Suplementos
Tapatíos de colección
El coleccionismo es más diverso de lo que creemos: hay de todo tipo de objetos y personas. Cinco habitantes de la ciudad comparten sus colecciones no muy comunes, pero sí muy queridas
GUADALAJARA, JALISCO (10/NOV/2013).- Variedad de colecciones hay muchas como tipos de personas, aunque los coleccionistas parecen tener ciertos motivos en común. Algunos lo hacen para enriquecerse, otros para exhibir al mundo lo que han logrado, pero la mayoría lo realiza por auténtica admiración y disfrute del proceso. Hay quien colecciona para conocer y conectar con la gente, y atesora esos recuerdos tanto como los artículos de su acopio. Casi todos se encariñan con sus colecciones, que nunca están completas, sino que forman parte de la incesante búsqueda de un todo.
El coleccionismo responde a la agrupación y organización sistemática de objetos de una misma categoría. Ello implica que haya un conocimiento de lo que la persona tiene, un orden y una búsqueda específica por ciertos artículos. Del coleccionismo a la acumulación compulsiva hay una gran diferencia. El primero es un placer, un hobby; la segunda, una patología.
Parece un acto solitario, pero detrás tiene un entretejido de relaciones humanas, algunas nuevas y otras de años atrás. Amigos y extraños contribuyen con piezas e ideas. Las colecciones traen lo mismo añoranzas que retos futuros.
Los objetos más comunes son monedas, timbres u otros artículos postales, arte, música o juguetes. Éstos tienen un valor muy notorio dentro del mercado, además de una visibilidad social, pues hay grupos y asociaciones. No obstante, el coleccionismo no tiene límites: cada quien puede encontrar placer en agrupar objetos tan disímiles como latas, souvenirs, nacimientos, barajas o artilugios tecnológicos. Aquí algunas historias.
A la caza de souvenirs olímpicos
Gabriel Michel, arquitecto, académico y promotor del ciclismo.
Colección: parafernalia de las Olimpiadas de 1968, carteles, libros, boletos, boletines informativos, credenciales de prensa, timbres postales, fotos, ceniceros, calcomanías y álbumes coleccionables.
Rarezas: timbres emitidos en todo el mundo, que van de países como la República de Yemen hasta Perú. Tiene un cartel que pidió al Museo Olímpico de Suiza, un mapa despegable de la Ciudad de México con la identidad gráfica de los Juegos y unos pisapapeles diseñados por el primer arquitecto de la Universidad de Guadalajara, Gabriel Chávez de la Mora
Artículos: cerca de 500 piezas en individual.
“Yo tenía seis años, no me acuerdo gran cosa de las Olimpiadas. Pero lo que más me llamó la atención fueron dos aspectos: que en ese tiempo salió un álbum coleccionable, que yo adquirí; y que escuchaba a los adultos hablar mucho del asunto de Tlatelolco. Entonces yo crecí, por un lado, con la alegría de un álbum que te platicaba la Historia de México y de los Juegos Olímpicos, así como el diseño gráfico y arquitectónico; y por el otro lado, oyendo la sombra de la época, que fue la cuestión estudiantil, la matanza de Tlatelolco. De ahí me surgió la idea.
Cuando estaba niño, un primo más grande que yo trabajó en los Juegos Olímpicos. Él vivía en Guaymas y yo estaba en sexto de primaria cuando lo fuimos a ver, en los setenta. Ahí me dio mi primera pieza: un cenicero, que en realidad es políticamente incorrecto, porque ya no se concibe que el tabaco patrocine el deporte y menos unos Juegos Olímpicos. Entonces ése y el álbum los conservo como mis primeras piezas.
Después me metí a estudiar arquitectura y conocí a profundidad a Pedro Ramírez Vázquez, quien fue presidente del Comité Organizador de los Juegos. Desde mi punto de vista, es el mejor arquitecto mexicano de arquitectura nacionalista.
Antes iba mucho a la Ciudad de México, ahí es donde encuentras piezas, en los tianguis. Siempre que iba, buscaba algo. Poco a poco te vas haciendo de cosas. Empecé con los timbres olímpicos que coloqué en un álbum. Primero dije: ‘nada más quiero los timbres de la última serie’. Y luego dije: ‘pues ya tengo la última serie, entonces voy por las anteriores’. Después me encontré el álbum; recientemente lo acabo de completar. En Mercado Libre es donde más he estado consiguiendo. De hecho me acaban de llegar algunas piezas que son de otros países, pero que hablan sobre la Olimpiada.
