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Tres miradas y un respiro

Entre trajineras, arte, xoloitzcuintles, cultura popular y un momento para el relax, te verás

CIUDAD DE MÉXICO (12/SEP/2010).- “Ya verás qué almohadas tenemos”, dijo Antonio Álvarez, gerente de Ventas del Radisson Hotel Flamingos, apenas entré para dirigirme a la habitación que me habían asignado en el piso nueve.

El bell boy, ¿se llama así?, abrió la puerta del cuarto 909 del hotel ubicado en la colonia Tacubaya de la Ciudad de México, y advirtió: “Tiene que dejar la tarjeta aquí para que enciendan las luces”. Miré con atención al lado izquierdo del marco de la puerta, donde se encontraba una especie de cajita dentro de la cual colocó la llave electrónica. Segundos después, se fue dejándome sola en la habitación, observando atenta la cama      -con cinco enormes almohadas- que gritaba mi nombre, a pesar de ser la primera vez que nos encontrábamos. La ignoré.

Eché un vistazo al baño, vi la tina y me imaginé cobijada por el agua; salí y me encontré nuevamente con la cama; preferí sentarme en el sillón un momento, me levanté y observe de cerca la televisión de 32 pulgadas; el escritorio cercano a la ventana; el paisaje detrás de ésta y finalmente me atreví a tomar mi bolsa que descansaba ya en un sillón, para dirigirme al lobby del hotel.

En la calle, en la avenida Revolución, estaba una camioneta con un grupo de colegas, todos aguardando a que abordara para iniciar el recorrido por algunos rincones de la capital del país. Lucía Samaniego, encargada de relaciones públicas del hotel, encabezaba el grupo; pero Román Ipiña Chacón hacía los honores como guía de la odisea que estaba por comenzar.

El recorrido comenzó y la historia también. Román se remontó a tiempos antiguos para narrar cómo se estableció la primera población en el Valle de México, exaltando las maravillas de aquella cultura que fue capaz de instalarse en un territorio agreste, superando todos los obstáculos de la madre Naturaleza e incluso aprovechándose de ellos: como la lava y rocas que expulsó un volcán hace miles de años y que hoy forma parte de la arquitectura de la nueva ciudad.

Al pasar por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la pasión desbordó a Román, quien se refirió a ésta como una de las más importantes instituciones de Latinoamérica, cuyos investigadores han sido fundamentales para el desarrollo del pueblo mexicano. Su alma máter, reconoció.

Folclór sobre el agua

El paseo incluyó tres destinos: Xochimilco, con sus trajineras en un canal de 190 kilómetros de longitud; un paseo turístico que en un primer momento fue un asentamiento indígena y un espacio para las chinampas, una especie de jardines flotantes que durante largo tiempo alimentaron a la población, mientras le proveía recursos para el comercio.

Hoy en esa área se amontonan las trajineras en los seis embarcaderos disponibles, ya no se adornan con flores, pero sí lucen con mucho color, contrastando con el verde de los árboles y plantas, el azul del cielo y el café del agua, y no es que esté sucia, como muchos han dicho, sino que el color que se percibe es en cierta forma el reflejo de la tierra que yace bajo el líquido.

“No tiene mal olor -advirtió Román-, lo que pasa es que a veces la prensa es amarillista, porque saben que eso vende”.

En cambio, el olor que se percibe en el ambiente es de elotes asados, tortillas recién hechas, guisados de distintos sabores, limones y cervezas; alimentos y bebidas que deambulan de un lado a otro del canal en pequeñas trajineras, acercándose a las embarcaciones más grandes para ofrecer a los paseantes algo para entretener a la boca.

Actualmente hay cuatro concesionarios -de trajineras- en Xochimilco, esto es más gente remando de un lado a otro, lo que bien podría significar que la tradición está viva y en aumento; pero no es así, aunque la afluencia de visitantes continúa, cada vez es menos la gente que llega para zarpar en esta mini travesía.

“Entre semana viene menos gente, pero los fines de semana crece la demanda, principalmente por la tarde”, reconoció Román.

