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Un frapuchino y en Sanborn’s
Es que te has convertido en parte de mi alma
Decidí pasar la época de fiestas de la manera más alegre posible. Mozart escribió. (Para quienes no hayan leído anteriormente la columna) Mozart es mi metáfora materializada en abstracto del amor, mi oda al amor parejil o lo que es lo mismo, el hombre que pasó a partirme el corazón y aunque ahora somos estrepitosamente amigos, no dejo de cantarle su canción de Joan Sebastian: “tatuajes desde el tiempo, tiempo que te conocíiiiiiiii, se m’izovicio ver tus oooojos, respirar tu alientooooooo”. La verdad es que siento que si yo lo olvido, el mundo lo olvidará. Entonces decido quererlo así, en silencio y muy en público, a la distancia y en el anonimato. Pues escribió y dice que por ahora es feliz. La verdad es que me esfuerzo por pasar mis navidades de lo más a gusto, así que decidí finalmente hacerle caso a mi pretendiente artista, como Mozart, claro... para seguir manejando la misma línea, sólo que éste es un poco más amante del tequila, la cantada y los caballos. Insistió en que quería salir conmigo. Yo no miraba ni por dónde, me pareció toda una estampa charra del clásico borracho, parrandero, mujeriego y jugador... La verdad es que ese hombre atenta contra mi depresión, hasta llorando me saca la risa. Es una cosa híbrida entre Pedro Infante, Joaquín Pardavé y Capulina. Por aquello del bigote. Mis amigos dicen que si voy a tener citas con un ranchero que por lo menos me dignifique y que sea guapo. Yo me divierto mucho y no tengo punto guapo de comparación que calibre a mi charro.
“Si un día me enamoré de Mozart (amante de la poesía y con una sensibilidad inaúdita), que no me pase a enamorar de Pedro Infante”. Así que me puse galla y le dije que con mucho gusto le aceptaba un café. Me dijo que no fuera payasa, que me invitaba un tequila y que no fuera tan amarrada. Hicimos la cita, le pedí que fuera puntual por aquello de las formalidades. Prometió llegar entre 8 y 10... “Mira, Pedro Infante”, le dije yo muy segura de mí misma ,“si no llegas a las 9 en punto, no te abro”... Él me miró fijamente y se echó a reír... “Ah, muchacha tan brava... si no me abres, te tumbo la casa.... ¿cómo la ves?”.
Llegó tarde. Ni a las 8 ni a las 10, no me tumbó la casa, me trajo tres caballos y me dijo que escogiera uno. Le dije que el pinto, uno que baila bien bonito... pero “¿A cambio de qué?”. Se me quedó mirando y me acordé de mi amiga Ceci que me dijo que tuviera cuidado, que los rancheros no piden permiso, nomás te roban... “Pos de un beso, mi chula”. La verdad me sentí María Félix en su película con el Indio Fernández... El ranchero me pedía un beso... a cambio de un caballo... Yo pensaba en Mozart, que estaba en su universo, tratando de ser feliz.
“Si un día me enamoré de Mozart (amante de la poesía y con una sensibilidad inaúdita), que no me pase a enamorar de Pedro Infante”. Así que me puse galla y le dije que con mucho gusto le aceptaba un café. Me dijo que no fuera payasa, que me invitaba un tequila y que no fuera tan amarrada. Hicimos la cita, le pedí que fuera puntual por aquello de las formalidades. Prometió llegar entre 8 y 10... “Mira, Pedro Infante”, le dije yo muy segura de mí misma ,“si no llegas a las 9 en punto, no te abro”... Él me miró fijamente y se echó a reír... “Ah, muchacha tan brava... si no me abres, te tumbo la casa.... ¿cómo la ves?”.
Llegó tarde. Ni a las 8 ni a las 10, no me tumbó la casa, me trajo tres caballos y me dijo que escogiera uno. Le dije que el pinto, uno que baila bien bonito... pero “¿A cambio de qué?”. Se me quedó mirando y me acordé de mi amiga Ceci que me dijo que tuviera cuidado, que los rancheros no piden permiso, nomás te roban... “Pos de un beso, mi chula”. La verdad me sentí María Félix en su película con el Indio Fernández... El ranchero me pedía un beso... a cambio de un caballo... Yo pensaba en Mozart, que estaba en su universo, tratando de ser feliz.