En Facebook me he encontrado con otros coleccionistas. Me llama la atención de que muchos son extranjeros, es poca la gente en México que se dedique a coleccionar esto. Tampoco he gastado fortunas. Muchas piezas me las han regalado, como este libro de una exposición en el Museo de Arte Moderno.
También tengo artículos del movimiento estudiantil. Hay unos que son verdaderamente geniales, porque los estudiantes le ponían cosas alusivas a la masacre, como la paloma de la paz ensangrentada o el presidente Díaz Ordaz con cerebro de chango. Esto es muy importante, porque te muestra la otra faceta de los Juegos.
El placer del coleccionismo está desde la búsqueda de la pieza hasta que la encuentras, y entonces vas haciendo contactos. La parte básica del álbum de timbres, hasta hace menos de un año la completé, y entonces cada que viajaba a algún lugar, me iba a las casas de timbres. Es algo muy interesante que te abre la faceta de una ciudad, como de otros puntos de vista. Conoces gente. En Chihuahua conocí a un señor que tenía una colección de timbres y platiqué con él. Luego me vendió uno que yo necesitaba. Es una forma de interrelacionarse, de socializar”.
Prohibido patear una lata
Rudy Orduño, diseñador gráfico.
Colección: latas de refresco, cerveza y jugos.
Rarezas: una Pepsi de un país del Medio Oriente, un refresco de chocolate y una lata de refresco de yogur hecho en Hawái.
Artículos: cerca de tres mil 500.
“Empecé por unos primos. Ellos tenían sus colecciones de latas importadas cuando no había tantas aquí en México, y me estuvieron insistiendo en que empezara a coleccionar. Yo no quería, hasta que una vez me regalaron unas latas y así empecé. Eso fue hace 20 años. Ahora yo soy el único que me quedé coleccionando, porque ellos incluso se cansaron de sus colecciones y me las pasaron a mí.
Es muy raro, porque normalmente voy al súper, paso por la sección de bebidas y ya veo cuáles tengo y cuáles no. Hay muchas que vuelves a juntar que ya tenías y ya se te olvidó, porque es complicado aprenderte cuáles son todas las que ya tienes.
Las tengo que vaciar, porque ya me ha pasado que un par han explotado. A parte, para cargar y mover es mejor que estén vacías. Si no están bien limpias, se pueden oxidar. Por eso hay que lavarlas y secarlas muy bien, porque pueden venir las hormigas. Cuando las traigo, las dejo como una semana para que se sequen bien. Recientemente agregué una. Siempre están saliendo nuevas y nuevas.
Cuando vas curioseando por tiendas de latas importadas, llegas y preguntas por una, te preguntan: ‘¿tú también coleccionas? ¿Cuántas tienes?’ Y ya empezamos a cambiar las fichas. Luego, por ejemplo, salen las colecciones de Navidad de Pepsi y Coca, y tienes que andarlas buscando con la presión del tiempo.
Un artículo especial es una lata de Pepsi de Brasil, que llegó a mí a través de un gran amigo. Él se la trajo desde allá y decidió regalármela por la buena amistad que teníamos. Otra es de cuando mi papá trabajaba en Pepsi, y su jefe se la trajo de Medio Oriente. Ésta también es muy especial, es un refresco de chocolate, lo compré en Estados Unidos. Obviamente trato de probar todas las latas que compro. Ésta sabía horrible.
Hay una que perdí de la colección de Coca de la Selección Mexicana, que cada lata traía diferentes jugadores. Fui al súper con mi novia y se empezó a tomar una, y se la llevó a su casa para terminarla. Después su mamá se la tiró. Yo dije: ‘voy y la consigo otra vez’, pero no, nunca la volví a encontrar.
Hay quien dice que es nomás pura basura, pero en general mi familia me ha apoyado muchísimo en esto. Me han ayudado e incluso me han regalado cosas.
El coleccionismo es una diversión, tienes que andar buscando mucho, te ayuda a crear relaciones con las personas: he conocido muchísima gente a través de esto. Es increíble ver cómo reacciona la gente. Tengo amigos que siempre me llegan con una lata: ‘¡a que ésta no la tienes!’ Y pues sí, sí la tengo. Te ayuda mucho para la memoria. Intenté numerarlas alguna vez, pero es muy complicado.
Me dio diabetes hace cinco años y eso me bajó mucho el ímpetu de andar comprando latas. Sí me las puedo tomar, pero no es tan sano. Cuando me enfermé, pensé en vender la colección, pero ya es algo que quieres mucho, has trabajado gran parte de tu vida en eso y es una satisfacción muy grande”.
