Suplementos
Mini Darwins ocupan el Trompo Mágico
Ciencia
“Probablemente todos los seres orgánicos que hayan vivido nunca sobre esta tierra han descendido de alguna única forma primordial, a la que se infundió vida por primera vez. Esta opinión sobre el origen de la vida tiene su grandeza, porque mientras este planeta ha ido dando vueltas de acuerdo con la ley fija de la gravedad, a partir de un inicio tan sencillo, han evolucionado y siguen evolucionando formas sin fin, las más bellas y las más maravillosas”, Charles Darwin, El origen de las especies
Es un doloroso hecho de nuestra vida cotidiana cómo la idea de la evolución –la lenta transformación no sólo de las especies, sino incluso la conversión de unas en otras- no es una idea del todo asequible para la sociedad. No se trata de un obstáculo siquiera limitado a la capacidad intelectual del individuo. El filósofo Martin Gardner reconoce que fue un gran opositor a dicha noción hasta que asistió a un curso de geografía en la universidad logrando convencerlo de sus postulados. “El proceso Darwiniano puede escribirse como un capítulo de accidentes” meditó George Bernard Shaw: “Como tal, parece simple, porque uno al principio no se da cuenta de todas sus consecuencias. Pero cuando uno comienza a comprender su significado cabal, el corazón se hunde en una montaña de arena dentro suyo”.
Pero los obstáculos son aún más sutiles que el simple hecho de sostener que los órganos pueden desarrollarse, o desaparecer lentamente, merced de numerosas adaptaciones; como el paleontólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, lo expresara tantas veces, la evolución no busca “progreso”, sino adaptación: los seres humanos no somos más “avanzados” en el sentido biológico que los peces, reptiles o incluso microbios de los cuales procedemos, no: tan sólo buscamos un camino de adaptación y evolución diferente, uno sostenido en nuestra mayor virtud y más señera amenaza, la inteligencia.
La teoría de la evolución, como la mayoría de las ideas científicas, maduró lentamente a través de muchas cabezas yendo desde las especulaciones jónicas de Empedocles, hasta el Lamarquismo, pasando por Erasmus Darwin, abuelo del célebre científico por siempre emparentado con esta teoría.
En realidad el biólogo Alfred Russell Wallace, contemporáneo de Darwin, dio con la misma idea de forma totalmente independiente y casi al mismo tiempo. A pesar de ello, al descubrir cómo las ideas de Darwin se hilvanaban graciosamente en parte por sus observaciones en el archipiélago de las Galápagos, Wallace animó a Darwin a publicar El origen de las especies. Desde entonces, Wallace es un triste pie de página en la revolucionaria teoría ofrecida por un tímido inglés, que odiaba incluso entremeterse en la más mínima disputa.
“Nosotros no le pusimos el nombre, ni tampoco desarrollamos ese concepto –tampoco, lamentablemente- fuimos a las Galápagos- ; pero quienes sí lo hicieron fueron siete niños italianos que los llevaron para allá dos investigadores”, comenta Graciela -Chela- de la Vega, directora del Trompo Mágico sobre la exposición Minidarwin, la cual como se explica, tuvo su origen el SISSA Medialab, y Prospero de Trieste, ambos en Italia.
“Es muy interesante lo que dice Chela ahorita, porque en realidad es un gran viaje, la creación de la exposición lo es, pero también el que esté aquí, porque es una especie de ida y vuelta”, abunda Juan Nepote, director del área de divulgación científica del Trompo. “Lo que hacen en Italia es pensar en reunir a un grupo de niños y adiestrarlos en cuestiones de darwinismo, tecnología en general, y los dotan de herramientas, y reconstruyen ese viaje justamente que hace Darwin saliendo de Inglaterra de casi cinco años en el Beagle”.
Entre sus organizadores resaltan Alfred Beron, del Departamento de Oceanografía Biológica de Trieste y Giorgio Budillon, del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Nápoles: “Imagínense ustedes en el escenario de mediados del siglo XIX, un viaje tan extenso, en un barco y en condiciones un poco complicadas”, insiste Nepote, refiriéndose a los frecuentes mareos de Darwin, quien “no era hombre de mar”, o la clara antipatía que sentía por él el capitán del barco, Robert Fitzroy, un creyente en la frenología que al ver la nariz de Darwin se convenció de que ésta indicaba poca energía y decisión.
“La etapa Galápagos fue muy importante en este viaje”, continúa Nepote, “y es justamente esto lo que hacen en Italia, tomar a estos niños y hacer como que son un mini Darwin. Van y hacen lo que él hizo: hacen registros, toman anotaciones, fotografías; trajeron esquemas, dibujos y demás, y luego con eso explicaron qué era la teoría de la evolución a estas alturas de la vida”.
