Suplementos
Reconocer a Jesús
Descubrir si se dieron dentro del Plan de salvación que Dios tiene para nosotros
Ante todo, queremos aclarar que esta nota no se trata de un ataque, y mucho menos para alguien en particular, sino todo lo contrario: buscamos fomentar la búsqueda del bien personal y social, ya que, cumpliendo nuestro compromiso adquirido en nuestro Bautismo --por medio del cual somos con Cristo, profetas, sacerdotes y reyes--, y a propósito de la primera tarea, cuya responsabilidad es anunciar el Reino de Dios, su Mensaje de Salvación, y denunciar todo lo que se opone a ellos, con auténtico amor y respeto a la libertad de los demás, es que queremos compartir la siguiente reflexión.
En el transcurso de la pasada semana tuvimos la oportunidad de ser testigos de varios acontecimientos, tanto en el ámbito local como mundial, que se prestan, como todo acontecimiento o acto humano, a ser iluminados por la Palabra de Dios, para descubrir si se dieron dentro del Plan de salvación que Dios tiene para nosotros, y si nosotros en lo personal actuamos conforme a éste. No hay que perder de vista que, efectivamente, al crearnos Dios, nuestro Padre, lo hizo teniendo un plan de vida y salvación para cada uno de sus hijos. Y ese plan, en pocas palabras, consiste en que todos, aceptando a Jesucristo como nuestro único Señor, Salvador y Mesías, renunciando a nuestra vida de pecado y convirtiéndonos a Él, alcancemos la Vida Eterna. Obviamente para ello es indispensable conocer y reconocer al mismo Jesucristo presente en nuestra vida humana.
Los acontecimientos de referencia son en primer término y en orden cronológico, la famosa “Boda del Siglo” celebrada entre el Príncipe Willliam y Kate Middleton en Londres, Inglaterra, la cual congregó a millones de personas en esa ciudad, y fueron testigos cientos de millones a través de la televisión.
Seguidamente la ceremonia de beatificación del Papa Juan Pablo II, la cual congregó a multitudes impresionantes: más de un millón y medio de personas en torno a la Plaza de San Pedro, y miles de millones a través de los medios masivos, especialmente televisión.
Otro más fue la muerte de Osama Bin Laden, y toda la repercusión que este hecho ha tenido, debido a la enorme difúsión a través de los medios de comunicación social, así como las reacciones de diferentes personajes y grupos geopolíticos.
Finalmente y aunque con una abismal diferencia en cuanto a su trascendencia, sin embargo de considerarse para nuestra tradicional sociedad tapatía, fue el sonado concierto de la “cantante” Lady Gaga, que congregó a más de treinta mil “fans”, incluyendo las actitudes, la vestimenta y otras cosas de los asistentes, y desde luego de la artista.
Cabría aquí cuestionarnos cuál fue o cuáles fueron nuestras actitudes ante dichos acontecimientos. ¿Tal vez de indiferencia? ¿De un interés moderado, de criosidad o de cultura general? ¿O quizá de un apasionamiento tal que le dimos prioridad y nos distrajimos de nuestras labores por seguirlos de cerca?
¿O el extremo de vivirlos con fanatismo, al grado de caer en un tipo de idolatría, entendida ésta como todo aquello que suplanta a Dios en nuestra vida?
Algunos estarán pensando que esta última actitud se puede presentar en tres de los acontecimientos, pero ¿en el de la beatificación de Juan Pablo II? Pues es preciso decirlo sin soslayar nada: Sí, si es posible, tanto cuanto si consideramos a este gran hombre y ahora beato, o a cualquier otro hombre o mujer, incluso María Santísima, por encima del mismo Dios o suplantándolo a Él, podemos actuar como idólatras. Por ello es indispensable darles su justo valor a aquellos que siendo criaturas han estado al servicio del Señor, incondicional y heroicamente, y en el caso de la Virgen con un llamado, una elección, una misión y una respuesta de su parte, especialísimas, y por ello han sido exaltados y puestos por la Iglesia como modelos e intercesores, pero nunca deidificados, como algunos pretenden y como no pocos critican erróneamente, ya que la Iglesia oficialmente no lo hace.
Este tipo de actitudes, de reacciones y acontecimientos, como lo pueden ser otros, pueden fácilmente obnubilarnos y entonces no reconocer a Dios, a Jesucristo y a su Espíritu como les sucedió a los discípulos de Emaús, de los que hoy nos habla el pasaje evangélico dominical, quienes, ensimismados en su dolor y su decepción, y contrariados porque los hechos no fueron como ellos esperaban, no reconocieron a Jesús, a pesar de que su corazón ardía cuando les explicó las Escrituras y el Plan de Dios, sino hasta que se sentó a su mesa y partió el Pan, es decir, celebró la Eucaristía.