El paseo, dura una hora aproximadamente, tiene un costo de 200 pesos; las trajineras tienen cupo para 20 personas, pero el precio es fijo, nada tiene qué ver con la cantidad de paseantes. Además, hay algunos transportes colectivos con cupo para 60 personas; sólo hay que desembolsar 35 pesos por cabeza y tomar en cuenta que el paseo no supone un regreso al embarcadero del que se parte. Las bebidas y comida tienen un costo extra.
Si hay mucho ánimo, se puede contratar a alguno de los grupos musicales que recorren el camino de agua en sus propias trajineras. Una canción puede costar desde 35 hasta 70 pesos, y si el ambiente está muy prendido, se puede contratar a la agrupación por hora.

Algunas piezas artesanales también se desplazan en trajinera. Zarapes y tapetes desde 350 pesos; joyería en plata (collares, aretes y pulseras) que los mismos “barqueros” muestran a los turistas (entre 400 y 650 pesos).

En los meses de octubre y noviembre los paseos se enriquecen con la celebración del Día de Muertos, pues se incluyen leyendas que otorgan al recorrido un tono místico.

De regreso a tierra firme, hay tiempo para husmear entre los múltiples puestos de artesanías del lugar, o quizá esperar a que los voladores de Papantla demuestren su maestría, control y equilibrio.

La enorme casa del arte

Cercano a la camioneta, el guía alza la mano en señal de que ya es hora de partir. El siguiente destino es el Museo Dolores Olmedo. En el camino, Román empieza con su relato. El resumen: “Dolores Olmedo fue una mujer que se casó con Howard S. Phillips y comenzó a hacerse de arte, fue una persona con dinero y con cerebro para invertirlo”.

Acá entre nos, Lucía comenta: “esta mujer anduvo con medio mundo, con hombres muy poderosos, de hecho uno de ellos le regaló esa casa, ¿verdad?”, echa la pregunta al aire.

Román responde, visiblemente contrariado: “Yo me baso en datos bibliográficos”, continúa narrando su historia, mientras la plática con Lucía se convierte en un cuchicheo.

Una vez en el museo (Avenida México 5843, La Noria, Xochimilco), no queda otra cosa que abrir la boca anonadado por la belleza del inmueble. Aunque no hubiera arte ahí dentro, bastaría con tan sólo ver la magnífica hacienda con grandes jardínes, pavoreales por doquier, xoloitzcuintles que posan cual estatuas, e inmensos agaves.

En las salas del lugar se exhiben piezas de arte de Diego Rivera, aunque también hay algunas obras de Frida Kahlo y Angelina Beloff, quienes en su tiempo fueron esposas del muralista. Además, el lugar se viste de muebles y fotografías que pertenecieron a Dolores Olmedo, objetos e imágenes a través de las cuales se retrata una parte de la vida de esta mujer.

El recorrido puede ser agotador en las salas, pero hay descansos -entre un ala y otra- para sentarse en alguna silla y ver a los pavoreales luchar por atravesar un vidrio, o tomar fotos a diestra y siniestra.

El Museo Dolores Olmedo está abierto de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas; el ingreso a esta enorme casa hacienda tiene un costo de cinco pesos para el público mexicano y 55, para visitantes extranjeros. Los martes, la entrada es libre.

Hacia San Ángel

Al borde del desamayo concluye la visita al Museo Dolores Olmedo; la siguiente parada es San Ángel, sitio que se precia de ser un punto de encuentro con el arte popular y uno de los barrios de mayor tradición en la Ciudad de México.

La camioneta se detiene y los incautos que han pasado el día caminando y admirando bajan a punto de “desvielarse” de hambre.

Ahí comienza el peregrinar de un sitio a otro, hasta que finalmente se toma una decisión atinada. El gasto promedio, por dos personas, en la mayoría de los restaurantes que inundan la zona, es de 350 a 400 pesos. En grupo los costos disminuyen, pues hay platillos -molcajetes de carnes varias- de 200 pesos que pueden atisfacer a varios comensales, sin que ello represente un asalto a mano armada.

