Suplementos
Papeete y sus escenarios
Además de poseer una rica historia, la gente de esta ciudad entrega toda su cordialidad
GUADALAJARA, JALISCO (02/DIC/2012).- Al noroeste de la maravillosa isla Tahití, se localiza el bizarro y novelesco puerto nombrado Papeete, que significa “agua de la cesta”. Rincón que inspiró a Herman Melville a realizar “Omoo”, en 1847.
En cierta ocasión, mi familia, optó por realizar un extraordinario y sensacional viaje, el destino era “Polinesia Francesa”. Volamos con desbordante emoción a Los Ángeles y luego a Papeete.
Un cálido clima y la gentileza de los tahitianos nos dieron la bienvenida a la paradisiaca isla montañosa, conformada por dos espectaculares cráteres apagados, el mayor un tanto circular, llamado Tahití nui, y el menor Tahití iti, unidos por un estrecho istmo.
Ambos cubren una extensión de mil 560 kilómetros cuadrados; los escarpados conos están tapizados por variada vegetación tropical, de cuando en cuando son envueltos por neblinas, unas, súbitamente se transforman en lloviznas pasajeras, que refrescan la atmosfera y hacen arroyuelos y, estos arroyos que realizan hermosas cascadas, para después alimentar hechizantes lagunas.
El cerro más alto, llamado Orohena, alcanza los dos mil 400 metros. Aguas azul pastel acarician idílicas playas de arenas blancas, orladas por palmeras cocoteras, playas simplemente encantadoras.
En 1729 nació un marinero culto, parisino y conde, Louis Antoine de Bouginville, quien partió de Nantes el 15 de noviembre de 1766 en la fragata La Boudeuse, en busca del añorado Continente Austral. Para el 8 de diciembre de 1767 arribó en la bahía que hoy presume su apellido, donde fue muy bien recibido por los patagones.
Enseguida de meses llenos de angustia, carencias y enfermedades, les cambio el panorama, el 2 de abril de 1768: “Vimos una montaña alta y muy escarpada que nos pareció aislada… Corrimos al norte para reconocerla, cuando dimos vista a otra tierra en el oeste-noroeste, cuya costa, no menos elevada, ofrecía a nuestros ojos una extensión indeterminada”.
El conde y su tripulación admiraron con regocijo a Mehetia y a Tahití, insólitas islas que los dejaron mudos por un buen rato. Cuatro días después entraron por la laguna Hitiaa, donde fueron acogidos con gusto por canoas polinesias.
“Las piraguas estaban llenas de mujeres… La mayor parte estaban desnudas”, una de las mujeres abordó la fragata, “a situarse en una de las escotillas que están encima del cabrestante; esta escotilla estaba abierta para dar aire a los que viraban. La moza dejó caer negligentemente la faldilla que la cubría, y apareció a los ojos de todos tal como Venus”.
Bougainville, nombró a Tahití la Nueva Citera, evocando al sitio donde nació la diosa del amor. Los marineros percibieron “hospitalidad, holgura, gozo inocente y toda la apariencia de la dicha”. La hermosa isla había sido descubierta ocho meses antes por el osado Samuel Wallis, pero el conde solemnemente declaró la isla para su país, al noveno día de sorprenderse de la idílica isla, plantó granos y verduras, y enterró un acta de posesión. Un colaborador llamado Baré, resultó ser colaboradora, siendo la primera dama en circunnavegar. Unas floridas plantas americanas que introdujo a su país se les bautizo con su apellido.
Pernoctamos en el Grand Hotel de Papeete. Iniciamos el día ante viandas de papayas, plátanos, melones, mangos y sandías. Más tarde apreciamos la catedral con vanos gótico, ventana coral, torre octagonal y techo a dos aguas.
En 1818, el religioso William Crook emprendió la evangelización. Dos años después, la reina Pomare IV cambió su sede a Papeete. Enseguida miramos el majestuoso palacio presidencial de dos niveles, con vanos arcados y tapanco con ventanas salientes.
Pasamos por el colorido y bullicioso mercado; posteriormente admiramos el alegre puerto, salpicado por diversas embarcaciones y con distintas banderas, tierra adentro, el muelle ostenta de tiendas, cantinas, cafés y restaurantes, con mesas que miran al peculiar puerto, no dudamos en ocupar una de aquellas mesas, tomar unos tragos de vino francés y mirar los cautivadores veleros.
De repente el espacio fue animado por una fabulosa banda de la marina chilena, que tocaba en la popa del atractivo velero “Esmeralda”, de cuatro mástiles, donde hondeaba la bandera de Chile. Luego en un tocadiscos escuchamos: “Avé, avé, te vahiné Tahití”.