El Niño Jesús ha nacido 195 veces
Rosa María Jiménez Rodríguez, ama de casa y abuela.
Colección: nacimientos.
Rarezas: algunos traídos de países como El Congo o Perú, otros hechos de jabón, de hoja de plátano o de escamas de pescado.
Artículos: 195 nacimientos en total, cada uno con al menos cuatro piezas.
“Mi primer nacimiento, aunque no como elección, fue el que me dieron cuando me casé, que mis hijos eran chicos, pero se quedó así nada más como nacimiento. Ya después pasó mucho tiempo y mi hija quería uno para su recámara, se lo compré de plástico y todo, y luego volvieron a pasar años y ya vi uno muy bonito de hierro forjado.
Lo interesante y lo valioso de mi colección es que la mayoría son regalados, y si me los regalan, es porque las personas se fijan en mí y me tienen estima. Hoy en la mañana me dieron otro. Así he hecho mi colección. No tengo ni uno repetido.
El mínimo son tres figuras y un pesebre, pero hay otros de 13, de 14 o de seis. Además del Niño, María y José, por lo general los nacimientos tienen un ángel, un pastor y un borreguito, o los Reyes Magos. Para que sea nacimiento debe tener un pesebre, si nomás son los tres elementos, es una Sagrada Familia.
Para nosotros los católicos, es el nacimiento del Niño Dios. El primero lo hizo San Francisco de Asís, para que las personas creyeran. Para mí es una devoción muy bonita.
Antes los tenía en un mueble de puras tablas. Me la pasaba limpiándolos, empezaba un lunes y terminaba un viernes quitándoles el polvo. Entonces mi hijo me hizo un mueble donde no entra el polvo. Pero el día que los sacudo, duro todo el día con ayuda. Ahora lo hago como cada seis meses o cada año.
Tengo varios de madera que son del Congo, de Santa Clara del Cobre, de Tonalá, de Tlaquepaque y de Jocotepec. Éste es de Puebla. Hay de Morelia, de Santiago de Compostela, de Roma, de Belén, de Perú.
Algunos son de vidrio soplado, de cerámica o de plomo. Mis nietas me hicieron uno de papel crepé y otro de plastilina. Tengo de jabón, y también de escamas de pescado y de barro. Hay cuadros de nacimiento con hojas de plátano, tengo de palma tejida y hoja de maíz.
Hay una amiga que de hecho me regala varios. Cuando empezamos a platicar de las colecciones, ella tenía más, pero ahora yo la superé, además de que ella no los tiene en exhibición.
Para mí el valor es el estimativo, porque eso de pensar que viene la gente, los niños, los padres y lo ven, pues me llega. Tengo una relación de todos los nacimientos, desde el primero que empecé, sé quién me lo regaló y de qué material está hecho.
El nacimiento de plástico que le regalé a mi hija, que falleció, es muy especial. Para mí lo principal es la devoción, me entretengo mucho; paso, los veo y siento tranquilidad. El mueble, de hecho, es un pesebre”.
Gadgets retro contra la desmemoria tecnológica
Paco Rentería, ingeniero en sistemas.
Colección: todo lo que tenga que ver con la historia de las tecnologías de la información, equipo de cómputo, tarjetas de red, circuitos integrados, cámaras, computadoras, módems, consolas de videojuegos.
Rarezas: un teletipo, antecedente de la computadora; una computadora portátil de los ochenta marca HP, con un pequeño mouse plegable y un lector de CD-ROM externo que funciona con pilas AA, y una Powerbook de Macintosh con pantalla monocromática.
Artículos: cerca de mil.
“A mí lo que me llama la atención es cómo se han ido juntando las cosas. Cómo se ha ido integrando lo que ahorita traemos en un teléfono celular a la mano ya que llegan las tecnologías inalámbricas. Estas tarjetas de red pues terminaron convirtiéndose en algo así (señala un teléfono inteligente).
Este teléfono lo tengo porque es una curiosidad. Es un Sony Ericsson que trae la cámara por fuera; las fotos quedan guardadas en la cámara. Ésta es una Pocket PC de 2003, antecedente de los teléfonos inteligentes que integran toda la función de una computadora en el celular.
Es mi segunda colección, la tengo desde 2003. La primera me la tiraron a la basura. Había empezado desde niño. Cuando me casé, me salí de la casa y mi hermano dijo: ‘ésta recámara es mía’, y lo tiró todo. Fue horrible, porque tenía cosas que comencé a juntar desde los setenta.