Con la panza llena, el corazón contento y una pereza extrema provocada por la tragazón, la consigna es recorrer la zona, pasando por el mercado de artesanías y la plaza en la que convergen algunos pintores exhibiendo sus creaciones. Los precios son variables, por un diente de tiburón se pueden pagar 100 pesos; una USB con diseño cuesta hasta mil pesos, y un enorme tapete de hilos, alcanza los 300 pesos.

Román reúne al grupo para guiarlo al tempo de San Jacinto. “¡Aquí se casaron mis papás!”, dice entusiasta Lucía, mientras al interior del lugar se desarrolla una misa de 15 años; una chica se encuentra frente al altar, alrededor de ella la gente luce sus mejores galas y arriba, en donde suele situarse el órgano, se encuentra un pequeño mariachi que le pone sabor a la celebración.

En medio de todo eso, el grupo se mueve de un lugar a otro, tomando fotografías o simplemente admirando la belleza del recinto, cuyo atrio es un bello jardín con una cruz tallada en piedra y un pequeño nicho para la Virgen de Guadalupe.

Como no se pretende hacer un recorrido clásico, Román -que ya ha dejado su traje de guía asalariado por la Secretaría de Turismo del Distrito Federal- emprende el camino por algunas calles empedradas en las que las casas son enormes fortalezas y donde, a pesar de la continua vigilancia por elementos de seguridad privada, se siente miedo por ser confundido con algún bandido.

Fluir en paralelo

En el camino de vuelta al hotel, cada uno de los pasaentes comienza a imaginarse tendido en la cama o cubierto -casi- por el agua en la tina del baño; pero a Lucía no hay quien la pare y sugiere permanecer juntos un rato en el lobby  bebiendo un martini, especialidad del bar.

La fiesta continúa, aunque algunos han decidido permanecer sentados en torno a una mesa que poco a poco se va llenando de carnes frías y quesos. Ponchuy y yo decidimos jugar tres partidos -¿o partidas?- de billar en el área de juegos (donde también hay una mesa de futbolito) para ver quién es el más malo. Hay un empate.

Después de tanta acción finalmente llega la hora de la despedida y cada quien se marcha a su cuarto para empender alguna de las acciones que imaginó camino al hotel.

El Radisson Flamingos tiene varias peculiaridades, una de ellas es la posibilidad que ofrece para descansar al tiempo que se trabaja, es como “fluir en paralelo”, popular frase de Román Ipiña que llamó la atención y sacó las carcajadas de sus “guiados” en más de una ocasión.

Y es que, con respecto a la frase, aunque a veces parece que el trabajo no da más satisfacciones que el dinero, en este hotel se puede ser el “consentido de la casa” por un momento. La cama no tiene igual, en el piso nueve todas son king y atraen a los huéspedes como un imán; las almohadas son angelicales compañeras que abrazan a los dormilones.

Así, por las noches los visitantes de negociones se transforman en reyes, para salir por la mañana para convertirse de nuevo en obreros... pero felices, después de un sueño reparador y un café matutino sin salir de la habitación.

Para quienes viajan por placer, el hotel es un oasis que incita al descanso en cualquiera de sus áreas. Lo mismo sucede para los viajeros de negocios, se puede tomar un respiro y regresar al trajín empresarial, si ese es el caso.

Para ambos tipos de huéspedes una recomendación: no hay que perderse la “panzita” en el restaurante Passerina... está para chuparse los dedos.
No hay que olvidar, como nota a pie de página, que este hotel se ha comprometido con el medio ambiente, así que se pide a los huéspedes que éstos recomienden cuándo requieren que se laven sus toallas y sábanas, no se hace diario  para ahorrar agua; como las luces se prenden con una tarjeta, esto evita que permanezcan encendidas cuando el ocupante no esté en su habitación; asimismo, hay un manejo consciente de los residuos.

Para los fumadores también hay cariño, con un área de fumar cómoda y ventilada, sin que sean expuestos a las lluvias.

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