ya no está tan lejos (quisieras que estuviera más pa’ llá).

Hay que volar a Panamá; de Panamá a Bogotá: de Bogotá a la pequeñísima Leticia, en el Sur de Colombia. En ese rinconcito donde, haciendo un cuadrito el mapa, el país logra meterse entre el Brasil y Perú hasta tocar las aguas del Amazonas.

Ahí habrá que tomar una pequeña lanchita para, navegando un poco menos de tres horas aguas arriba, recorrer los 80 kilómetros que faltan para llegar al muellecito de madera de Puerto Nariño.

Ahora… ese trayecto puede hacerse, además de muy interesante, sumamente divertido si se contrata al lanchero (perdón: capitán) por el día; y le pides que te lleve a la Isla de los Micos en Perú al cruzar el río. Ahí, armados de una buena docena de plátanos maduros, metiéndose sigilosamente entre la selva y  haciendo agudos silviditos, los micos descienden de los árboles a comerse el banano de tus manos.

Y no es uno. Son decenas que se trepan al mismo tiempo sobre ti para devorar su postre favorito sin importarles gorra, cámara o lentes; investigando toda tu humanidad con sus suaves manitas y su sedoso pelaje. Una vez que se termina el manjar… desaparecen a la misma velocidad con que llegaron. ¡Cautivadora  experiencia…!

Más delante, se puede visitar una minúscula aldea –extrañamente llamada Macedonia– en donde los naturales quizá te puedan recibir en su Maloca (casa comunal de troncos y palma), en donde, conservando sus costumbres y vestimenta ancestral, no tienen  empacho en enseñarte cómo trabajar sus artesanías en el rojo y durísimo “Palo Brasil” (Caesalpinia echinata); o realizar sus actividades pesqueras de la manera primitiva. Bella experiencia, si se tiene un poco de visión y de respeto por las culturas diferentes.

Un poco más de “peque-peque” (el ruido del motor de la lanchita) y el muellecito aparece flotando sobre las aguas del río. Varios niños, chapoteando, te dicen en ticuna y español, más cosas de las que puedas entender. Otros mayores, te ofrecen pirañas secadas al sol y los extraños peces “matacaimán” (Pterygoplichtys gibbiceps), que, al tragarlos éste, abren sus aletas llenas de espinas para asfixiarlos sin remedio.

Mochila al hombro se emprende la caminata hasta algún pequeñísimo y rústico –pero confortable– hotel (hay varios), pasando por los angostos y bien construidos caminos peatonales del pueblo.

Es sorprendente ver a los lados las humildes casitas de techo de lámina, perfectamente limpias y decoradas, con sus bien cuidados jardines al frente.

La gente súper amable, camina tranquila entre palmeras, pomarrosas (sysygium jambos) y floridos hibiscus, como haciendo notar que aquí el tiempo corre más despacio.  

No hay vehículos a motor ni pa’ remedio. Bueno sí; hay dos. Una mini ambulancia para emergencias, y un camioncito que recoge la basura para llevarla a un sitio en donde, previamente separada, es reciclada y utilizada para diversos usos.

Ticunas, yaguas, boras y cocaimas, son los “indígenas” que en este casi paraíso, nos enseñan civismo y vida en este remoto lugar de la amazonía.

Desde el mirador Nai Pata (casa del árbol) donde saqué la foto… el “ni mi hagan caso” parecía  brotar del el fondo de mi alma.

Treinta grados de temperatura promedio; 160 metros sobre el nivel del mar; cuatro habitantes por kilómetro cuadrado; siete mil 500 kilómetros de selva alrededor. El Lago Tarapoto –donde nacen los delfines rosas– a tiro de piedra. Y el Río Loretoyacu –tranquilo afluente del Amazonas– con su abundante pesca circundando todo el contexto, es... la otra Colombia: tan hermosa como desconocida.

Se las recomiendo; pero… “no mi hagan caso”.

TOMA NOTA

La cama


Una buena opción de hospedaje en Puerto Nariño, es el Hotel Lomas del Paiyu (Calle 7 2-26, Amazonas). Cuenta con 22 habitaciones y cupo para 55 peesonas. Visita www.hotellomasdelpaiyu.turismo.co para más informes.

deviajesyaventuras@informador.com.mx

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