EL DATO
A un clic
- Hay diversas páginas de internet a través de las cuales puedes reservar vuelos y hoteles.
- Conviérte en tu propio agente de vajes desde los sitios: www.despegar.com y www.expedia.com
PARA SABER
Vuelos
- Varias aerolíneas te llevan a Papeet-e, desde $40,000.
En cierta ocasión, mi familia, optó por realizar un extraordinario y sensacional viaje, el destino era “Polinesia Francesa”. Volamos con desbordante emoción a Los Ángeles y luego a Papeete.
Un cálido clima y la gentileza de los tahitianos nos dieron la bienvenida a la paradisiaca isla montañosa, conformada por dos espectaculares cráteres apagados, el mayor un tanto circular, llamado Tahití nui, y el menor Tahití iti, unidos por un estrecho istmo.
Ambos cubren una extensión de mil 560 kilómetros cuadrados; los escarpados conos están tapizados por variada vegetación tropical, de cuando en cuando son envueltos por neblinas, unas, súbitamente se transforman en lloviznas pasajeras, que refrescan la atmosfera y hacen arroyuelos y, estos arroyos que realizan hermosas cascadas, para después alimentar hechizantes lagunas.
El cerro más alto, llamado Orohena, alcanza los dos mil 400 metros. Aguas azul pastel acarician idílicas playas de arenas blancas, orladas por palmeras cocoteras, playas simplemente encantadoras.
En 1729 nació un marinero culto, parisino y conde, Louis Antoine de Bouginville, quien partió de Nantes el 15 de noviembre de 1766 en la fragata La Boudeuse, en busca del añorado Continente Austral. Para el 8 de diciembre de 1767 arribó en la bahía que hoy presume su apellido, donde fue muy bien recibido por los patagones.
Enseguida de meses llenos de angustia, carencias y enfermedades, les cambio el panorama, el 2 de abril de 1768: “Vimos una montaña alta y muy escarpada que nos pareció aislada… Corrimos al norte para reconocerla, cuando dimos vista a otra tierra en el oeste-noroeste, cuya costa, no menos elevada, ofrecía a nuestros ojos una extensión indeterminada”.
El conde y su tripulación admiraron con regocijo a Mehetia y a Tahití, insólitas islas que los dejaron mudos por un buen rato. Cuatro días después entraron por la laguna Hitiaa, donde fueron acogidos con gusto por canoas polinesias.
“Las piraguas estaban llenas de mujeres… La mayor parte estaban desnudas”, una de las mujeres abordó la fragata, “a situarse en una de las escotillas que están encima del cabrestante; esta escotilla estaba abierta para dar aire a los que viraban. La moza dejó caer negligentemente la faldilla que la cubría, y apareció a los ojos de todos tal como Venus”.
Bougainville, nombró a Tahití la Nueva Citera, evocando al sitio donde nació la diosa del amor. Los marineros percibieron “hospitalidad, holgura, gozo inocente y toda la apariencia de la dicha”. La hermosa isla había sido descubierta ocho meses antes por el osado Samuel Wallis, pero el conde solemnemente declaró la isla para su país, al noveno día de sorprenderse de la idílica isla, plantó granos y verduras, y enterró un acta de posesión. Un colaborador llamado Baré, resultó ser colaboradora, siendo la primera dama en circunnavegar. Unas floridas plantas americanas que introdujo a su país se les bautizo con su apellido.
Pernoctamos en el Grand Hotel de Papeete. Iniciamos el día ante viandas de papayas, plátanos, melones, mangos y sandías. Más tarde apreciamos la catedral con vanos gótico, ventana coral, torre octagonal y techo a dos aguas.
En 1818, el religioso William Crook emprendió la evangelización. Dos años después, la reina Pomare IV cambió su sede a Papeete. Enseguida miramos el majestuoso palacio presidencial de dos niveles, con vanos arcados y tapanco con ventanas salientes.
Pasamos por el colorido y bullicioso mercado; posteriormente admiramos el alegre puerto, salpicado por diversas embarcaciones y con distintas banderas, tierra adentro, el muelle ostenta de tiendas, cantinas, cafés y restaurantes, con mesas que miran al peculiar puerto, no dudamos en ocupar una de aquellas mesas, tomar unos tragos de vino francés y mirar los cautivadores veleros.
De repente el espacio fue animado por una fabulosa banda de la marina chilena, que tocaba en la popa del atractivo velero “Esmeralda”, de cuatro mástiles, donde hondeaba la bandera de Chile. Luego en un tocadiscos escuchamos: “Avé, avé, te vahiné Tahití”.
EL DATO
A un clic
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PARA SABER
Vuelos
- Varias aerolíneas te llevan a Papeet-e, desde $40,000.