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No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez, es muy cercana a lo que se conoce de él en televisión
GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2013).- Desde los primeros minutos se nota que el humorismo de No se aceptan devoluciones es de brocha gorda. Payasadas para complacer a un público, que no espera que su admirada figura cómica de la televisión se meta en honduras, o se ponga creativo, sino que los haga reír con más de lo mismo.
Un hombre intenta enseñar a su hijo a no tener miedo, y lo somete a diferentes pruebas de resistencia física y psicológica. Que una tarántula camine sobre su pecho desnudo, que se quede encerrado por la noche en una cripta del cementerio, que se aviente al mar desde lo más alto de La Quebrada en Acapulco. A cada nueva prueba, el niño puja, se orina o grita de terror, mientras el papá ríe con falsas carcajadas y lo tranquiliza: “Aguanta mi ‘ijo. No pasa nada. Por eso te puse Valentín, porque eres bien valiente”. Después la película merodea otras variantes del humor grueso, que van desde bromear con la pestilencia de los gases intestinales hasta la picardía erótica expuesta en forma de albures; uno de ellos reiterativo, el de la vecinita urgida que acostumbra pedir de modo insinuante que Valentín le destape la cañería. En algún punto el ánimo burlón se desliza hacia el más puro absurdo. Ante el juez que decidirá la custodia de su hija, Valentín usa la letra de una canción como si fuera su testimonio.
La trama hilvana todos sus episodios a base de casualidades, varias increíbles y otras tantas muy forzadas. En consecuencia, los personajes carecen de desarrollo y son más bien figuras convencionales que suelen comprenderse de inmediato y que repiten de forma compulsiva el rasgo de carácter que los identifica. Un productor de cine es un tipo autoritario y exigente, el conserje del edificio es un anciano olvidadizo, la directora del colegio es una señora tiesa y solemne. Por su parte, el actor protagonista —también director y guionista— fabrica la personalidad de Valentín combinando las distintas muecas y tonos de voz de sus creaturas de la televisión. El argumento reserva para la última sección todos los chantajes sentimentales haciendo que los sufrimientos de los personajes se vuelvan cosa seria.
El director resuelve la narración de modo simple y eficiente, retratando por lo general los rostros y las miradas de los personajes. Lo que da ocasión a mirar de cerca cómo les saltan las lágrimas, sobre todo, en los pasajes con emociones más fuertes. Se observan también algunas concesiones a los inversionistas resaltando la presencia de ciertas marcas comerciales. En otros momentos se ayuda de una canción de fondo, a la manera del videoclip,para elaborar secuencias que resumen una acción. Como al inicio cuando se ve a Valentín cambiar de pareja constantemente. Mismo principio que aplica cuando muestra el paseo en automóvil por las calles de Los Ángeles, y en la escena de juego con su hija. El resto del acompañamiento musical tiende a subir de intensidad conforme desea que el espectador sienta felicidad o lástima por lo que pasa.
No se aceptan devoluciones, México, 2013. Dirección: Eugenio Derbez. Guión: Guillermo Ríos, Leticia López Margalli, Eugenio Derbez. Actuación: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey.
Un hombre intenta enseñar a su hijo a no tener miedo, y lo somete a diferentes pruebas de resistencia física y psicológica. Que una tarántula camine sobre su pecho desnudo, que se quede encerrado por la noche en una cripta del cementerio, que se aviente al mar desde lo más alto de La Quebrada en Acapulco. A cada nueva prueba, el niño puja, se orina o grita de terror, mientras el papá ríe con falsas carcajadas y lo tranquiliza: “Aguanta mi ‘ijo. No pasa nada. Por eso te puse Valentín, porque eres bien valiente”. Después la película merodea otras variantes del humor grueso, que van desde bromear con la pestilencia de los gases intestinales hasta la picardía erótica expuesta en forma de albures; uno de ellos reiterativo, el de la vecinita urgida que acostumbra pedir de modo insinuante que Valentín le destape la cañería. En algún punto el ánimo burlón se desliza hacia el más puro absurdo. Ante el juez que decidirá la custodia de su hija, Valentín usa la letra de una canción como si fuera su testimonio.
La trama hilvana todos sus episodios a base de casualidades, varias increíbles y otras tantas muy forzadas. En consecuencia, los personajes carecen de desarrollo y son más bien figuras convencionales que suelen comprenderse de inmediato y que repiten de forma compulsiva el rasgo de carácter que los identifica. Un productor de cine es un tipo autoritario y exigente, el conserje del edificio es un anciano olvidadizo, la directora del colegio es una señora tiesa y solemne. Por su parte, el actor protagonista —también director y guionista— fabrica la personalidad de Valentín combinando las distintas muecas y tonos de voz de sus creaturas de la televisión. El argumento reserva para la última sección todos los chantajes sentimentales haciendo que los sufrimientos de los personajes se vuelvan cosa seria.
El director resuelve la narración de modo simple y eficiente, retratando por lo general los rostros y las miradas de los personajes. Lo que da ocasión a mirar de cerca cómo les saltan las lágrimas, sobre todo, en los pasajes con emociones más fuertes. Se observan también algunas concesiones a los inversionistas resaltando la presencia de ciertas marcas comerciales. En otros momentos se ayuda de una canción de fondo, a la manera del videoclip,para elaborar secuencias que resumen una acción. Como al inicio cuando se ve a Valentín cambiar de pareja constantemente. Mismo principio que aplica cuando muestra el paseo en automóvil por las calles de Los Ángeles, y en la escena de juego con su hija. El resto del acompañamiento musical tiende a subir de intensidad conforme desea que el espectador sienta felicidad o lástima por lo que pasa.
No se aceptan devoluciones, México, 2013. Dirección: Eugenio Derbez. Guión: Guillermo Ríos, Leticia López Margalli, Eugenio Derbez. Actuación: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey.