Suplementos
Padre nuestro, Padre de todos
Es necesario, indispensable, avivar la fe, darle nuevo sentido cada día
Aprender a invocar a Dios como nuestro Padre, es lo primero que se enseña a los niños cuando se les inicia en el Catecismo.
Y luego vamos creciendo y viendo las cosas del mundo y la vida con ojos muy humanos, y llega el momento en que nos creemos sabios, más sabios que Dios, y dejamos de lado la genuina religiosidad que germina en el corazón a partir de la semilla sembrada allí por nuestro Creador, desde el momento en que fuimos llamados a vivir.
Pobre de aquel que no ha aprendido a llamar a Dios “Padre”, y pobre del que se siente huérfano, sin tener a quien acudir en sus momentos de tristeza o de desventura.
¿Cómo creer en Dios?
Es necesario, indispensable, avivar la fe, darle nuevo sentido cada día, y no permitir que se apague esa llamita que llevamos ardiendo en el corazón.
La fe genuina es trascendente, va más allá de los sentidos, de los razonamientos, de los prejuicios y las supersticiones.
Muchos dicen que no creen en Dios, y tienen razón, porque sólo consideran Dios a lo que su fantasía o las leyendas míticas le han presentado, y lo que ven en su mente es un viejo solemne, de largas barbas blancas, vestido al estilo pre-antiguo, con una larga túnica.
Ciertamente allí la fe no tiene elementos firmes en qué apoyarse, y estas personas tienen razón en no creer, porque ese Dios no es Dios; y menos si otros quieren mirarlo como antiguamente lo representaban los habitantes de nuestro mundo, con un látigo de rayos y truenos en la mano y pronto a castigar el menor delito.
El verdadero Dios
El auténtico, el que no miente y no falla, es el Dios de Jesús, que es todo amor y misericordia. Por eso Él vino al mundo a comunicarnos esta verdad, la que necesitamos conocer y vivir mientras caminamos por este mundo, para lograr ser felices en la vida y tener plenitud en la eternidad. Porque esa fue precisamente la promesa que el Señor nos ha hecho: vida duradera, plena, feliz y sin final.
Pero ¿cómo vamos a llegar a ella, si no encontramos el camino?
Amor y fraternidad
Esta es la clave de todo. Esto es lo más importante que Cristo Jesús nos explica en el Evangelio: vivir en el amor y en la armonía con todos los seres humanos, porque todos somos hijos del mismo Padre Dios y Él quiere vernos a todos reunidos en su Reino celestial para siempre.
La vida de Dios no se agota, crece y se realiza cuando nosotros crecemos en el amor mutuo.
Si viviéramos conforme a lo que Él quiere, no habría envidias, ni odios, ni guerras. Toda esa ola de violencia, de agresiones, de robos y depravaciones que nos envuelve como humo maléfico, es contraria a la voluntad de Dios.
Necesitamos urgentemente cambiar de ruta, volver nuestros ojos a la infinita bondad de Dios, reconocer en Jesús el inmenso amor del Padre Dios y decirle con todo el corazón:
Padre nuestro
Señor Dios del cielo y de la tierra,
creador del cosmos y cuanto en él habita,
yo te doy gracias por ser para nosotros
un Dios de vida, de amor y de bondad.
Admiro y alabo tu grandeza
como Creador y Padre,
pero más que nada admiro la bondad
con que abres tus manos y das en abundancia
multitud de dones a todos,
sin ver si somos buenos o malos.
Admiro y bendigo tu misericordia,
que a todos recibes y perdonas
y a todos das la vida con un abrazo de amor.
Pedimos a nuestro Señor Jesucristo que nos enseñe con claridad estas cosas y nos ayude a vivirlas. Que nos enseñe a conocer y amar a Dios como el Padre Nuestro que Él nos predicó.
María Belén Sánchez fsp
Y luego vamos creciendo y viendo las cosas del mundo y la vida con ojos muy humanos, y llega el momento en que nos creemos sabios, más sabios que Dios, y dejamos de lado la genuina religiosidad que germina en el corazón a partir de la semilla sembrada allí por nuestro Creador, desde el momento en que fuimos llamados a vivir.
Pobre de aquel que no ha aprendido a llamar a Dios “Padre”, y pobre del que se siente huérfano, sin tener a quien acudir en sus momentos de tristeza o de desventura.
¿Cómo creer en Dios?
Es necesario, indispensable, avivar la fe, darle nuevo sentido cada día, y no permitir que se apague esa llamita que llevamos ardiendo en el corazón.
La fe genuina es trascendente, va más allá de los sentidos, de los razonamientos, de los prejuicios y las supersticiones.
Muchos dicen que no creen en Dios, y tienen razón, porque sólo consideran Dios a lo que su fantasía o las leyendas míticas le han presentado, y lo que ven en su mente es un viejo solemne, de largas barbas blancas, vestido al estilo pre-antiguo, con una larga túnica.
Ciertamente allí la fe no tiene elementos firmes en qué apoyarse, y estas personas tienen razón en no creer, porque ese Dios no es Dios; y menos si otros quieren mirarlo como antiguamente lo representaban los habitantes de nuestro mundo, con un látigo de rayos y truenos en la mano y pronto a castigar el menor delito.
El verdadero Dios
El auténtico, el que no miente y no falla, es el Dios de Jesús, que es todo amor y misericordia. Por eso Él vino al mundo a comunicarnos esta verdad, la que necesitamos conocer y vivir mientras caminamos por este mundo, para lograr ser felices en la vida y tener plenitud en la eternidad. Porque esa fue precisamente la promesa que el Señor nos ha hecho: vida duradera, plena, feliz y sin final.
Pero ¿cómo vamos a llegar a ella, si no encontramos el camino?
Amor y fraternidad
Esta es la clave de todo. Esto es lo más importante que Cristo Jesús nos explica en el Evangelio: vivir en el amor y en la armonía con todos los seres humanos, porque todos somos hijos del mismo Padre Dios y Él quiere vernos a todos reunidos en su Reino celestial para siempre.
La vida de Dios no se agota, crece y se realiza cuando nosotros crecemos en el amor mutuo.
Si viviéramos conforme a lo que Él quiere, no habría envidias, ni odios, ni guerras. Toda esa ola de violencia, de agresiones, de robos y depravaciones que nos envuelve como humo maléfico, es contraria a la voluntad de Dios.
Necesitamos urgentemente cambiar de ruta, volver nuestros ojos a la infinita bondad de Dios, reconocer en Jesús el inmenso amor del Padre Dios y decirle con todo el corazón:
Padre nuestro
Señor Dios del cielo y de la tierra,
creador del cosmos y cuanto en él habita,
yo te doy gracias por ser para nosotros
un Dios de vida, de amor y de bondad.
Admiro y alabo tu grandeza
como Creador y Padre,
pero más que nada admiro la bondad
con que abres tus manos y das en abundancia
multitud de dones a todos,
sin ver si somos buenos o malos.
Admiro y bendigo tu misericordia,
que a todos recibes y perdonas
y a todos das la vida con un abrazo de amor.
Pedimos a nuestro Señor Jesucristo que nos enseñe con claridad estas cosas y nos ayude a vivirlas. Que nos enseñe a conocer y amar a Dios como el Padre Nuestro que Él nos predicó.
María Belén Sánchez fsp