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No basta decir “Señor, Señor”

Creer y aceptar que Jesucristo es, como dice ese título, el “Rey del Universo”, es muy fácil

     Leía en la semana una nota en este diario, que realmente me dejó muy pensativo y cuestionándome cuándo los cristianos viviremos nuestra fe con autenticidad y coherencia.

     Resulta ser que un mexicano y ya famoso jugador de futbol, que practica este deporte profesionalmente en el  equipo Manchester United de Inglaterra, tiene por costumbre antes de iniciar el partido, o cuando entra de cambio, arrodillarse, hacer una oración inclinando la cabeza, y después, levantando los ojos al cielo, se persigna y manda un “beso” para Dios. Dicha práctica la realiza desde que jugaba en el futbol profesional mexicano, y ciertamente, aunque llamaba la atención, nunca hubo ninguna manifestación ni a favor ni en contra de ella, por una parte porque no es extraña, ya que muchos jugadores en México, a través del tiempo, la han llevado a cabo, y por otra, porque aún se conserva en nuestro país el respeto a los sentimientos religiosos de los demás.

     Pues bien, la nota periodística decía más o menos así: El ritual podría no llevarse a cabo cuando el Manchester United visite al Rangers, pues el club escocés tiene origen protestante y sus aficionados no verían con buenos ojos un acto católico.  

     Si viniera ese rechazo de personas cuyos fundamentos religiosos son totalmente ajenos a los nuestros, ciertamente, por la forma en que se dan las cosas, llamaría la atención, pero nada más; sin embargo, que provenga de quienes se dicen y reconocen seguidores de Cristo, francamente hace pensar. ¿En qué? Coincidentalmente, este domingo la Iglesia Católica celebra en todo el mundo la solemne fiesta de “Jesucristo, Rey del Universo”, y es precisamente el significado profundo y trascendente de ello lo que suscita nuestra reflexión.

     El creer y aceptar que Jesucristo es, como dice ese título, el “Rey del Universo”, es muy fácil; tan ese así que, dice el apóstol Santiago en su carta, en el capítulo 2, verso 19: “Los demonios tambien creen, y sin embargo, tiemblan”. Lo difícil es creerle a Jesucristo, y ya no sólo como ese Rey y Señor grandioso, poderoso y maravilloso que es, sino también como nuestro Rey y Señor personal; y al creerle a él, creemos también en su Palabra, en sus promesas, en sus leyes y mandatos, y en general en su obra salvadora que realizó por la humanidad y que hacen cuya precisamente los que creen y le creen a Él.

     El proclamar con los labios que soy seguidor de Cristo, en cualquiera de las religiones cristianas, y alabarlo, glorificarlo, exaltarlo jubilosamente, reconociéndolo como un Dios poderoso y victorioso, e inclusive, realizar prodigios y hasta expulsar espíritus, pero sin hacer lo que Él nos manda o hacerlo a medias, con nuestros criterios y las salvedades que a veces solemos establecer, o inclusive sin cambiar nuestra actitud de egoísmo, soberbia, orgullo, prepotencia; y nuestras acciones que contravienen el ejemplo que Él nos dio y las directrices que nos dejó para vivir conforme al plan de Dios, cualquiera lo hace. Sin embargo, hacer lo que Él nos dice no cualquiera está dispuesto a realizarlo.

      El mismo Jesús sentenció a este respecto: “No son los que dicen: ‘Señor Señor’ los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?’ Entonces yo les manifestaré: ‘Jamás los conocí; apártese de mi, ustedes, los que hacen el mal’”.

     Así pues, no basta proclamar con los labios ese “creer” en Jesús, sino que es indispensable, como lo afirma San Pablo en su carta a los Romanos, 20, 9-10, creer con el corazón: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación”.

     Creer con el corazón significa hacerlo con todo nuestro ser, en todo y para todo. Así pues mi reflexión personal la terminaba cuestionándome qué clase de cristianos son, y si realmente lo son, quienes ignoran el principal mandamiento de Aquel a quien dicen realmente seguir: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 12). El auténtico amor cristiano supone al menos el respeto a los derechos de los demás, entre ellos la libertad de creencia religiosa y su libre expresión y manifestación.

     De lo que sucedió después con el futbolista no sabemos; lo importante para nosotros es cuestionarnos si realmente es Jesús nuestro Rey y Señor personal, al grado de que lo obedecemos en todo.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx      

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