A mí todo esto me empezó a llamar la atención cuando vi las cosas de mi abuelito, quien tenía un radio de bulbos gigantesco, con foquitos por fuera. De hecho estudié la Ingeniería en Sistemas porque siempre me gustó. Curiosamente, mi trabajo está enfocado a la innovación, es decir, a crear cosas nuevas.
Hace rato fue la última vez que agregué algo. De hecho, la idea es poner un museíto o algo así, porque ya no cabemos aquí. En la administración gubernamental pasada, envié escritos al Gobierno del Estado, al municipal y a la Universidad de Guadalajara (UdeG) mencionándoles que tenía más de mil objetos de historia de la tecnología. Siendo el Valle del Silicio de América Latina, pues no hay un museo tecnológico, por lo que les hice ver ese hueco que hay aquí. No hubo eco; en el Ayuntamiento ni siquiera me recibieron el escrito. En el Estado hubo un seguimiento y se murió, no hubo más interés. De la UdeG ni me contestaron.
Los ingenieros definitivamente deberían tener conocimiento de todo esto. El usuario común no tiene ninguna necesidad. Me he topado con dos o tres ingenieros que dicen ‘¿por qué no lo habían hecho antes?’. Por ejemplo, ahorita con el iPad, todo mundo está loco, pero es un invento que conceptualmente tiene 50 años. Si tú ves el primer prototipo, era una pantalla monocromática en un aparatote burdo, pero que en ese entonces lo traían por todos lados. No tenía conexión inalámbrica obviamente, traía otras tecnologías. La lógica con la que funcionan muchas cosas hoy en día es la misma desde hace medio siglo. El conocimiento de esa tecnología vieja es lo que te ayuda a integrar, a crear cosas nuevas, porque ya sé que existen, que alguien se le ocurrió.
Cuando veo que hay venta de cochera y que es una casa setentosa o de dinero, siempre voy. Por ejemplo, las consolas de videojuegos las he comprado en esos lugares... ratones, computadores: son cosas que la gente no tiene ni idea.
Lo tengo todo guardado en cajas selladas, con bolsas de burbujas de material antiestático, porque casi todo funciona. Las piezas más viejas son tóxicas si tienes mucho contacto con ellas.
Yo soy un coleccionista de colecciones, o al menos lo era. Tenía una de cosas chiquitas, como un cofrecito del Tesoro o cochecitos microscópicos. Tenía otra colección de coches para armar. No he conocido a otros que coleccionen cosas relacionadas con historia de la tecnología.
Una gran baraja de comodines
Teresa Dueñas, simplemente coleccionista.
Colección: comodines o jokers de baraja.
Rarezas: cartas redondas, ovaladas, en 3D, un comodín de la NASA, un joker perro y de pintura renacentista.
Artículos: alrededor de 350 enmarcadas en cuadros.
“Hace nueve años empecé. Mi esposo y yo somos aficionados a jugar póker con los amigos. Después me di cuenta de que había comodines diferentes y me empezó a llamar la atención. Ahí comenzó mi afición. Aunque me gustan mucho las barajas, me concentré en los comodines porque hay unos que son como muy comunes, que se repiten en barajas. Y otros no.
Me gustan en general los juegos de azar. He ido a Las Vegas y a veces a Aguascalientes a jugar en un casino. Pero es algo leve, tampoco es vicioso.
El último que agregué fue hace unos 15 días, de un viaje que hizo mi suegro. Me trajo una baraja y tenía un joker diferente. La mayoría sí son comprados, pero mis amigos me aportan una gran parte. Me han dado barajas o el puro comodín. Las barajas siguen en utilidad, ya que los jokers no son necesarios en el póker.
Mi marido tiene algunas latas y cosas de lobos, pero yo quiero tener un cuarto decorado con artículos alusivos a los perros. Nos apoyamos los dos: baraja que él ve, me la hace llegar, y yo lata diferente que veo, también. Como que agarramos eso de afición, de coleccionar cositas. Siempre me ha llamado la atención eso de tener algo diferente.
No he buscado a otras personas que coleccionen. Yo soy poquito cibernética, si te digo que tengo dos años navegando tantito en el Facebook, es mucho.
Algo chistoso, de que bromeamos, es con esa ovalada de al lado. Decimos: “vamos a jugar con el panti protector”. Llegamos a jugar con ella, pero la verdad sí es complicado, sobre todo barajarlas.
Solamente cuando vamos a viajes es forzado buscar. La gente que me conoce me ha ayudado. Entonces voy lenta en cierta forma, tranquila, pero sí me imagino que esto pueda tener un valor monetario. Por lo pronto sentimental sí lo tiene, ya ando pensando quién se va a quedar con ella, alguien que la pueda apreciar.
