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¿Rockstars al rescate?
Sánchez, Renzi y Valls son las tres caras políticas de la renovación generacional en el socialismo europeo. Más allá de su imagen, ¿tienen un proyecto sólido para transformar al centro-izquierda de Europa?
GUADALAJARA, JALISCO (14/SEP/2014).- Caminan los tres juntos en Bolonia. Sus movimientos son parecidos y su vestimenta prácticamente idéntica. Camisas de vestir arremangadas y en posición de trabajo arduo. Pedro Sánchez, cabeza del socialismo español; Matteo Renzi, primer ministro de Italia de centro-izquierda, y Manuel Valls, primer ministro francés socialista, son las nuevas caras del centro izquierda europeo. Son el producto político de la renovación generacional de una izquierda sumida en una crisis de proyecto. Son pragmáticos, entienden y gustan del poder; no se enredan en grandes discursos y se sienten particularmente de la eficacia política; son más de formas que de fondo, han dejado la ideología en el baúl de los recuerdos. Esta es la nueva centro-izquierda europea, los jóvenes llamados a tomar los asientos dejados por Felipe González, Romano Prodi y Jacques Delors.
Sin embargo, detrás del marketing tan preciso y ambicioso, se esconde más una apuesta por el pragmatismo que por los proyectos profundos. No creen en el “poder para” sino en el “poder por”. Disfrutan de largas negociaciones y de amarrar sólido al interior de sus partidos políticos y con los rivales. Una mirada a su ascenso es prueba de las intrigas, las coyunturas y las decisiones que han marcado su personalidad política en trayectorias todavía cortas.
“El efecto Pedro Sánchez”
Pedro Sánchez Pérez-Castejón aterriza en la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en medio de la peor crisis del partido en los 36 años de democracia. Desde 1978, los socialistas en España no habían sido tan débiles. Con una herencia crítica, con la que no es fácil lidiar, de José Luis Rodríguez Zapatero y una vetusta dirección del partido en manos de Alfredo Pérez Rubalcaba, el PSOE tocó mínimos históricos en la elección general de 2011 y en las europeas de este año. Quitando su feudo histórico, Andalucía, el socialismo hispánico ha perdido peso en el País Vasco, en Cataluña, en Valencia y en decenas de ciudades en el país. La crisis es tan profunda que el socialismo no ha logrado capitalizar los magros resultados en materia de generación de empleo y crecimiento económico de la gestión de Mariano Rajoy al frente de la Moncloa. Así, el PSOE vive una crisis de rumbo, ideología, programa y proyecto. Poca cosa.
La llegada de Sánchez significó una leve señal de esperanza. Diarios como El País documentaron el efecto “Pedo Sánchez” que le dio cuatro o cinco puntos porcentuales de golpe en las encuestas. Sánchez significa un cambio de formas, pero todavía no queda claro si Sánchez será capaz de darle un proyecto sólido de renovación al socialismo español. El contraste entre Sánchez y Pérez Rubalcaba-anterior secretario general del PSOE- no puede ser mayor: el primero es joven, vigoroso y conecta con una juventud desencantada del centro-izquierda de España; el segundo ha trazado una trayectoria de tres décadas y es parte de ese viejo proyecto socialista que culminó en una crisis económica que ha destrozado empleos y se ha llevado “entre las patas” buena parte del estado de bienestar. Así, Sánchez es oxígeno y frescura, pero todavía no sabemos si es materia gris y un estadista de la talla de los Felipe González, los José Bono o, en su momento, Rodríguez Zapatero. Así, amenazado el socialismo por el voto de izquierda radical de Izquierda Unida y Podemos, así como por el debilitamiento de bases de apoyo en comunidades con amplio voto nacionalista, el socialismo español busca una “tercera vía” que todavía se encuentra muy difuminada en el horizonte.
Lo que sí habrá que decir es que Sánchez se abrió camino en un entorno donde el socialista vasco Eduardo Madina parecía ser el que llevaba todas consigo. Con una campaña fresca y dirigida al votante moderado del PSOE logró remontar y llegar a la Secretaría General en condiciones muy similares a las que tuvo José Luis Rodríguez Zapatero, otra sorpresa en la elección interna socialista en su tiempo.
