Suplementos

Un apóstol contra el Estado

El candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos y compañero de fórmula de Romney es el símbolo emergente del conservadurismo americano

GUADALAJARA, JALISCO (26/AGO/2012).- Adiós al pragmatismo del viejo Partido Republicano. Los tiempos no están para moderación o sensatez, el extremismo es el signo de la época en los Estados Unidos.

Tender al centro político significa cobardía e indefinición, incluso frivolidad. Cuando los valores fundacionales de los Estados Unidos están en peligro ante el acecho del “socialismo al estilo europeo” de Barack Obama, el diálogo es inaceptable. Pactar o construir puentes con la presidencia implica tirar a la basura a la América de las libertades, a esa tierra de méritos e individualismo. Así entiende la coyuntura el Tea Party, como una cruzada contra el intruso, como una lucha por la salvación de una nación presa de los impulsos colectivistas de un presidente de color que le ha dado la espalda a los valores que hacen ser de Estados Unidos “la nación más excepcional del planeta tierra”.

Un toque de religiosidad a la lucha es innegable, la sola referencia etimológica del Tea Party a los movimientos de protesta contra los impuestos (previos a la independencia de los Estados Unidos),  le añaden una misión civilizatoria al segmento más radical de la derecha americana.

Y en este contexto, el anuncio hace unos días del candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, Mitt Romney, que incluye en su fórmula vicepresidencial a Paul Ryan, es un reflejo de la extrema derechización de la vida pública estadounidense.

Ryan es lo más cercano a un modelo ideal de político que puede siquiera imaginar el Tea Party. A diferencia de Sarah Palin, quien también causó conmoción y excitación en las filas republicanas en 2008, Ryan es un auténtico creyente de la línea más libertaria del republicanismo: un acérrimo defensor de la iniciativa privada y un vigilante implacable del Estado. No cree en los impuestos ni en la seguridad social pública, cree en la creación de empleos privados y en el recorte del gasto público.

El estilo de gobernar de Obama le parece poco menos que insostenible, un socialista consumado que tomó por asalto a la Casa Blanca. Ryan es un hombre que conjuga dos características que se han vuelto cada vez más comunes en la derecha americana: es un hiperlibertario en temas económicos (el Estado no debe intervenir en nada) y un hiperconservador en materia social (aborto, matrimonios homosexuales, etc.). Es así, un hombre contradictorio teóricamente (defiende la bandera de la libertad sólo en temas económicos, pero en temas sociales), pero que hace perfecto sentido en el contexto electoral americano: carga la bandera antifiscal del Tea Party y recupera viejas demandas sociales del Partido Republicano.

Historia de trabajo


La biografía de Paul Ryan es un ícono de la tan defendida “cultura del esfuerzo”. Lineal y sin retrocesos, sólida y sin cambios abruptos, así ha sido su camino político. A los 42 años, Ryan acumula una experiencia que es difícil de igualar: ha sido elegido por tres lustros como representante de Wisconsin en la Cámara. Elección tras elección, Ryan ha sabido acercarse a los votantes a través de un discurso radical que raya en la demagogia antiestatal. La promesa de reducir impuestos, que ha sido tan atractiva para su electorado, no es simplemente una aventura retórica de campaña que busca afianzar su peso electoral, sino una creencia profundamente arraigada en su ideario.

Ryan es antipolítico en ese sentido, nunca ha admitido que la dinámica de la política sea lo suficientemente valiosa como para renunciar o incluso sólo matizar sus posiciones. A diferencia de lo que parecería una obviedad en una sociedad democrática y plural: ante la diversidad hay que ceder y encontrar puntos de coincidencia, Ryan prefiere resguardarse en su núcleo más íntimo de ideas. Incluso, el Plan Ryan, que viene incluido en la propuesta republicana en materia económica titulada “El camino a la prosperidad”, es una serie de planteamientos fiscales imposibles de negociar en el Congreso: reducción de impuestos a los sectores empresariales; remplazar el esquema de seguridad sanitaria pública por un sistema privado; cortar en programas sociales. Es decir, no aumentar impuestos, reducir el gasto a como de lugar, sin importar las consecuencias.

El contexto donde nació y creció Ryan es una pista para entender su personalidad y carácter. Nunca ha querido dejar del todo a su pueblo de nacimiento Janesville, Wisconsin. Una población de no más de 80 mil habitantes, una locación fría que vive a diario la cotidianeidad más americana. Ese Estados Unidos profundo de arraigo local y sospecha de lo federal, que se niega a abandonar costumbres y tradiciones. Incluso, Ryan ha declarado que vive en la misma cuadra en la que nació.

Comenzó a trabajar desde temprana edad en el negocio familiar y hasta que fue electo representante, a los 28 años de edad. Ryan asesoró el proyecto empresaria de la familia y se comprometió con él.

Su paso por la universidad para estudiar la carrera de ciencias políticas y economía no fue, en ninguno de los sentidos, paradigmático como suele ocurrir en otros políticos. El aire antintelectual de Ryan es más que visible, la práctica es la rectora de la historia, los contenidos teóricos son poco valiosos. El individuo se construye sólo (el “selfmade man”) a través de decisiones en libertad. Dios, y el hombre son arquitecto e ingeniero del futuro, no hay obstáculos insuperables si son abordados con disciplina y responsabilidad.

Un conservador católico


Es innegable: Ryan carga fervientemente con los principios fundacionales de la Unión Americana. Sólo hay un elemento que no embona a Ryan con el ideario del Partido Republicano: es católico. En un partido que se ha definido históricamente como protestante, el hecho de que Romney y Ryan (mormón y católico respectivamente), no sean protestantes, plantea una disyuntiva incómoda. Sin embargo, Ryan, como señala The New Yorker, cree en un catolicismo de corte americano, profundamente individualista y autogestivo. Muchos de sus valores provienen de este sincretismo entre los principios conservadores del catolicismo en materia social y las ideas libertarias del protestantismo.

En el ámbito de la acción política, ese ímpetu que niega la negociación y enfatiza el carácter irrenunciable de sus valores políticos, lo ha llevado a ser el gran impulso conservador a la campaña de Romney. El New York Times escribió hace algunos meses en su editorial, en el contexto de las últimas semanas de las primarias republicanas, que “Romney había ganado la candidatura, pero no el argumento”. En el corazón y en la conciencia de los férreos militantes republicanos, Romney nunca significó una opción motivante o que despertara pasiones incontrolables. John McCain tampoco lo fue. Y así como McCain recurrió a Palin para unificar a las alas más conservadoras del republicanismo, Romney ve en Ryan a su argumento vinculatorio con esos sectores que siguen sin creer que sea un “verdadero conservador”.

Digamos que Romney ha encontrado en Ryan a su argumento, a ese hecho consumado que demuestra ante su electorado que no vacilará en impulsar políticas públicas que desbaraten los “impulsos estatistas de Obama”. La cruzada de los principios y los valores necesitaba a su capitán, a ese personaje que le diera consistencia y legitimidad, y Ryan es, sin duda, el hombre ideal para esta misión.

REPUBLICANO

Un viejo conocido

La vitalidad que goza Paul Ryan, de 42 años, “uno de los más jóvenes nominados por el Partido Republicano en la historia de Estados Unidos”, le ayudará a Mitt Romney en su campaña electoral, a “energizar la base de su partido”, dijo Geoffrey Skelley, analista político.

Ryan es el primer congresista elegido para la vicepresidencia desde 1984.

Temas

Sigue navegando