Pidámosle al Espíritu del Señor que, al igual que a estos discípulos, nos conceda descubrir a Jesús en todos los acontecimientos de nuestra vida, a partir de nuestra participación en la Santa Misa.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
En el transcurso de la pasada semana tuvimos la oportunidad de ser testigos de varios acontecimientos, tanto en el ámbito local como mundial, que se prestan, como todo acontecimiento o acto humano, a ser iluminados por la Palabra de Dios, para descubrir si se dieron dentro del Plan de salvación que Dios tiene para nosotros, y si nosotros en lo personal actuamos conforme a éste. No hay que perder de vista que, efectivamente, al crearnos Dios, nuestro Padre, lo hizo teniendo un plan de vida y salvación para cada uno de sus hijos. Y ese plan, en pocas palabras, consiste en que todos, aceptando a Jesucristo como nuestro único Señor, Salvador y Mesías, renunciando a nuestra vida de pecado y convirtiéndonos a Él, alcancemos la Vida Eterna. Obviamente para ello es indispensable conocer y reconocer al mismo Jesucristo presente en nuestra vida humana.
Los acontecimientos de referencia son en primer término y en orden cronológico, la famosa “Boda del Siglo” celebrada entre el Príncipe Willliam y Kate Middleton en Londres, Inglaterra, la cual congregó a millones de personas en esa ciudad, y fueron testigos cientos de millones a través de la televisión.
Seguidamente la ceremonia de beatificación del Papa Juan Pablo II, la cual congregó a multitudes impresionantes: más de un millón y medio de personas en torno a la Plaza de San Pedro, y miles de millones a través de los medios masivos, especialmente televisión.
Otro más fue la muerte de Osama Bin Laden, y toda la repercusión que este hecho ha tenido, debido a la enorme difúsión a través de los medios de comunicación social, así como las reacciones de diferentes personajes y grupos geopolíticos.
Finalmente y aunque con una abismal diferencia en cuanto a su trascendencia, sin embargo de considerarse para nuestra tradicional sociedad tapatía, fue el sonado concierto de la “cantante” Lady Gaga, que congregó a más de treinta mil “fans”, incluyendo las actitudes, la vestimenta y otras cosas de los asistentes, y desde luego de la artista.
Cabría aquí cuestionarnos cuál fue o cuáles fueron nuestras actitudes ante dichos acontecimientos. ¿Tal vez de indiferencia? ¿De un interés moderado, de criosidad o de cultura general? ¿O quizá de un apasionamiento tal que le dimos prioridad y nos distrajimos de nuestras labores por seguirlos de cerca?
¿O el extremo de vivirlos con fanatismo, al grado de caer en un tipo de idolatría, entendida ésta como todo aquello que suplanta a Dios en nuestra vida?
Algunos estarán pensando que esta última actitud se puede presentar en tres de los acontecimientos, pero ¿en el de la beatificación de Juan Pablo II? Pues es preciso decirlo sin soslayar nada: Sí, si es posible, tanto cuanto si consideramos a este gran hombre y ahora beato, o a cualquier otro hombre o mujer, incluso María Santísima, por encima del mismo Dios o suplantándolo a Él, podemos actuar como idólatras. Por ello es indispensable darles su justo valor a aquellos que siendo criaturas han estado al servicio del Señor, incondicional y heroicamente, y en el caso de la Virgen con un llamado, una elección, una misión y una respuesta de su parte, especialísimas, y por ello han sido exaltados y puestos por la Iglesia como modelos e intercesores, pero nunca deidificados, como algunos pretenden y como no pocos critican erróneamente, ya que la Iglesia oficialmente no lo hace.
Este tipo de actitudes, de reacciones y acontecimientos, como lo pueden ser otros, pueden fácilmente obnubilarnos y entonces no reconocer a Dios, a Jesucristo y a su Espíritu como les sucedió a los discípulos de Emaús, de los que hoy nos habla el pasaje evangélico dominical, quienes, ensimismados en su dolor y su decepción, y contrariados porque los hechos no fueron como ellos esperaban, no reconocieron a Jesús, a pesar de que su corazón ardía cuando les explicó las Escrituras y el Plan de Dios, sino hasta que se sentó a su mesa y partió el Pan, es decir, celebró la Eucaristía.
Pidámosle al Espíritu del Señor que, al igual que a estos discípulos, nos conceda descubrir a Jesús en todos los acontecimientos de nuestra vida, a partir de nuestra participación en la Santa Misa.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx