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Tahaa y Gauguin

El aroma a vainilla impregna el ambiente en este sitio paradisiaco, ideal para el solaz y la contemplación

GUADALAJARA, JALISCO (16/DIC/2012).- Al noroeste de la isla Huahine y a cinco kilómetros de la isla Raiatea, se encuentra la fantástica isla de Tahaa, isla de Sotavento del archipiélago de las islas de la Sociedad. Llamada “la Isla de la vainilla”, por los extensos plantíos de vainilla, que representan el 80% de la Polinesia Francesa, se cultiva la variedad de vainilla tahitensis, producto del injerto de la vainilla pompona y la vainilla fragans. Vainilla valorada por su aceite y fragancia, también hay plantaciones de coco. El antiguo nombre de la isla era Oporu, evocando a la isla Opolu, en Samoa. La isla está rodeada por una corona de arrecifes, los cuales forman una espectacular laguna azul, azul pastel. Su cerro más alto es el Ohiri, con 590 metros y el poblado relevante se llama Patio.

El 7 de junio de 1948 nació un gran pintor en París, Paul Gauguin. Trabajó como agente de bolsa, se casó con Mette Gad y tuvieron cinco hijos, los domingos los reservaba para esculpir y pintar, a sus veintiocho años expuso un cuadro. Al contemplar la obra de los impresionistas, se quedó hechizado, seducido totalmente. Al tener siete lustros, tomó la determinación de satisfacer únicamente su pasión, pintar, “expresarse simbólicamente, no atarse a la realidad evidente de las cosas, sobrepasar lo visible”. Convivió con Van Gogh y aprendió su estilo japonés, “amaba los efectos de sol y la magia del color”. Fue comisionado para pintar en Tahití, y el 8 de junio de 1891 llegó a Papeete, le gustó Mataeia para instalar su estudio, donde convivió con una tahitiana de trece abriles. Cabe recordar a su magnífica obra, Manao Tupapau, y a su maravilloso lienzo, Dos mujeres tahitianas, en ambas se recreo en la hermosura de las isleñas, trazos simples, planos, carentes de matices de sombras y luces, brindando una atractiva originalidad en sus creaciones. Dos años después regresó a su terruño, le suplicó a su amada esposa que lo acompañara a Tahití, y en 1895 volvió a su añorada isla, solo. En 1901 emigró a Hiva Oa, una de las islas de las Marquesas, se estableció en Atuana, donde plasmó cautivadores cuadros como, “Y el oro de sus cuerpos”, en el cual surgió una expresiva fuerza de color. Paul citó: “No copiéis demasiado exactamente la naturaleza. El arte es una abstracción; sacadlo de la naturaleza soñando ante ella y pensad más en la creación que en el resultado”. Se inclinó por una existencia sencilla, auténtica y creativa. El 8 de mayo de 1903, los lienzos dejaron de expresarse.

Pasamos la noche bajo las estrellas de la Bahía de Maroe. A las seis de la mañana se desplegaron las blancas velas y el timonel enfiló para Tahaa. A las nueve de la mañana pasadas, se nos invitó a visitar la compleja sala de maquinas y después subimos al puente, donde el capitán nos mostro las computadoras, “los barcos de Windstar son oficialmente mástiles de vela de crucero. Despliega en dos minutos con sólo pulsar un botón, velas blancas ondeando llegar al cielo. Todas las funciones se manejan desde el puente de microchips de ordenador y dispositivos de navegación”. Mientras desayunábamos fuimos apreciando la preciosa isla de Teavapiti, más tarde nos acercamos al bizarro paso de Paipai y luego el Ohiri nos delató la cautivadora Tahaa, con sus curveados y bajos montes, en sus cañadas, copas de palmeras. Anclamos frente al poblado de Tiva y la popa abrió su mágica cortina, que atesora diversos juguetes, disfrutamos los windsurfs por un buen rato, también cuenta con lancha para esquiar, algunos sunfish. Enseguida vistamos el poblado, su corazón es la capilla gótica, a la vera de la isla, con pórtico, abrazado por una torre saliente, cubierta por un alto cono octagonal. A los costados se fueron esparciendo con gracia las bonitas moradas, de madera, con corredores, que miran al manso y fascinante mar, los techos a dos o cuatro aguas, fincas enmarcadas por exuberante vegetación.

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