Un reformista ineficaz
En Italia, las cosas no eran mucho mejores. La crisis económica devolvió a una débil izquierda a la silla de Gobierno. A través de coaliciones endebles y con un porcentaje de voto que no le permite tomar decisiones, dos primeros ministros cayeron. El primero por no poder formar Gobierno (Pier Luigi Bersani) y el segundo por una rebelión interna de su partido (Enrico Letta). Así llegó Renzi al Palazzo de Chigi. Con el pragmatismo como acompañante, al estilo Frank Underwood en la serie House of Cards, Renzi se encargó de hacerle una rebelión interna a su propio compañero de partido, el democrático Enrico Letta. Desde el partido fue tejiendo fino con distintos liderazgos para cerrarle el paso a la endeble coalición en el Parlamento que sustentaba el poder de Letta. Declaró decenas de veces que nunca operaría para tumbar a un primer ministro de su partido, pero al final la ambición del joven político italiano le valió ser el elegido por Giorgio Napolitano para formar Gobierno en un entorno de polarización política.
No vaciló y aterrizó lo exigido por Napolitano: una reforma electoral ambiciosa que prevenga la parálisis electoral y meterse de lleno a hacer los cambios necesarios para que la maquina económica italiana volviera a caminar. Sin embargo, en la práctica, Renzi ha sido presa del inmovilismo que ha caracterizado a la clase política italiana en los últimos años tras la caída de Silvio Berlusconi (que gobernó eficazmente y de forma autocrática). Las reformas económicas se encuentran completamente paradas y los organismos internacionales comienzan a ver en Italia otra vez focos rojos. Italia necesita competitividad y la burocracia sigue siendo uno de sus “talones de Aquiles”, y las reformas planteadas por Renzi no han sido negociadas en el Parlamento. Sin embargo, Renzi parece obsesionado con empujar, en un primer momento, como se comprometió con Napolitano, la reforma al Senado italiano y la modificación del sistema electoral (un esquema que dé mayorías con más facilidad; cláusulas de gobernabilidad y sobrerrepresentación). Al día de hoy, Renzi es más una promesa que una realidad; un reformista convencido, pero ineficaz.
Un pragmático a la francesa
Manuel Valls tiene una historia similar. Valls ha significado para el proyecto socialista de François Hollande, un segundo arranque. Tras una primera parte del Gobierno de izquierda en donde el presidente tuvo un descenso en su popularidad vertiginoso (alcanzó los 20 puntos de aceptación, perdió 35 en un año al frente del Eliseo), Valls-catalán e hijo de exiliados en la Guerra Civil- significó el aterrizaje de un hombre pragmático y decidido a tomar las medidas necesarias que Hollande no había querido tomar. Tan rápido como llegó, ya había propuesto la disminución de las regiones, la simplificación administrativa y un polémico plan para disminuir el gasto público del Gobierno en cinco puntos del PIB para los siguientes años. Nada de izquierda por ningún lado: menos Estado y más mercado. Valls no temía afrontar esas decisiones, comenzó a dialogar con la oposición y la rebelión vino de su representación parlamentaria, de su mismo partido. Los socialistas franceses, los más ideológicos, le dieron la espalda en la Asamblea Nacional a su Primer Ministro e incluso dentro del Gobierno la división entre los ministros obligó a que Hollande le pidiera a Valls que remodelara el gabinete con el objetivo de empujar con apoyo sólido el programa planteado para la segunda parte de su Gobierno.
Su polémica con el ex ministro de Economía, Arnaud Montebourg, es un espejo de las transformaciones y los debates internos que impactan al socialismo francés. Montebourg tuvo que salir del Gobierno francés tras manifestar públicamente su oposición al proyecto de reducción del gasto en 50 mil millones de euros propuesto por Valls para el periodo 2014 a 2017. Montebourg, conocido por sus ideas proteccionistas e intervencionistas, pensaba lo contrario: los apoyos a las familias tenían que crecer en 16 mil millones de euros en los siguientes años con la idea de que aumente el poder adquisitivo de los franceses. Así, la salida de Montebourg del Gobierno no sólo le da gobernabilidad a Valls, sino que al mismo tiempo manda un mensaje de cordialidad y cooperación con Bruselas tras un par de años de poco diálogo.
