Suplementos
Que hay un más allá, lo testifican la razón y la fe
En Macabeos está la frase clave del creyente: “Vale la pena morir a manos del hombre, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”
Los obispos de todo el mundo reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) aprobaron con 2,309 votos favorables, 75 adversos y 10 nulos, la Constitución “Gaudium et Spes” (Gozo y Esperanza) sobre la Iglesia en el mundo actual. Fueron muchos y profundos estudios, no sobre el dogma, sino que versaron sobre la actitud de los hombres, creyentes o no creyentes, ante los problemas y necesidades y las soluciones para ellos.
En el capítulo I “La dignidad de la persona humana”, en el número 18 plantea:
El misterio de la muerte
Y así dice: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte.
“Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre. La prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología, no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctable del corazón humano”.
Lo espiritual es simple, indivisible, incorruptible; eso es el alma. El alma está por encima de la materia, conoce lo abstracto, lo universal, lo infinito. Tiene una dimensión trascendente en el obrar humano.
El ser humano, el único capaz de pensar, de reír, de llorar, de saberse mortal, tiene la máxima aspiración de no morir, porque si es creyente, acepta, por su mismo origen en Dios, que a Dios ha de volver, y morir no es sino llegar a ese día para siempre vivir en Dios.
La Iglesia, camino de esperanza
Después de recibir el último mandato de Cristo: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen; el que crea y se bautice, se salvará”, marcharon los doce apóstoles a anunciar por todo el mundo las verdaderas fundamentales.
La primera: Cristo resucitó y vive. Toda la fuerza de la campaña emprendida por ellos hasta dar su vida por propagar esa certeza, dependió de ese hecho, el triunfo de Cristo sobre la muerte. Con claras palabras lo anunció ante la multitud: “Yo soy la vida; nadie puede quitarme la vida, la doy cuando yo quiero y cuando quiero la vuelvo a tomar”.
Cristo murió porque su alma se separó del cuerpo, desgarrado, clavado en la cruz; y vive siempre porque en Él está la divinidad latente.
La resurrección de los muertos
La segunda verdad: Los discípulos, al mismo tiempo que anunciaban a Cristo resucitado, con firmeza anunciaban que los que en Él creyeran tendrían vida eterna.
Pedro, apenas recibió la fuerza del Espíritu Santo, desde el balcón predicó valientemente a la multitud reunida en la plaza: “Les predicamos a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo en una cruz y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos”.
Ese mensaje, incomprensible a la mente humana, fue la bandera de los apóstoles.
Pablo, antes fariseo fanático y luego intrépido heraldo de Cristo, se presentó en Atenas y en el Areópago les habló a los paganos del “Dios desconocido”, “el Dios que el mundo y lo que en él hay”; y les habló de Cristo, “por cuanto tiene fijado el día que juzgará con justicia a la tierra habitada, por medio de un Hombre a quien ha destinado, acreditándole ante todos por su resurrección sobre los muertos”.
Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír y otros dijeron: “Te oiremos sobre esto otra vez” (Hechos de los Apóstoles 17, 21, 30).
Mas Pablo seguía firme, y en Corinto a judíos y griegos les presentó el mensaje en dos cartas: si resucitó o no resucitó, y terminó afirmando: “Cristo ha resucitado de entre los muertos”; puso la mayor prueba: “más de quinientos que lo vieron y serían citados”, y concluyó: “entonces, los muertos resucitan”.
Siempre levantar la mirada
En Macabeos está la frase clave del creyente: “Vale la pena morir a manos del hombre, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
En el cementerio de Colotlán, Jalisco, de pie delante de una desnuda barda de adobe, estaban dos sacerdotes: el cura de Totatiche, don Cristobal Magallanes, de 58 años, y el joven maestro del pequeño Seminario, Agustín Caloca, y frente a ellos un pelotón de soldados a punto de dispararles, sin causa, sin juicio, por el único delito de ser sacerdotes. El joven se estremece angustiado, y el virtuoso párroco lo calma y anima, con el solo gesto le transmite que tras un breve padecer van a llegar a recibir la palma y la corona de mártires.
La palabra mártir significa testigo. Les tocó, por designio de la misteriosa voluntad de Dios, rubricar con su sangre su entrega larga y corta de la vida sacerdotal. No miraron la tierra. Su última mirada fue hacia arriba. “Todo el que vive y cree en Mí tendrá vida eterna”.
