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Sexto arte
Espacios literarios
La supuesta ficción literaria nos permite vislumbrar de manera global el trinomio que forma el hombre con la naturaleza y su arquitectura. La literatura, con sus variantes: poesía, prosa y lírica, es capaz de crear por medio de descripciones un entorno físico, no siempre materializado, pero sí imaginado.
Ese entorno físico, que se comporta como arquitectura, asume tres grupos: la ciudad, el paisaje y el refugio. La arquitectura que las palabras construyen, destruyen o simplemente describen, es a lo que aquí se denomina espacios literarios. Estos espacios de la imaginación pueden ser materializados o no, pero eso no constituye su esencia. La naturaleza de los espacios literarios radica en la capacidad de comunicar su arquitectura, entendida como espacio y recorrido.
No intento hacer un estudio analítico de la presencia de la arquitectura en la literatura, ni mucho menos de explicar o tratar de traducir las metáforas o frases de descripciones espaciales. Se trata de conocer la fuerza que tiene el espacio en la literatura; de crearnos una visión más amplia sobre las posibilidades que nos brinda la capacidad de imaginar arquitectura por medio de las palabras.
La literatura, la música y la arquitectura son artes subejtivas que producen ambientes. Las tres crean espacios: imaginarios, reales o simbólicos. A través de la palabra, la literatura descubre las interrogantes de la vida, los presupuestos y los sentimientos, a través de los tiempos, y en este intento por definirse, el hombre expresa lo que consiente que nuestra existencia sea realmente humana: el amor y la muerte, la soledad y la unión, el pesar y la angustia, la gozo, el sentido de la vida y de la experiencia, el lugar del hombre en el universo, su correlación con el medio ambiente, el paso del tiempo, la memoria…
Sin duda la música es la más inmediata de las artes respecto a nuestra experiencia sensible; el arte que interpela nuestra sensibilidad prácticamente sin mediación alguna, en la propia inmediatez de su puesta en acto y, por lo consiguiente, de su experiencia posible. La música echa mano de un lenguaje a un tiempo expresivo e indescifrable o por lo menos muy difícilmente traducible en palabras; dicho lenguaje está más allá de la palabra articulada ya que en él se dan cita ritmo y melodía.
Así, por su parte, la arquitectura hace innegable una voluntad de hacer perdurar el espacio deliberadamente creado para ser habitado por los hombres, espacio en el que los hombres pueden vivir y morir, amar y soñar, con la dignidad del amparo, espacio en el que pueden enunciar sus posibilidades más genuinas y ser sujetos de las experiencias de que hemos hablado al aludir a la literatura. En el caso de la arquitectura, tales experiencias no ocurren al azar, al contrario: éstas no suceden en la nada sino justamente al resguardo de los espacios creados con la idea de educación y belleza. Espacios que pretenden estar a favor del hombre.
Se puede decir, grosso modo, que si la literatura nutre el alma suscitando su capacidad de soñar y de sentir, que si la música acaricia esa alma, la envuelve, y le brinda paz, así puede afirmarse que la tarea de la arquitectura en relación a esa misma alma es protegerla, abrigarla y ofrecerle el espacio de amparo y de vida necesarios para que todo lo demás pueda ser, para que el hombre pueda ser. La arquitectura, en su carácter más perfecto, debe de ofrecer a los hombres un eje de mundo, un centro de universo.
Literatura, música y arquitectura, en las distintas formas que les son características y propias, evidencian una composición simultánea de planos múltiples, y en sus obras intervienen, a un tiempo, tantos factores y niveles que su resolución analítica es, como se sabe, en extremo difícil, si no es que declaradamente imposible. Con todo, lo que sí es posible afirmar es que la obra de arte no se explica como tal, sino que traduce su modo de ser y devenir a través de la emoción.
Esa emoción es la materia prima de este trabajo. La experiencia sensible es la facultad inherente que posee el lenguaje literario. Es cierto que todas las formas artísticas –inteligentes- posibles son capaces de traducir la emoción en un acto revelador; pero también es cierto que la arquitectura a diferencia de las otras artes, nos brinda abrigo: es humanamente necesaria. Ese binomio artístico que traduce la emoción en cobijo es una forma artística existente, un campo poco explorado, pero sintéticamente honesto y estimulante.