Los tres nuevos “Rockstars” de la política europea de izquierda tienen como rasgo distintivo el reformismo como principal idea política. No están asediados por debates ideológicos y prefieren el ejercicio del poder al ejercicio de las ideas. La duda es si detrás de estos tres finos acabados de imagen política, existe algo parecido a un proyecto o programa que revigorice a una izquierda europea que se ha quedado atónita ante la crisis económica. Lo sorprendente es que en un marco en donde la desregulación y la financierización, son responsables directos de la tremenda crisis económica que vive la Zona Euro, la izquierda no haya podido ser capaz de plantear una narrativa vista por los europeos como alternativa. El centro-izquierda europeo se encuentra encerrado entre los populismos tan eficaces en contextos de crisis económica y el pragmatismo del centro-derecha, encabezada por Angela Merkel, que han instituido a la austeridad como el camino único para salir de la crisis económica. Estas son las nuevas caras del socialismo europeo, sin embargo hasta el día de hoy podemos decir que tienen mucho de pragmáticos y muy poco de socialistas.
Sin embargo, detrás del marketing tan preciso y ambicioso, se esconde más una apuesta por el pragmatismo que por los proyectos profundos. No creen en el “poder para” sino en el “poder por”. Disfrutan de largas negociaciones y de amarrar sólido al interior de sus partidos políticos y con los rivales. Una mirada a su ascenso es prueba de las intrigas, las coyunturas y las decisiones que han marcado su personalidad política en trayectorias todavía cortas.
“El efecto Pedro Sánchez”
Pedro Sánchez Pérez-Castejón aterriza en la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en medio de la peor crisis del partido en los 36 años de democracia. Desde 1978, los socialistas en España no habían sido tan débiles. Con una herencia crítica, con la que no es fácil lidiar, de José Luis Rodríguez Zapatero y una vetusta dirección del partido en manos de Alfredo Pérez Rubalcaba, el PSOE tocó mínimos históricos en la elección general de 2011 y en las europeas de este año. Quitando su feudo histórico, Andalucía, el socialismo hispánico ha perdido peso en el País Vasco, en Cataluña, en Valencia y en decenas de ciudades en el país. La crisis es tan profunda que el socialismo no ha logrado capitalizar los magros resultados en materia de generación de empleo y crecimiento económico de la gestión de Mariano Rajoy al frente de la Moncloa. Así, el PSOE vive una crisis de rumbo, ideología, programa y proyecto. Poca cosa.
La llegada de Sánchez significó una leve señal de esperanza. Diarios como El País documentaron el efecto “Pedo Sánchez” que le dio cuatro o cinco puntos porcentuales de golpe en las encuestas. Sánchez significa un cambio de formas, pero todavía no queda claro si Sánchez será capaz de darle un proyecto sólido de renovación al socialismo español. El contraste entre Sánchez y Pérez Rubalcaba-anterior secretario general del PSOE- no puede ser mayor: el primero es joven, vigoroso y conecta con una juventud desencantada del centro-izquierda de España; el segundo ha trazado una trayectoria de tres décadas y es parte de ese viejo proyecto socialista que culminó en una crisis económica que ha destrozado empleos y se ha llevado “entre las patas” buena parte del estado de bienestar. Así, Sánchez es oxígeno y frescura, pero todavía no sabemos si es materia gris y un estadista de la talla de los Felipe González, los José Bono o, en su momento, Rodríguez Zapatero. Así, amenazado el socialismo por el voto de izquierda radical de Izquierda Unida y Podemos, así como por el debilitamiento de bases de apoyo en comunidades con amplio voto nacionalista, el socialismo español busca una “tercera vía” que todavía se encuentra muy difuminada en el horizonte.
Lo que sí habrá que decir es que Sánchez se abrió camino en un entorno donde el socialista vasco Eduardo Madina parecía ser el que llevaba todas consigo. Con una campaña fresca y dirigida al votante moderado del PSOE logró remontar y llegar a la Secretaría General en condiciones muy similares a las que tuvo José Luis Rodríguez Zapatero, otra sorpresa en la elección interna socialista en su tiempo.
Un reformista ineficaz
En Italia, las cosas no eran mucho mejores. La crisis económica devolvió a una débil izquierda a la silla de Gobierno. A través de coaliciones endebles y con un porcentaje de voto que no le permite tomar decisiones, dos primeros ministros cayeron. El primero por no poder formar Gobierno (Pier Luigi Bersani) y el segundo por una rebelión interna de su partido (Enrico Letta). Así llegó Renzi al Palazzo de Chigi. Con el pragmatismo como acompañante, al estilo Frank Underwood en la serie House of Cards, Renzi se encargó de hacerle una rebelión interna a su propio compañero de partido, el democrático Enrico Letta. Desde el partido fue tejiendo fino con distintos liderazgos para cerrarle el paso a la endeble coalición en el Parlamento que sustentaba el poder de Letta. Declaró decenas de veces que nunca operaría para tumbar a un primer ministro de su partido, pero al final la ambición del joven político italiano le valió ser el elegido por Giorgio Napolitano para formar Gobierno en un entorno de polarización política.
