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Si los cristianos brilláramos
Los recientes hechos vilentos suscitan una serie de diferentes reacciones en los habitantes del país
La situación crítica que vivimos en nuestro país, debido a la violencia, corrupción, injusticias y todo tipo de obras a las que Jesús llamó “obras de las tinieblas”, porque a eso llevan, a una vida en la obscuridad, en la angustia, en la falta de una verdadera paz, tanto interior como social, tanto a los que sufren sus consecuencias, como a aquellos que las llevan a cabo. La situación, decíamos, verdaderamente delicada y crítica, suscita una serie de diferentes reacciones en los habitantes del país, que van desde el disgusto, la inconformidad, el miedo, el pánico, hasta las manifestaciones públicas y las protestas; las denostaciones legítimas y las que llevan tintes e intenciones políticas; la mayoría de ellas haciendo un señalamiento muchas veces sumamente duro, injurioso e improcedente. Nos referimos al hecho de que mucha gente responsabiliza totalmente al gobierno en todos sus niveles, a las diferentes autoridades, a quienes ostentan un cargo público y participan en la planeación, organización, supervisión y control de la vida de la nación, en sus diferentes ámbitos.
Ciertamente que todos los aludidos llevan una parte de responsabilidad y muchas veces de culpa, por las diversas situaciones que provocan la situación prevaleciente. Sin embargo, todos los ciudadanos --unos más, otros menos; unos de manera consciente, otros inconscientemente; unos en forma dolosa, otros sin dolo-- somos corresponsables de todo lo que sucede en nuestra sociedad, ciudad, estado, país y mundo, ya que somos partícipes de la vida cotidiana de éstos y de una manera u otra contribuimos --ya sea con nuestras acciones o bien con nuestras omisiones-- a todo lo bueno y también lo malo que sucede en dichas circunscripciones.
Dicho esto, se hace necesario a quienes llevamos en nuestro ser el sello del Espíritu Santo que se nos imprimió en nuestro bautismo --y que por ello recibimos también el perdón, la purificación, la gracia, nuestra filiación divina, nuestra inserción como hijos de Dios en el Cuerpo Místico que es su Iglesia, y un cúmulo de dones de los que destacan las virtudes llamadas teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad--, que reflexionemos y nos demos cuenta de cómo hemos actuado conforme a esa responsabilidad, ya que, por lo demás, con el bautismo adquirimos --además de eso, regalos a los que podemos llamarles “derechos”, que recibimos al haber sido llamados por Dios a la vida humana y sobre todo a la vida sobrenatural que inicia en ese momento-- unos deberes que surgen del carácter mismo que nos imprime dicho sacramento y de lo que de éste se deriva, como lo afirma el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, en el número 31: “Los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”.
Esto quiere decir que por nuestro bautismo, Cristo nos incorpora a lo que se le llama su triple ministerio, por lo que al recibirlo, adquirimos ese compromiso de ser con Él profetas, es decir llamados a anunciar con nuestras palabras y nuestro testimonio la Buena Nueva del Reino de Dios, el Evangelio del mismo Cristo; ser sacerdotes, lo que implica ser intermediarios entre Dios y aquellos a los que Él pone bajo nuestro cuidado y responsabilidad, y así como a los que Él nos envíe; de la misma manera, el poder participar en la celebración de nuestra fe a través de la liturgia y de todo tipo de actos de culto; y ser reyes, lo que implica trabajar incansablemente para colaborar con Él en la extensión del Reino de Dios, que es un reino de amor, de verdad, de gracia, de justicia, de paz, de vida en abundancia.
Si todo cristiano conociera esta verdad, fuera consciente de ella y la viviera, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que otra sería nuestra realidad, como lo afirma el salmo número 1: “Dichoso el hombre que no va a reuniones de malvados, ni sigue el caminode los pecadores, ni se sienta en la junta de burlones, mas le agrada la Ley del Señor y medita su Ley de noche y día. Es como árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que hace él le resultará (...) Porque Dios cuida el camino de los justos y acaba con el sendero de los malos”.
Efectivamente así sería, y entonces se cumpliría lo que Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice: “Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada por un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres” (Mt 4,14-16).
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@ yahoo.com.mx
Ciertamente que todos los aludidos llevan una parte de responsabilidad y muchas veces de culpa, por las diversas situaciones que provocan la situación prevaleciente. Sin embargo, todos los ciudadanos --unos más, otros menos; unos de manera consciente, otros inconscientemente; unos en forma dolosa, otros sin dolo-- somos corresponsables de todo lo que sucede en nuestra sociedad, ciudad, estado, país y mundo, ya que somos partícipes de la vida cotidiana de éstos y de una manera u otra contribuimos --ya sea con nuestras acciones o bien con nuestras omisiones-- a todo lo bueno y también lo malo que sucede en dichas circunscripciones.
Dicho esto, se hace necesario a quienes llevamos en nuestro ser el sello del Espíritu Santo que se nos imprimió en nuestro bautismo --y que por ello recibimos también el perdón, la purificación, la gracia, nuestra filiación divina, nuestra inserción como hijos de Dios en el Cuerpo Místico que es su Iglesia, y un cúmulo de dones de los que destacan las virtudes llamadas teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad--, que reflexionemos y nos demos cuenta de cómo hemos actuado conforme a esa responsabilidad, ya que, por lo demás, con el bautismo adquirimos --además de eso, regalos a los que podemos llamarles “derechos”, que recibimos al haber sido llamados por Dios a la vida humana y sobre todo a la vida sobrenatural que inicia en ese momento-- unos deberes que surgen del carácter mismo que nos imprime dicho sacramento y de lo que de éste se deriva, como lo afirma el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, en el número 31: “Los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”.
Esto quiere decir que por nuestro bautismo, Cristo nos incorpora a lo que se le llama su triple ministerio, por lo que al recibirlo, adquirimos ese compromiso de ser con Él profetas, es decir llamados a anunciar con nuestras palabras y nuestro testimonio la Buena Nueva del Reino de Dios, el Evangelio del mismo Cristo; ser sacerdotes, lo que implica ser intermediarios entre Dios y aquellos a los que Él pone bajo nuestro cuidado y responsabilidad, y así como a los que Él nos envíe; de la misma manera, el poder participar en la celebración de nuestra fe a través de la liturgia y de todo tipo de actos de culto; y ser reyes, lo que implica trabajar incansablemente para colaborar con Él en la extensión del Reino de Dios, que es un reino de amor, de verdad, de gracia, de justicia, de paz, de vida en abundancia.
Si todo cristiano conociera esta verdad, fuera consciente de ella y la viviera, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que otra sería nuestra realidad, como lo afirma el salmo número 1: “Dichoso el hombre que no va a reuniones de malvados, ni sigue el caminode los pecadores, ni se sienta en la junta de burlones, mas le agrada la Ley del Señor y medita su Ley de noche y día. Es como árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que hace él le resultará (...) Porque Dios cuida el camino de los justos y acaba con el sendero de los malos”.
Efectivamente así sería, y entonces se cumpliría lo que Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice: “Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada por un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres” (Mt 4,14-16).
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@ yahoo.com.mx