Destacado: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: (…) la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre”. William Shakespeare (1)
(1) William Shakespeare, Obras completas, Aguilar, Madrid, 1951, p. 936.
Ese entorno físico, que se comporta como arquitectura, asume tres grupos: la ciudad, el paisaje y el refugio. La arquitectura que las palabras construyen, destruyen o simplemente describen, es a lo que aquí se denomina espacios literarios. Estos espacios de la imaginación pueden ser materializados o no, pero eso no constituye su esencia. La naturaleza de los espacios literarios radica en la capacidad de comunicar su arquitectura, entendida como espacio y recorrido.
No intento hacer un estudio analítico de la presencia de la arquitectura en la literatura, ni mucho menos de explicar o tratar de traducir las metáforas o frases de descripciones espaciales. Se trata de conocer la fuerza que tiene el espacio en la literatura; de crearnos una visión más amplia sobre las posibilidades que nos brinda la capacidad de imaginar arquitectura por medio de las palabras.
La literatura, la música y la arquitectura son artes subejtivas que producen ambientes. Las tres crean espacios: imaginarios, reales o simbólicos. A través de la palabra, la literatura descubre las interrogantes de la vida, los presupuestos y los sentimientos, a través de los tiempos, y en este intento por definirse, el hombre expresa lo que consiente que nuestra existencia sea realmente humana: el amor y la muerte, la soledad y la unión, el pesar y la angustia, la gozo, el sentido de la vida y de la experiencia, el lugar del hombre en el universo, su correlación con el medio ambiente, el paso del tiempo, la memoria…
Sin duda la música es la más inmediata de las artes respecto a nuestra experiencia sensible; el arte que interpela nuestra sensibilidad prácticamente sin mediación alguna, en la propia inmediatez de su puesta en acto y, por lo consiguiente, de su experiencia posible. La música echa mano de un lenguaje a un tiempo expresivo e indescifrable o por lo menos muy difícilmente traducible en palabras; dicho lenguaje está más allá de la palabra articulada ya que en él se dan cita ritmo y melodía.
Así, por su parte, la arquitectura hace innegable una voluntad de hacer perdurar el espacio deliberadamente creado para ser habitado por los hombres, espacio en el que los hombres pueden vivir y morir, amar y soñar, con la dignidad del amparo, espacio en el que pueden enunciar sus posibilidades más genuinas y ser sujetos de las experiencias de que hemos hablado al aludir a la literatura. En el caso de la arquitectura, tales experiencias no ocurren al azar, al contrario: éstas no suceden en la nada sino justamente al resguardo de los espacios creados con la idea de educación y belleza. Espacios que pretenden estar a favor del hombre.
Se puede decir, grosso modo, que si la literatura nutre el alma suscitando su capacidad de soñar y de sentir, que si la música acaricia esa alma, la envuelve, y le brinda paz, así puede afirmarse que la tarea de la arquitectura en relación a esa misma alma es protegerla, abrigarla y ofrecerle el espacio de amparo y de vida necesarios para que todo lo demás pueda ser, para que el hombre pueda ser. La arquitectura, en su carácter más perfecto, debe de ofrecer a los hombres un eje de mundo, un centro de universo.
Literatura, música y arquitectura, en las distintas formas que les son características y propias, evidencian una composición simultánea de planos múltiples, y en sus obras intervienen, a un tiempo, tantos factores y niveles que su resolución analítica es, como se sabe, en extremo difícil, si no es que declaradamente imposible. Con todo, lo que sí es posible afirmar es que la obra de arte no se explica como tal, sino que traduce su modo de ser y devenir a través de la emoción.
Esa emoción es la materia prima de este trabajo. La experiencia sensible es la facultad inherente que posee el lenguaje literario. Es cierto que todas las formas artísticas –inteligentes- posibles son capaces de traducir la emoción en un acto revelador; pero también es cierto que la arquitectura a diferencia de las otras artes, nos brinda abrigo: es humanamente necesaria. Ese binomio artístico que traduce la emoción en cobijo es una forma artística existente, un campo poco explorado, pero sintéticamente honesto y estimulante.
Destacado: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: (…) la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre”. William Shakespeare (1)
(1) William Shakespeare, Obras completas, Aguilar, Madrid, 1951, p. 936.