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Servicio ha de ser la vida del cristiano

En la parábola de los talentos hay calurosa felicitación para los que trabajaron

El Divino Maestro --de nuevo, con  una breve parábola-- deja en claro para quienes tengan el deseo de vivir su fe cristiana y ser verdaderos seguidores de Jesús, que han de entregarse a servir, a llenar su espacio invisible llamado tiempo con obras buenas y meritorias.

En la parábola del domingo anterior, el dueño de la viña llevó operarios a trabajar, y alcanzaron recompensa porque laboraron.

En otra parábola, la de los talentos, hay calurosa felicitación para los que trabajaron, y porque ganaron otro tanto de lo recibido fueron premiados; pero uno no trabajó, nada ganó y fue castigado. Así es condenada la ociosidad, y el premio siempre ha de merecerlo quien se presenta cargado de buenas obras.

Un hombre tenía dos hijos y le dijo al primero: “Hijo, ve a trabajar hoy en la viña”. Él le contestó: “Ya voy, señor”... pero no fue.

El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: “No quiero ir”, pero se arrepintió y fue.

Algunos, al explicar este texto evangélico, primero lo aplican al pueblo de Israel, los primeros en recibir el mensaje divino, y aunque lo recibieron con gusto, no hubo la respuesta deseada.

Como la respuesta es siempre un acto libre, y la respuesta lleva a un compromiso, los judíos buscaron la forma de no perder el privilegio de ser los primeros y respondieron de manera inoperante.

San Pablo --cuando ya ardía su pecho de amor a la Verdad que es Cristo-- sufrió no una, sino muchas decepciones cuando su mensaje buscaba la respuesta en sus compatriotas y no la encontró. Entonces consagró su vida a recorrer el mundo de entonces como incansable “apóstol de los gentiles”, o sea de los paganos.

El cristianismo no puede disociar la fe de las obras

El Evangelio no es solamente una bella doctrina, una mera teoría; no es un mensaje de la primera mitad del primer siglo. Es una continua invitación. Ha sido, en veinte siglos de cristianismo, la presencia de Cristo, no con una, sino múltiples voces que llaman a todos y cada uno a insertar la actividad humana en un compromiso de fe operante.

Verdadero cristiano no es quien dice serlo, sino quien lo demuestra con sus obras. “Muéstrame tu fe y yo te mostraré mis obras”.

Cuando el hombre asume por sí mismo su responsabilidad de fe, cuando va día a día guardando fidelidad a un compromiso tomado con plena libertad, se va construyendo a sí mismo. Por eso en los muchos modelos de vida cristiana, los santos son verdaderos monumentos. Atraen por la firmeza de sus principios y por la congruencia entre fe y vida, entre fe y obras.

Cristo lo expresó con otra parábola: la de las casas edificadas sobre sólidos, profundos cimientos. Vinieron las lluvias, soplaron los vientos, bajaron las corrientes y esas casas permanecieron en pie. No así las construidas sin  cimientos, pues las derribó el torrente.

Mas siempre perseverar en la humildad cristiana

La historia, maestra de la vida, ha guardado en sus páginas muchas tristezas, miles de fracasos de infidelidades, de cobardías, de claudicaciones. Cuando el tenido por mejor cae, su caída eS la peor. Tal vez era una frágil virtud hecha de apariencia, atractiva a los ojos de los hombres, mas no grata a Dios, pues su mirada penetra hasta lo íntimo del ser, registra hasta los latidos del corazón, de donde salen --según el sentir común-- los deseos buenos y malos, las buenas y las malas obras.

El fariseísmo no ha sido un estilo religioso ya obsoleto, olvidado; siempre se ha manifestado en quienes han buscado ser reconocidos, ser tenidos por justos, por piadosos, y la suya es una actitud falsa.

El cristiano sincero ha de buscar no la aprobación de los hombres, sino una actitud sincera, y esforzándose cotidianamente en vivir el misterio de la muerte del Señor “hasta que Él vuelva”.

Esta parábola es un llamado a obrar conforme a la fe

El elemento esencial, por tanto, está en el verbo obrar, es decir, manifestar con obras la fe. El segundo de los hijos arriba mencionados borró su voz negativa “no voy”, con el testimonio de su trabajo, o sea de su acción en la viña.

A esto se le da el nombre de conversión , el giro de ciento ochenta grados para mirar el horizonte opuesto al que estaba mirando.

Una bala de cañón destrozó la rodilla de un valiente capitán vasco. Larga fue la convalescencia. Tremenda la lucha interior ante las opciones vitales: si al recuperarse seguiría en su empeño de escalar por la milicia y la política, hasta la cumbre del poder, la gloria, el dinero; o tomar el rumbo opuesto.

Dos libros: “La vida de Cristo” y “Flor sanctorum”, la vida de los santos, tocaron la mente y la voluntad de Iñigo de Loyola y acabó por decidir su rumbo hacia otra cumbre y llegó a ella: un ejército, pero de Cristo y su capitán, y su conversión lo llevó a escalar hasta un sabio y un santo.

Madurez humana en descubrir el verdadero sentido del hombre

Muchos viven apegados a numerosas atracciones pasajeras, viven al día, con las ofertas diarias de los noticieros, de los acontecimientos, de las modas y del sentido de seguimiento: ¿a dónde vas, Vicente? A donde va la gente.

Pero no alcanzan a tener sus propias convicciones. Pasan y pasan los años y no se les puede llamar adultos.

Adulto espiritual es aquel que se esfuerza en vivir y obras conforme a su fe, a su personalidad, a sus potencialidades psicológicas, y vive a base de convicciones y se hace responsable y constante en lo que se compromete: matrimonio, hijos, educación de éstos.

El adulto espiritual es capaz de darse así mismo razón de sus decisiones y de la orientación fundamental de sus acciones. Abarca los conjuntos de sus múltiples compromisos, sus valores, y sabe decir sí o no según la ley de su fe y de su inteligencia.

El Evangelio es el criterio, y con esa luz vive día a día con la paz interior de quien ya ha encontrado la senda y no anda en confusión ni dudas.

José R. Ramírez Mercado

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