No vaciló y aterrizó lo exigido por Napolitano: una reforma electoral ambiciosa que prevenga la parálisis electoral y meterse de lleno a hacer los cambios necesarios para que la maquina económica italiana volviera a caminar. Sin embargo, en la práctica, Renzi ha sido presa del inmovilismo que ha caracterizado a la clase política italiana en los últimos años tras la caída de Silvio Berlusconi (que gobernó eficazmente y de forma autocrática). Las reformas económicas se encuentran completamente paradas y los organismos internacionales comienzan a ver en Italia otra vez focos rojos. Italia necesita competitividad y la burocracia sigue siendo uno de sus “talones de Aquiles”, y las reformas planteadas por Renzi no han sido negociadas en el Parlamento. Sin embargo, Renzi parece obsesionado con empujar, en un primer momento, como se comprometió con Napolitano, la reforma al Senado italiano y la modificación del sistema electoral (un esquema que dé mayorías con más facilidad; cláusulas de gobernabilidad y sobrerrepresentación). Al día de hoy, Renzi es más una promesa que una realidad; un reformista convencido, pero ineficaz.
Un pragmático a la francesa
Manuel Valls tiene una historia similar. Valls ha significado para el proyecto socialista de François Hollande, un segundo arranque. Tras una primera parte del Gobierno de izquierda en donde el presidente tuvo un descenso en su popularidad vertiginoso (alcanzó los 20 puntos de aceptación, perdió 35 en un año al frente del Eliseo), Valls-catalán e hijo de exiliados en la Guerra Civil- significó el aterrizaje de un hombre pragmático y decidido a tomar las medidas necesarias que Hollande no había querido tomar. Tan rápido como llegó, ya había propuesto la disminución de las regiones, la simplificación administrativa y un polémico plan para disminuir el gasto público del Gobierno en cinco puntos del PIB para los siguientes años. Nada de izquierda por ningún lado: menos Estado y más mercado. Valls no temía afrontar esas decisiones, comenzó a dialogar con la oposición y la rebelión vino de su representación parlamentaria, de su mismo partido. Los socialistas franceses, los más ideológicos, le dieron la espalda en la Asamblea Nacional a su Primer Ministro e incluso dentro del Gobierno la división entre los ministros obligó a que Hollande le pidiera a Valls que remodelara el gabinete con el objetivo de empujar con apoyo sólido el programa planteado para la segunda parte de su Gobierno.
Su polémica con el ex ministro de Economía, Arnaud Montebourg, es un espejo de las transformaciones y los debates internos que impactan al socialismo francés. Montebourg tuvo que salir del Gobierno francés tras manifestar públicamente su oposición al proyecto de reducción del gasto en 50 mil millones de euros propuesto por Valls para el periodo 2014 a 2017. Montebourg, conocido por sus ideas proteccionistas e intervencionistas, pensaba lo contrario: los apoyos a las familias tenían que crecer en 16 mil millones de euros en los siguientes años con la idea de que aumente el poder adquisitivo de los franceses. Así, la salida de Montebourg del Gobierno no sólo le da gobernabilidad a Valls, sino que al mismo tiempo manda un mensaje de cordialidad y cooperación con Bruselas tras un par de años de poco diálogo.
Los tres nuevos “Rockstars” de la política europea de izquierda tienen como rasgo distintivo el reformismo como principal idea política. No están asediados por debates ideológicos y prefieren el ejercicio del poder al ejercicio de las ideas. La duda es si detrás de estos tres finos acabados de imagen política, existe algo parecido a un proyecto o programa que revigorice a una izquierda europea que se ha quedado atónita ante la crisis económica. Lo sorprendente es que en un marco en donde la desregulación y la financierización, son responsables directos de la tremenda crisis económica que vive la Zona Euro, la izquierda no haya podido ser capaz de plantear una narrativa vista por los europeos como alternativa. El centro-izquierda europeo se encuentra encerrado entre los populismos tan eficaces en contextos de crisis económica y el pragmatismo del centro-derecha, encabezada por Angela Merkel, que han instituido a la austeridad como el camino único para salir de la crisis económica. Estas son las nuevas caras del socialismo europeo, sin embargo hasta el día de hoy podemos decir que tienen mucho de pragmáticos y muy poco de socialistas.