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Propósito de año nuevo: “¡Deja de procrastinar!”

La procrastinación –si bien se nutre de ésta- es más que simple desorganización: posee evidentes raíces psicológicas, emocionales y desde luego de hábitos

“Hacer ejercicio”; “cumplir la dieta”; “ponerme al tanto en mis pagos”; “terminar la carpintería de la cocina”; “este año sí me titulo”; “ya voy a terminar la tesis”: ¿cuántos de nuestros propósitos de año nuevo dependen justamente de hacer las cosas en el momento propicio? ¿Cuántas veces las dejamos de hacer justificados en cualquier evento pasajero –real o inventado-, de tal forma que llega mayo y nuestros zapatos siguen sin pisar Colomos? Este hábito tiene un nombre: se llama procrastinación.

Desde luego la procrastinación posee costos altísimos más allá del ámbito personal –cualquiera que sean los delgados muros separándolo del profesional o el económico-: la tenencia del carro que se va al doble por liquidarla en septiembre; el retraso de pago de las tarjetas de crédito representado en los descarados intereses que nos cobran los bancos; el sinúmero de recargos extendidos por la burocracia por el no pago oportuno. La procrastinación –si bien se nutre de ésta- es más que simple desorganización: posee evidentes raíces psicológicas, emocionales y desde luego de hábitos. Quien se entrega a la procrastinación busca posponer la carga intelectual o emotiva que le ocasiona tomar una decisión, afrontar un problema o hacerse responsable de algo. La procrastinación también se nutre de la pereza, prolongando lo más posible el esfuerzo de realizar una tarea. Como tantos otros padecimientos puede ser confundida con algo más. Evidentemente las cosas deben ser hechas en el momento preciso, y ciertamente hay cosas que esperan ser remontadas en un mejor momento (Napoleón descubrió muy tarde cuán desafortunada resultó la decisión de invadir Rusia en invierno, lección que Hitler no quiso tomar en cuenta). Pero los “procrastinadotes de mañana”, como se les llama, no son movidos por estas cuestiones perfectamente válidas, no: dejan para después ocupaciones que serían mejor atendidas si se cumplieran cuanto antes (los pagos son probablemente el mejor ejemplo de ello). El eclipse del 29 de mayo de 1919 confirmando la teoría especial de la relatividad de Einstein tenía que ser hecho justo ese día, a coste de tener que esperar probablemente varios años para poder intentar de nuevo dicha observación.

¿Pero quiere ver a un procrastinador? ¡Mírese en el espejo! “¡Usted ni me conoce!”, responde airado, pero no es necesario: casi todo el mundo cae en la procrastinación en mayor o menor medida. Piers Steel, economista de la Universidad de Calgary, define procrastinar como retrazar voluntariamente la intensión de un curso de acción, aún esperando malas consecuencias del retraso. Un análisis realizado por el investigador reveló que la procrastinación tiene una afectación de entre 80 a 95 por ciento en los estudiantes universitarios, frecuentemente distraídos por las fiestas.

La procrastinación es un hábito aprendido, pero que puede encontrar mayor recoveco en ciertos tipos de personalidad. Al menos tan importante es notar que el procrastinador no pretende dejar las cosas para después, ¡pero lo hace! Sitios como getmoredone.com dan varios consejos sobre cómo manejar la procrastinación. Si ésta brota por ejemplo de tener que realizar tareas poco agradables, el sitio sugiere afrontar la actitud pensando que “las tareas desagradables raramente resultan ser tan malas como piensas”; si a usted lo mata de flojera la idea de ir a visitar a los suegros, piense que el resultado final no será tan malo como tener que soportar caras hasta que…finalmente tenga que verlos. También propone: “Completar estas tareas primero. Agendarlas para el inicio del día” y premiarse una vez han sido completadas. Sobre los complejos proyectos requiriendo de grandes recursos en términos de tiempo, esfuerzo y planeación, propone separar la tarea en pequeños trozos, “planear y completar tareas de inicio, sin importar cuán pequeñas”. Muchas veces la mejor manera de manejar la procrastinación es justamente dividir esa actividad sujeta a ser postpuesta en pequeñas partes. Completarlas –sin importar cuán pequeñas sean- nos anima a continuar.

Quienes pasamos largas horas trabajando desde la casa, el asunto tiene ventajas como desventajas. Si aquellos con quienes convivimos saben que cuando estamos frente a la computadora estamos trabajando y no debemos ser distraídos, gozamos de un beneficio ausente en muchos lugares de trabajo. El punto, desde luego, es saber qué es lo que funciona mejor para concentrarse en algo. El fisiólogo ruso Iván Petróvich Pávlov encontró que mediante estímulos externos –el encendido de un foco, digamos- podía inducir reacciones en el organismo de un animal. Si siempre se hacía sonar una campana a la hora de alimentar a un perro, éste terminará relacionando una cosa con la otra e inevitablemente sentirá hambre cuando escuche esa campana. Los seres humanos no somos tan diferentes de los perros, y somos sensibles a tales acondicionamientos. Yo, por ejemplo, sé que un DVD de Verónica Mars me pondrá activo de manera tan certera como reproducir la vieja serie de Buck Rogers me pondrá a dormir. Durante la carrera conocí compañeros que parecían más concentrados mientras más ruido y movimiento había en el laboratorio, pero tengo estudiantes que se estresan al menor sonido. Hay gente a quien le ayuda poner música, hay quien no. Lo importante es que sepa qué es lo que funciona para usted: ¡apague el Messenger y deje de procrastinar!


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