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Tiempo de espera: ya viene el Señor Jesús

Lo primero que tenemos que regalar a la familia es el amor que Dios nos comunica

Mientras pasan los días del Adviento y se acerca la fecha en que recordamos el gran acontecimiento de la venida a este mundo de nuestro Señor Jesús, Hijo de Dios, vamos reflexionando lo que significa y lo que verdaderamente podemos esperar y vivir en estos días de fiesta:

Jesucristo ha venido a este mundo como Evangelio de Dios, que es lo mismo que decir “la Buena Nueva, la Buena Noticia que Dios nos da”.

Y seguimos reflexionando que si Dios envió a su Hijo para que viviera físicamente en nuestro mundo, también quiere que cada uno de nosotros sea portador de buenas noticias para cuantos viven cerca y caminan a nuestro lado por la vida.

Estamos tan empapados de malas noticias, que verdaderamente nos hace falta recibir alguna buena nueva de parte de los que nos rodean; pero más importante que todo, es necesario que cada uno se empeñe en ser “buena noticia”.

Y sin duda es buena noticia expresar un sincero amor, una amistad verdadera, una actitud de comprensión auténtica.

Muchas veces nos esforzamos, nos empeñamos y nos afanamos en exceso por los regalos, por las fiestas, los adornos, la comida o la cena de Navidad, y todo aquello que la tradición y ciertas costumbres adquiridas a lo largo del tiempo nos exigen, que nos olvidamos lo esencial.

Descuidamos que Jesús es amor, y que lo primero que tenemos que regalar a la familia es el amor que Dios nos comunica de una manera especial en este tiempo navideño.

Una mamá alterada, regañona, malhumorada, no va a crear un buen ambiente en su hogar.

El hombre que habitualmente llega borracho, agresivo y dando gritos de inconformidad o exigencia, puede expresar amor si se presenta en su casa como una persona sobria, amable, capaz de bajarse de su pedestal para ayudar, platicar y hasta jugar con los más pequeños.     

Los jóvenes pueden buscar y vivir lo bueno y lo mejor en su hogar,en vez de dar ese portazo con cajas destempladas antes de salirse, muchas veces sin permiso, a buscar alegrías efímeras que a menudo sólo dejan un sabor amargo, una consecuencia tan desagradable como irremediable.

Desde luego, lo más importante será buscar esos momentos de oración en donde la espiritualidad aflore y deje expresar lo bueno y mejor que hay en el corazón de cada uno.

¿Jesús o Santa?   

¿A quién vamos a invitar esta Navidad? ¿A Jesús o a Santa Claus?

Un personaje importado que nada tiene que ver con la tradición cristiana de la Navidad, aunque muchos quieran identificarlo con San Nicolás, en la realidad es una caricatura que nació a favor del negocio que se presenta muy atractivo en estas fechas.

La ola de comercialización desmedida que ha venido acrecentándose cada vez más entre nosotros desde el siglo que acaba de pasar, ha venido a apagar la fe que ardía en el corazón. Los niños ya no esperan regalos divinos, como los dones que Dios envía, sino que van a las tiendas a mirar cosas y juguetes que a menudo están fuera del alcance de sus padres, y su la ambición se prende desde niños en su vida, anhelando y exigiendo los obsequios garigoleados y de alto precio, los que están de moda, en vez de tener el deseo de recibir los regalos del amor que Jesús nos manifiesta y que que nos repartimos mutuamente.

Por eso muchas veces quienes reciben al Niño Dios son los pobres, los menos favorecidos, los enfermos y los que tienen algún motivo de tristeza, son los que reciben la abundancia de alegría manifestada en dones espirituales que nunca sabrán explicarse cómo ni de dónde llegaron a sus manos.

María Belén Sánchez  fsp

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