Allí, ese 25 de mayo de 1927, día de gloria, terminó para los sacerdotes Magallanes y Caloca la vida terrenal y entraron victoriosos a la vida eterna.
Ante el misterio de la muerte
poner la esperanza en Dios
Todos los domingos los fieles cristianos recitan con voz clara y fuerte el Símbolo de los Apóstoles, es decir el Credo. Dicen: “Creo en la resurrección de la carne”, “creo en la vida eterna”.
Muchos hombres, sumergidos en los atractivos de la tierra, no tienen tiempo ni interés para dedicar su esfuerzo no sólo a lo terreno, sino a lo espiritual, a la vida después de la muerte.
No han cultivado en sus almas la virtud teológica llamada ESPERANZA; así con mayúsculas, para distinguirla de otras muchas esperanzas menores. La Iglesia vive iluminada por la luz que es Cristo y camina alentada por la esperanza. El Concilio Vaticano II , en el capítulo II de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” (Luz de los Pueblos), en el número nueve hace un paralelismo entre el pueblo de Israel, peregrino a través del desierto, y el pueblo de la Nueva Alianza, la Iglesia, en camino hacia el cielo: “Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando a través del desierto, se le designa ya como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social”.
En esta semana, el día primero de noviembre, la Iglesia celebró la solemnidad de Todos los Santos, para cantar el gozo de todos --conocidos y anónimos-- quienes creyeron, esperaron y alcanzaron la vida eterna.
Dios no es Dios de muertos,
sino de vivos
El evangelio de este domingo trigésimo segundo ordinario del año, en relación de San Lucas, presenta un enfrentamiento de Cristo con algunos saduceos, miembros de una secta de familias sacerdotales con marcada orientación política, enfrentados contra los fariseos. Negaban la resurrección de los muertos y la otra vida después de la muerte.
Le presentan un caso irreal, absurdo, de una mujer que ha sido casada sucesivamente con siete hermanos. En la otra vida, ¿de quién será esposa?
Cristo les contesta: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios”.
En el último libro de la Sagrada Escritura, en el Apocalipsis de San Juan, está la respuesta: “Dios enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más. Ni habrá duelo, ni lamentos, ni trabajos, porque todo eso ya habrá pasado”. (Apocalipsis 214).
José R. Ramírez
En el capítulo I “La dignidad de la persona humana”, en el número 18 plantea:
El misterio de la muerte
Y así dice: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte.
“Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre. La prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología, no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctable del corazón humano”.
Lo espiritual es simple, indivisible, incorruptible; eso es el alma. El alma está por encima de la materia, conoce lo abstracto, lo universal, lo infinito. Tiene una dimensión trascendente en el obrar humano.
El ser humano, el único capaz de pensar, de reír, de llorar, de saberse mortal, tiene la máxima aspiración de no morir, porque si es creyente, acepta, por su mismo origen en Dios, que a Dios ha de volver, y morir no es sino llegar a ese día para siempre vivir en Dios.
La Iglesia, camino de esperanza
Después de recibir el último mandato de Cristo: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen; el que crea y se bautice, se salvará”, marcharon los doce apóstoles a anunciar por todo el mundo las verdaderas fundamentales.
La primera: Cristo resucitó y vive. Toda la fuerza de la campaña emprendida por ellos hasta dar su vida por propagar esa certeza, dependió de ese hecho, el triunfo de Cristo sobre la muerte. Con claras palabras lo anunció ante la multitud: “Yo soy la vida; nadie puede quitarme la vida, la doy cuando yo quiero y cuando quiero la vuelvo a tomar”.
Cristo murió porque su alma se separó del cuerpo, desgarrado, clavado en la cruz; y vive siempre porque en Él está la divinidad latente.
La resurrección de los muertos
La segunda verdad: Los discípulos, al mismo tiempo que anunciaban a Cristo resucitado, con firmeza anunciaban que los que en Él creyeran tendrían vida eterna.
Pedro, apenas recibió la fuerza del Espíritu Santo, desde el balcón predicó valientemente a la multitud reunida en la plaza: “Les predicamos a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo en una cruz y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos”.
