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También para el mundo llega su fin

Cristo anuncia la verdad fundamental de la caducidad de todo lo material y terreno

     En este domingo trigésimo tercero, penúltimo del año litúrgico, en la página del evangelio de San Lucas, Cristo anuncia la verdad fundamental de la caducidad de todo lo material y terreno.

     Fue una reflexión al ver “cómo algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo de Jerusalén y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban”.

     “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra”. Esto no era una maldición, era simplemente un anuncio. El pensamiento de Jesús no eslabonaba el pasado y el presente, también miraba el futuro. Y sucedió que cuarenta años después --el año 70 de esta era--, las legiones romanas al mando del emperador Tito destruyeron las murallas, las casas y el segundo templo, no el primero construido por Salomón, que también fue destruido por los soldados de Nabucodonosor el año 586 antes de Cristo.

     Así el Hijo de Dios, al fundar un reino ponía de manifiesto la naturaleza del nuevo reino: sería espiritual, invisible. Cuando le preguntaron cuándo vendría el reino, les contestó: “El Reino de Dios ya está aquí”.

El Reino, la Iglesia, visible y espiritual a un tiempo

     El Concilio Vaticano II dejó claro: “Cristo, el único mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia Santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todas.  

     “Mas como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la sabiduría a los hombres” (Lumen Gentium 8).

     Así el Señor les anuncia: “Los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí” (Lucas 21 17).

     En la trayectoria de veinte siglos del Cristianismo, la historia de la Iglesia siempre ha tenido, sin interrupción, el rojo testimonio de la sangre de los mártires. Desde el primero, San Esteban, en Jerusalén; luego el apóstol Santiago, y posteriormente sacerdotes, obispos, papas, doncellas vírgenes y ancianas en las persecuciones de Roma, y después en todas las latitudes del globo, como en México, mas con la consoladora esperanza de quien siembra, “porque la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

     Mas ha habido otra multitud vestidos no de rojo, sino con la túnica blanca, por haber sufrido un martirio sin dolores, cargados con la cruz de su ropio estado y condición en donde han cumplido, en una vida de fe y caridad, no importa qué ignorados, desconocidos y hasta incomprendidos hayan sido por los hombres.

     Hasta calumniados, como lo hicieran contra el papa Pío XII, defensor de muchos judíos prófugos y a quien no faltaban quienes lo acusaban de ser cómplice del nazismo. Y sobrellevan ofensas como recién el papa Benedicto XVI en España, donde defendió firmemente a la familia.  

Ante todo firmeza y esperanza

     San Pablo --segunda lectura-- en su segunda carta a los Tesalonicenses, les suplica y les ordena” de parte del Señor Jesús”, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida.

     Es una actitud prudente y benéfica la de estar cada uno en su puesto en el fiel cumplimiento del propio deber, y no con angustias originadas en inciertas teorías.

     Es sabiduría aprovechar el hoy. Cuando se vive en plenitud cada día, entonces se aprovecha debidamente el tiempo y se logran abundantes frutos. Eso es tomar una actitud positiva, constructiva.

     Mirar hacia el mañana, pero con una dirección hacia donde enfilar el rumbo, mas vivir el presente.

     Un adagio árabe dice: “Construye como si fueras a vivir mañana, mas planea como eterno que eres”.

     El creyente ha de considerar tarea apremiante del tiempo presente, su actitud de operario, de trabajador, de poner su parte en la obra de Cristo en la construcción según el espíritu del Evangelio.

Con una visión clara de las realidades temporales

     Es peligroso un “angelismo” el olvidar el hombre su condición de peregrino en el tiempo; de poseer un cuerpo para alimentarlo, asearlo, curarlo; de formar parte de un conglomerado de seres con cuerpo o alma como él, cercanos o lejanos; de formar parte de una patria, de una sociedad con sus compromisos, sus deberes y sus derechos.

     Debe además descubrir su propia tarea, la de ser servidor, quiera o no quiera, de los demás, y por tanto la de estar dispuesto a una prestación personal, a colaborar en una tarea para crear una convivencia cívica fundada en el amor, la justicia, el respeto mutuo y la responsabilidad.

     Entregarse en un afán de construir un mundo más humano, es trabajar el presente, es sembrar , aunque a otros les toque cosechar. Es una exigencia de la fe y es también la mejor manera de esperar “el día del Señor”, porque el mensaje evangélico de este domingo es escatológico.

     Escatología, palabra griega,es la doctrina del fin del hombre y del fin del mundo, aquello que siempre repetían los monjes y tal vez todavía lo hagan:

“Muerte, finicio, infierno, gloria ten cristiano en la memoria”

     Esto es a dónde se va a llegar y dónde puede parar. Llegará ciertamente a la muerte y el juicio, y después será oreja o cabrito.

     El profeta Isaías, ocho siglos antes de Cristo, ya increpaba a la ciudad de Babilonia por su orgullo y por olvidar sus postrimerías.

     Mas no ha de ser el miedo, sino el amor, la fuerza para entregarse a la edificación de la ciudad terrena.

Y luego, con perseverancia y creciente optimismo

     Un maestro de vida espiritual escribió: “Debemos emprender cada jornada como si fuera la última, y vivir, sin embargo, en la fe y la responsabilidad, como si nos quedara todavía un largo porvenir. Puede ser que mañana amanezca el último día; entonces, y sólo entonces, dejaremos con gusto el trabajo por un futuro mejor.

     Los acontecimientos revelados por Cristo no tienen como fin asustar. El Maestro pretende con esa revelación prevenir para no ser engañados por falsos profetas, ni desanimarse ante las adversidades, ni ante las persecuciones, sino perseverar hasta el fin en el bien.

     Perseverancia en esperar con paciencia el día de Dios; valentía ante las adversidades; confianza en Cristo que vino, viene y vendrá; serenidad en el desempeño de la propia tarea.

Mantener firme la esperanza

     El pensamiento cristiano sobre el destino definitivo del hombre es la supervivencia, es vivir eternamente en Dios y con Dios.

     Ha fijado el Creador el día y la hora de nacer para cada una de sus criaturas, y también el final en el tiempo, fecha singular, oculta y cierta para cada uno.

     En esta semana en una familia los nueve hijos le devolvieron al Señor, dueño de la vida, a su padre nacido en 1908. Ciento dos años fue peregrino en el tiempo, mas llegó su hora para encontrarse con su Creador.

     El cristiano cree y espera. “Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Es la confesión de fe de todos los creyentes al recitar el Credo en la misa dominical.

Esperar sirviendo

     Estar vigilante, vivir la esperanza, mas no con los brazos cruzados. El creyente, como enseña San Pablo, es un cuerpo cuya cabeza es Cristo, y cada uno de los bautizados es una parte de ese cuerpo, y cada parte --una molécula-- no ha de ser ni inútil ni muerta. Cada creyente es parte viva y, por lo mismo, operante. En consecuencia, servir es solución ineludible para el cristiano.

Si el cristianismo es amor, el amor no es un sentimiento vano, sino la fuerza operante: amor a Dios, amor a sus semejantes con aplicación visible en el servicio.

     El amor, si es verdadero, se purifica, se redimensiona y se sobrenaturaliza en el servicio.

     El que dice amo, mas no sirve, miente.

     La palabra de Dios este domingo, lleva al creyente a vigilar, a esperar, a trabajar.

José R. Ramírez       

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