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¿Mucho tiempo o poco tiempo?

Para quien pasara por el tormento de la cruz, un solo minuto en ella parecería una eternidad

      Llegamos al inicio de la semana llamada Semana Santa o Semana Mayor, donde inevitablemente el tema se relaciona con la pasión de Cristo. A partir de este domingo todas las miradas se dirigen a los lugares más relevantes de la historia por todos conocida, pero aún no suficientemente entendida, como la entrada a Jerusalén, el Templo, el aposento para la última cena, el huerto de Getsemaní, la casa de Caifás y la de Anás, el palacio de Poncio Pilato y el de Herodes, el monte Calvario y la tumba en el huerto.

     Cada lugar cumpliría, en su momento, con su función de descorrer el telón para que los espectadores pudieran ser testigos del drama que se estaba llevando a cabo en ellos. Todo sucedería en unas cuantas horas: al atardecer de un día comenzaría la celebración de la Pascua, y antes de la puesta del sol del día siguiente, el cuerpo de Jesús estaría siendo depositado apresuradamente en la tumba. Su paso por la cruz apenas estaría llegando a las seis horas, lo cual podría considerarse como un tiempo corto, tomando en cuenta que la intención de crucificar a los condenados era infligirles el mayor dolor durante el mayor tiempo posible.

     No era raro que un condenado a muerte pasara varios días en la cruz, hasta que finalmente pereciera por el fiero tormento; sin embargo, en el caso de Jesús y los ladrones que al mismo tiempo fueron crucificados, había una urgencia por bajarlos de la cruz antes del día de reposo, ya que se trataba de una fiesta muy solemne para los judíos; fue por eso que a los dos ladrones les quebraron las piernas para acelerar su muerte, pero en el caso de Jesús ya no fue necesario, pues el Señor acababa de morir.

     Para quien pasara por el tormento de la cruz, un solo minuto en ella parecería una eternidad, tomando en cuenta el intenso dolor y la agonía emocional de estar ahí; en el caso de Jesús, todo se multiplicaba infinitamente, ya que el Maestro no sólo experimentaba los peores dolores, sino la tristeza de sentirse solo, totalmente abandonado por sus discípulos y en especial por su Padre celestial.

     Si un minuto parecía una eternidad, seis horas en la cruz rebasan por mucho el entendimiento de lo terrible que fue ese momento para nuestro Salvador. Pero en medio de ese dolor indescriptible, hay una luz gloriosa que emerge: Él murió en esa cruz para poder pagar todos mis pecados, y así ofrecerme gratuitamente su salvación.

     Cuando me pongo a pensar en todos los años que he vivido y la gran cantidad de pecados que he cometido, considero que su número es casi incalculable, y no habría manera de poder pagar por mí mismo lo que he cometido, ni siquiera viviendo un millón de años para atenuar mi culpa. Entonces aparece la maravillosa luz del Evangelio, que me dice que todos mis pecados son perdonados, si me arrepiento de corazón y le pido a Dios su perdón en nombre de Jesús.

     Para cualquier condenado a muerte, seis horas en la cruz es mucho tiempo. Para pagar personalmente por sus culpas, cualquier condenado debería pasar la eternidad en la cruz; pero para pagar el pecado de toda la Humanidad, al Hijo de Dios le fueron suficientes seis horas. Las seis horas que siguen cambiando el destino de la Humanidad.


Angel Flores Rivero

iglefamiliar@hotmail.com  

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