Como varias son aportaciones de amistades, se siente padre que sepan que te gusta la baraja o coleccionar. Van a algún lado y después me dicen: ‘toma Tere, te traigo ésta. En estos días que estuve revisándolas, es padre. Me traen recuerdos. Es como tener a mis amigos también aquí”.
El coleccionismo responde a la agrupación y organización sistemática de objetos de una misma categoría. Ello implica que haya un conocimiento de lo que la persona tiene, un orden y una búsqueda específica por ciertos artículos. Del coleccionismo a la acumulación compulsiva hay una gran diferencia. El primero es un placer, un hobby; la segunda, una patología.
Parece un acto solitario, pero detrás tiene un entretejido de relaciones humanas, algunas nuevas y otras de años atrás. Amigos y extraños contribuyen con piezas e ideas. Las colecciones traen lo mismo añoranzas que retos futuros.
Los objetos más comunes son monedas, timbres u otros artículos postales, arte, música o juguetes. Éstos tienen un valor muy notorio dentro del mercado, además de una visibilidad social, pues hay grupos y asociaciones. No obstante, el coleccionismo no tiene límites: cada quien puede encontrar placer en agrupar objetos tan disímiles como latas, souvenirs, nacimientos, barajas o artilugios tecnológicos. Aquí algunas historias.
A la caza de souvenirs olímpicos
Gabriel Michel, arquitecto, académico y promotor del ciclismo.
Colección: parafernalia de las Olimpiadas de 1968, carteles, libros, boletos, boletines informativos, credenciales de prensa, timbres postales, fotos, ceniceros, calcomanías y álbumes coleccionables.
Rarezas: timbres emitidos en todo el mundo, que van de países como la República de Yemen hasta Perú. Tiene un cartel que pidió al Museo Olímpico de Suiza, un mapa despegable de la Ciudad de México con la identidad gráfica de los Juegos y unos pisapapeles diseñados por el primer arquitecto de la Universidad de Guadalajara, Gabriel Chávez de la Mora
Artículos: cerca de 500 piezas en individual.
“Yo tenía seis años, no me acuerdo gran cosa de las Olimpiadas. Pero lo que más me llamó la atención fueron dos aspectos: que en ese tiempo salió un álbum coleccionable, que yo adquirí; y que escuchaba a los adultos hablar mucho del asunto de Tlatelolco. Entonces yo crecí, por un lado, con la alegría de un álbum que te platicaba la Historia de México y de los Juegos Olímpicos, así como el diseño gráfico y arquitectónico; y por el otro lado, oyendo la sombra de la época, que fue la cuestión estudiantil, la matanza de Tlatelolco. De ahí me surgió la idea.
Cuando estaba niño, un primo más grande que yo trabajó en los Juegos Olímpicos. Él vivía en Guaymas y yo estaba en sexto de primaria cuando lo fuimos a ver, en los setenta. Ahí me dio mi primera pieza: un cenicero, que en realidad es políticamente incorrecto, porque ya no se concibe que el tabaco patrocine el deporte y menos unos Juegos Olímpicos. Entonces ése y el álbum los conservo como mis primeras piezas.
Después me metí a estudiar arquitectura y conocí a profundidad a Pedro Ramírez Vázquez, quien fue presidente del Comité Organizador de los Juegos. Desde mi punto de vista, es el mejor arquitecto mexicano de arquitectura nacionalista.
Antes iba mucho a la Ciudad de México, ahí es donde encuentras piezas, en los tianguis. Siempre que iba, buscaba algo. Poco a poco te vas haciendo de cosas. Empecé con los timbres olímpicos que coloqué en un álbum. Primero dije: ‘nada más quiero los timbres de la última serie’. Y luego dije: ‘pues ya tengo la última serie, entonces voy por las anteriores’. Después me encontré el álbum; recientemente lo acabo de completar. En Mercado Libre es donde más he estado consiguiendo. De hecho me acaban de llegar algunas piezas que son de otros países, pero que hablan sobre la Olimpiada.
En Facebook me he encontrado con otros coleccionistas. Me llama la atención de que muchos son extranjeros, es poca la gente en México que se dedique a coleccionar esto. Tampoco he gastado fortunas. Muchas piezas me las han regalado, como este libro de una exposición en el Museo de Arte Moderno.
También tengo artículos del movimiento estudiantil. Hay unos que son verdaderamente geniales, porque los estudiantes le ponían cosas alusivas a la masacre, como la paloma de la paz ensangrentada o el presidente Díaz Ordaz con cerebro de chango. Esto es muy importante, porque te muestra la otra faceta de los Juegos.
El placer del coleccionismo está desde la búsqueda de la pieza hasta que la encuentras, y entonces vas haciendo contactos. La parte básica del álbum de timbres, hasta hace menos de un año la completé, y entonces cada que viajaba a algún lugar, me iba a las casas de timbres. Es algo muy interesante que te abre la faceta de una ciudad, como de otros puntos de vista. Conoces gente. En Chihuahua conocí a un señor que tenía una colección de timbres y platiqué con él. Luego me vendió uno que yo necesitaba. Es una forma de interrelacionarse, de socializar”.
Prohibido patear una lata
Rudy Orduño, diseñador gráfico.
Colección: latas de refresco, cerveza y jugos.
Rarezas: una Pepsi de un país del Medio Oriente, un refresco de chocolate y una lata de refresco de yogur hecho en Hawái.
Artículos: cerca de tres mil 500.
“Empecé por unos primos. Ellos tenían sus colecciones de latas importadas cuando no había tantas aquí en México, y me estuvieron insistiendo en que empezara a coleccionar. Yo no quería, hasta que una vez me regalaron unas latas y así empecé. Eso fue hace 20 años. Ahora yo soy el único que me quedé coleccionando, porque ellos incluso se cansaron de sus colecciones y me las pasaron a mí.
Es muy raro, porque normalmente voy al súper, paso por la sección de bebidas y ya veo cuáles tengo y cuáles no. Hay muchas que vuelves a juntar que ya tenías y ya se te olvidó, porque es complicado aprenderte cuáles son todas las que ya tienes.
Las tengo que vaciar, porque ya me ha pasado que un par han explotado. A parte, para cargar y mover es mejor que estén vacías. Si no están bien limpias, se pueden oxidar. Por eso hay que lavarlas y secarlas muy bien, porque pueden venir las hormigas. Cuando las traigo, las dejo como una semana para que se sequen bien. Recientemente agregué una. Siempre están saliendo nuevas y nuevas.
Cuando vas curioseando por tiendas de latas importadas, llegas y preguntas por una, te preguntan: ‘¿tú también coleccionas? ¿Cuántas tienes?’ Y ya empezamos a cambiar las fichas. Luego, por ejemplo, salen las colecciones de Navidad de Pepsi y Coca, y tienes que andarlas buscando con la presión del tiempo.
Un artículo especial es una lata de Pepsi de Brasil, que llegó a mí a través de un gran amigo. Él se la trajo desde allá y decidió regalármela por la buena amistad que teníamos. Otra es de cuando mi papá trabajaba en Pepsi, y su jefe se la trajo de Medio Oriente. Ésta también es muy especial, es un refresco de chocolate, lo compré en Estados Unidos. Obviamente trato de probar todas las latas que compro. Ésta sabía horrible.
Hay una que perdí de la colección de Coca de la Selección Mexicana, que cada lata traía diferentes jugadores. Fui al súper con mi novia y se empezó a tomar una, y se la llevó a su casa para terminarla. Después su mamá se la tiró. Yo dije: ‘voy y la consigo otra vez’, pero no, nunca la volví a encontrar.
Hay quien dice que es nomás pura basura, pero en general mi familia me ha apoyado muchísimo en esto. Me han ayudado e incluso me han regalado cosas.
El coleccionismo es una diversión, tienes que andar buscando mucho, te ayuda a crear relaciones con las personas: he conocido muchísima gente a través de esto. Es increíble ver cómo reacciona la gente. Tengo amigos que siempre me llegan con una lata: ‘¡a que ésta no la tienes!’ Y pues sí, sí la tengo. Te ayuda mucho para la memoria. Intenté numerarlas alguna vez, pero es muy complicado.
Me dio diabetes hace cinco años y eso me bajó mucho el ímpetu de andar comprando latas. Sí me las puedo tomar, pero no es tan sano. Cuando me enfermé, pensé en vender la colección, pero ya es algo que quieres mucho, has trabajado gran parte de tu vida en eso y es una satisfacción muy grande”.
El Niño Jesús ha nacido 195 veces
Rosa María Jiménez Rodríguez, ama de casa y abuela.
Colección: nacimientos.
Rarezas: algunos traídos de países como El Congo o Perú, otros hechos de jabón, de hoja de plátano o de escamas de pescado.
Artículos: 195 nacimientos en total, cada uno con al menos cuatro piezas.
“Mi primer nacimiento, aunque no como elección, fue el que me dieron cuando me casé, que mis hijos eran chicos, pero se quedó así nada más como nacimiento. Ya después pasó mucho tiempo y mi hija quería uno para su recámara, se lo compré de plástico y todo, y luego volvieron a pasar años y ya vi uno muy bonito de hierro forjado.
Lo interesante y lo valioso de mi colección es que la mayoría son regalados, y si me los regalan, es porque las personas se fijan en mí y me tienen estima. Hoy en la mañana me dieron otro. Así he hecho mi colección. No tengo ni uno repetido.
El mínimo son tres figuras y un pesebre, pero hay otros de 13, de 14 o de seis. Además del Niño, María y José, por lo general los nacimientos tienen un ángel, un pastor y un borreguito, o los Reyes Magos. Para que sea nacimiento debe tener un pesebre, si nomás son los tres elementos, es una Sagrada Familia.
Para nosotros los católicos, es el nacimiento del Niño Dios. El primero lo hizo San Francisco de Asís, para que las personas creyeran. Para mí es una devoción muy bonita.
Antes los tenía en un mueble de puras tablas. Me la pasaba limpiándolos, empezaba un lunes y terminaba un viernes quitándoles el polvo. Entonces mi hijo me hizo un mueble donde no entra el polvo. Pero el día que los sacudo, duro todo el día con ayuda. Ahora lo hago como cada seis meses o cada año.
Tengo varios de madera que son del Congo, de Santa Clara del Cobre, de Tonalá, de Tlaquepaque y de Jocotepec. Éste es de Puebla. Hay de Morelia, de Santiago de Compostela, de Roma, de Belén, de Perú.
Algunos son de vidrio soplado, de cerámica o de plomo. Mis nietas me hicieron uno de papel crepé y otro de plastilina. Tengo de jabón, y también de escamas de pescado y de barro. Hay cuadros de nacimiento con hojas de plátano, tengo de palma tejida y hoja de maíz.
Hay una amiga que de hecho me regala varios. Cuando empezamos a platicar de las colecciones, ella tenía más, pero ahora yo la superé, además de que ella no los tiene en exhibición.
Para mí el valor es el estimativo, porque eso de pensar que viene la gente, los niños, los padres y lo ven, pues me llega. Tengo una relación de todos los nacimientos, desde el primero que empecé, sé quién me lo regaló y de qué material está hecho.
El nacimiento de plástico que le regalé a mi hija, que falleció, es muy especial. Para mí lo principal es la devoción, me entretengo mucho; paso, los veo y siento tranquilidad. El mueble, de hecho, es un pesebre”.
Gadgets retro contra la desmemoria tecnológica
Paco Rentería, ingeniero en sistemas.
Colección: todo lo que tenga que ver con la historia de las tecnologías de la información, equipo de cómputo, tarjetas de red, circuitos integrados, cámaras, computadoras, módems, consolas de videojuegos.
Rarezas: un teletipo, antecedente de la computadora; una computadora portátil de los ochenta marca HP, con un pequeño mouse plegable y un lector de CD-ROM externo que funciona con pilas AA, y una Powerbook de Macintosh con pantalla monocromática.
Artículos: cerca de mil.
“A mí lo que me llama la atención es cómo se han ido juntando las cosas. Cómo se ha ido integrando lo que ahorita traemos en un teléfono celular a la mano ya que llegan las tecnologías inalámbricas. Estas tarjetas de red pues terminaron convirtiéndose en algo así (señala un teléfono inteligente).
Este teléfono lo tengo porque es una curiosidad. Es un Sony Ericsson que trae la cámara por fuera; las fotos quedan guardadas en la cámara. Ésta es una Pocket PC de 2003, antecedente de los teléfonos inteligentes que integran toda la función de una computadora en el celular.
Es mi segunda colección, la tengo desde 2003. La primera me la tiraron a la basura. Había empezado desde niño. Cuando me casé, me salí de la casa y mi hermano dijo: ‘ésta recámara es mía’, y lo tiró todo. Fue horrible, porque tenía cosas que comencé a juntar desde los setenta.
A mí todo esto me empezó a llamar la atención cuando vi las cosas de mi abuelito, quien tenía un radio de bulbos gigantesco, con foquitos por fuera. De hecho estudié la Ingeniería en Sistemas porque siempre me gustó. Curiosamente, mi trabajo está enfocado a la innovación, es decir, a crear cosas nuevas.