Ese mensaje, incomprensible a la mente humana, fue la bandera de los apóstoles.
Pablo, antes fariseo fanático y luego intrépido heraldo de Cristo, se presentó en Atenas y en el Areópago les habló a los paganos del “Dios desconocido”, “el Dios que el mundo y lo que en él hay”; y les habló de Cristo, “por cuanto tiene fijado el día que juzgará con justicia a la tierra habitada, por medio de un Hombre a quien ha destinado, acreditándole ante todos por su resurrección sobre los muertos”.
Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír y otros dijeron: “Te oiremos sobre esto otra vez” (Hechos de los Apóstoles 17, 21, 30).
Mas Pablo seguía firme, y en Corinto a judíos y griegos les presentó el mensaje en dos cartas: si resucitó o no resucitó, y terminó afirmando: “Cristo ha resucitado de entre los muertos”; puso la mayor prueba: “más de quinientos que lo vieron y serían citados”, y concluyó: “entonces, los muertos resucitan”.
Siempre levantar la mirada
En Macabeos está la frase clave del creyente: “Vale la pena morir a manos del hombre, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
En el cementerio de Colotlán, Jalisco, de pie delante de una desnuda barda de adobe, estaban dos sacerdotes: el cura de Totatiche, don Cristobal Magallanes, de 58 años, y el joven maestro del pequeño Seminario, Agustín Caloca, y frente a ellos un pelotón de soldados a punto de dispararles, sin causa, sin juicio, por el único delito de ser sacerdotes. El joven se estremece angustiado, y el virtuoso párroco lo calma y anima, con el solo gesto le transmite que tras un breve padecer van a llegar a recibir la palma y la corona de mártires.
La palabra mártir significa testigo. Les tocó, por designio de la misteriosa voluntad de Dios, rubricar con su sangre su entrega larga y corta de la vida sacerdotal. No miraron la tierra. Su última mirada fue hacia arriba. “Todo el que vive y cree en Mí tendrá vida eterna”.
Allí, ese 25 de mayo de 1927, día de gloria, terminó para los sacerdotes Magallanes y Caloca la vida terrenal y entraron victoriosos a la vida eterna.
Ante el misterio de la muerte
poner la esperanza en Dios
Todos los domingos los fieles cristianos recitan con voz clara y fuerte el Símbolo de los Apóstoles, es decir el Credo. Dicen: “Creo en la resurrección de la carne”, “creo en la vida eterna”.
Muchos hombres, sumergidos en los atractivos de la tierra, no tienen tiempo ni interés para dedicar su esfuerzo no sólo a lo terreno, sino a lo espiritual, a la vida después de la muerte.
No han cultivado en sus almas la virtud teológica llamada ESPERANZA; así con mayúsculas, para distinguirla de otras muchas esperanzas menores. La Iglesia vive iluminada por la luz que es Cristo y camina alentada por la esperanza. El Concilio Vaticano II , en el capítulo II de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” (Luz de los Pueblos), en el número nueve hace un paralelismo entre el pueblo de Israel, peregrino a través del desierto, y el pueblo de la Nueva Alianza, la Iglesia, en camino hacia el cielo: “Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando a través del desierto, se le designa ya como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social”.
En esta semana, el día primero de noviembre, la Iglesia celebró la solemnidad de Todos los Santos, para cantar el gozo de todos --conocidos y anónimos-- quienes creyeron, esperaron y alcanzaron la vida eterna.
Dios no es Dios de muertos,
sino de vivos
El evangelio de este domingo trigésimo segundo ordinario del año, en relación de San Lucas, presenta un enfrentamiento de Cristo con algunos saduceos, miembros de una secta de familias sacerdotales con marcada orientación política, enfrentados contra los fariseos. Negaban la resurrección de los muertos y la otra vida después de la muerte.
Le presentan un caso irreal, absurdo, de una mujer que ha sido casada sucesivamente con siete hermanos. En la otra vida, ¿de quién será esposa?
Cristo les contesta: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios”.
En el último libro de la Sagrada Escritura, en el Apocalipsis de San Juan, está la respuesta: “Dios enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más. Ni habrá duelo, ni lamentos, ni trabajos, porque todo eso ya habrá pasado”. (Apocalipsis 214).
José R. Ramírez