Hace rato fue la última vez que agregué algo. De hecho, la idea es poner un museíto o algo así, porque ya no cabemos aquí. En la administración gubernamental pasada, envié escritos al Gobierno del Estado, al municipal y a la Universidad de Guadalajara (UdeG) mencionándoles que tenía más de mil objetos de historia de la tecnología. Siendo el Valle del Silicio de América Latina, pues no hay un museo tecnológico, por lo que les hice ver ese hueco que hay aquí. No hubo eco; en el Ayuntamiento ni siquiera me recibieron el escrito. En el Estado hubo un seguimiento y se murió, no hubo más interés. De la UdeG ni me contestaron.
Los ingenieros definitivamente deberían tener conocimiento de todo esto. El usuario común no tiene ninguna necesidad. Me he topado con dos o tres ingenieros que dicen ‘¿por qué no lo habían hecho antes?’. Por ejemplo, ahorita con el iPad, todo mundo está loco, pero es un invento que conceptualmente tiene 50 años. Si tú ves el primer prototipo, era una pantalla monocromática en un aparatote burdo, pero que en ese entonces lo traían por todos lados. No tenía conexión inalámbrica obviamente, traía otras tecnologías. La lógica con la que funcionan muchas cosas hoy en día es la misma desde hace medio siglo. El conocimiento de esa tecnología vieja es lo que te ayuda a integrar, a crear cosas nuevas, porque ya sé que existen, que alguien se le ocurrió.
Cuando veo que hay venta de cochera y que es una casa setentosa o de dinero, siempre voy. Por ejemplo, las consolas de videojuegos las he comprado en esos lugares... ratones, computadores: son cosas que la gente no tiene ni idea.
Lo tengo todo guardado en cajas selladas, con bolsas de burbujas de material antiestático, porque casi todo funciona. Las piezas más viejas son tóxicas si tienes mucho contacto con ellas.
Yo soy un coleccionista de colecciones, o al menos lo era. Tenía una de cosas chiquitas, como un cofrecito del Tesoro o cochecitos microscópicos. Tenía otra colección de coches para armar. No he conocido a otros que coleccionen cosas relacionadas con historia de la tecnología.
Una gran baraja de comodines
Teresa Dueñas, simplemente coleccionista.
Colección: comodines o jokers de baraja.
Rarezas: cartas redondas, ovaladas, en 3D, un comodín de la NASA, un joker perro y de pintura renacentista.
Artículos: alrededor de 350 enmarcadas en cuadros.
“Hace nueve años empecé. Mi esposo y yo somos aficionados a jugar póker con los amigos. Después me di cuenta de que había comodines diferentes y me empezó a llamar la atención. Ahí comenzó mi afición. Aunque me gustan mucho las barajas, me concentré en los comodines porque hay unos que son como muy comunes, que se repiten en barajas. Y otros no.
Me gustan en general los juegos de azar. He ido a Las Vegas y a veces a Aguascalientes a jugar en un casino. Pero es algo leve, tampoco es vicioso.
El último que agregué fue hace unos 15 días, de un viaje que hizo mi suegro. Me trajo una baraja y tenía un joker diferente. La mayoría sí son comprados, pero mis amigos me aportan una gran parte. Me han dado barajas o el puro comodín. Las barajas siguen en utilidad, ya que los jokers no son necesarios en el póker.
Mi marido tiene algunas latas y cosas de lobos, pero yo quiero tener un cuarto decorado con artículos alusivos a los perros. Nos apoyamos los dos: baraja que él ve, me la hace llegar, y yo lata diferente que veo, también. Como que agarramos eso de afición, de coleccionar cositas. Siempre me ha llamado la atención eso de tener algo diferente.
No he buscado a otras personas que coleccionen. Yo soy poquito cibernética, si te digo que tengo dos años navegando tantito en el Facebook, es mucho.
Algo chistoso, de que bromeamos, es con esa ovalada de al lado. Decimos: “vamos a jugar con el panti protector”. Llegamos a jugar con ella, pero la verdad sí es complicado, sobre todo barajarlas.
Solamente cuando vamos a viajes es forzado buscar. La gente que me conoce me ha ayudado. Entonces voy lenta en cierta forma, tranquila, pero sí me imagino que esto pueda tener un valor monetario. Por lo pronto sentimental sí lo tiene, ya ando pensando quién se va a quedar con ella, alguien que la pueda apreciar.
Como varias son aportaciones de amistades, se siente padre que sepan que te gusta la baraja o coleccionar. Van a algún lado y después me dicen: ‘toma Tere, te traigo ésta. En estos días que estuve revisándolas, es padre. Me traen recuerdos. Es como tener a mis amigos también aquí”.