Finalmente se hizo el contacto con el Trompo, donde hubo el consiguiente intercambio museológico para adaptar la exhibición a nuestro museo. La contraparte italiana ha tenido tanto éxito que se prepara ahora un nuevo montaje titulado Mini Vulcanólogos, “que fue justamente ir a ver los volcanes del sur de Italia, y repitieron un par de niños de minidarwin, pero lo interesante es que el origen de las Islas Galápagos es volcánico. Está un poco en contexto del año internacional Darwin”.
Esta segunda exhibición bien pudo haberse llamado “mini Plinio”, considerando cómo este filósofo romano -uno de los primeros divulgadores de la ciencia- murió trágicamente inspeccionando la erupción del volcán Vesuvio. Resultaría muy evocativa la adaptación de esta segunda parte a tierras jaliscienses, tierra evidentemente volcánica al punto de que lleva la firma de estos cuerpos en el “jal” de Jalisco.
Pero hay una efeméride final en todo esto, y es que el 2009 ha sido nombrado el año internacional de Darwin, como lo explica Nepote:
“Los dos motivos para que sean el año internacional Darwin son que se cumplen 150 años de la publicación de El origen de las especies, que además se acabó el año que salió, sobre todo porque Darwin era reconocido como escritor de libros de viajes, entonces la gente esperaba un libro muy entretenido de viajes, y se encuentra que hay toda una teoría de cómo van adaptándose e incorporándose las especies; pero también se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin”.
Es un doloroso hecho de nuestra vida cotidiana cómo la idea de la evolución –la lenta transformación no sólo de las especies, sino incluso la conversión de unas en otras- no es una idea del todo asequible para la sociedad. No se trata de un obstáculo siquiera limitado a la capacidad intelectual del individuo. El filósofo Martin Gardner reconoce que fue un gran opositor a dicha noción hasta que asistió a un curso de geografía en la universidad logrando convencerlo de sus postulados. “El proceso Darwiniano puede escribirse como un capítulo de accidentes” meditó George Bernard Shaw: “Como tal, parece simple, porque uno al principio no se da cuenta de todas sus consecuencias. Pero cuando uno comienza a comprender su significado cabal, el corazón se hunde en una montaña de arena dentro suyo”.
Pero los obstáculos son aún más sutiles que el simple hecho de sostener que los órganos pueden desarrollarse, o desaparecer lentamente, merced de numerosas adaptaciones; como el paleontólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, lo expresara tantas veces, la evolución no busca “progreso”, sino adaptación: los seres humanos no somos más “avanzados” en el sentido biológico que los peces, reptiles o incluso microbios de los cuales procedemos, no: tan sólo buscamos un camino de adaptación y evolución diferente, uno sostenido en nuestra mayor virtud y más señera amenaza, la inteligencia.
La teoría de la evolución, como la mayoría de las ideas científicas, maduró lentamente a través de muchas cabezas yendo desde las especulaciones jónicas de Empedocles, hasta el Lamarquismo, pasando por Erasmus Darwin, abuelo del célebre científico por siempre emparentado con esta teoría.
En realidad el biólogo Alfred Russell Wallace, contemporáneo de Darwin, dio con la misma idea de forma totalmente independiente y casi al mismo tiempo. A pesar de ello, al descubrir cómo las ideas de Darwin se hilvanaban graciosamente en parte por sus observaciones en el archipiélago de las Galápagos, Wallace animó a Darwin a publicar El origen de las especies. Desde entonces, Wallace es un triste pie de página en la revolucionaria teoría ofrecida por un tímido inglés, que odiaba incluso entremeterse en la más mínima disputa.
“Nosotros no le pusimos el nombre, ni tampoco desarrollamos ese concepto –tampoco, lamentablemente- fuimos a las Galápagos- ; pero quienes sí lo hicieron fueron siete niños italianos que los llevaron para allá dos investigadores”, comenta Graciela -Chela- de la Vega, directora del Trompo Mágico sobre la exposición Minidarwin, la cual como se explica, tuvo su origen el SISSA Medialab, y Prospero de Trieste, ambos en Italia.
“Es muy interesante lo que dice Chela ahorita, porque en realidad es un gran viaje, la creación de la exposición lo es, pero también el que esté aquí, porque es una especie de ida y vuelta”, abunda Juan Nepote, director del área de divulgación científica del Trompo. “Lo que hacen en Italia es pensar en reunir a un grupo de niños y adiestrarlos en cuestiones de darwinismo, tecnología en general, y los dotan de herramientas, y reconstruyen ese viaje justamente que hace Darwin saliendo de Inglaterra de casi cinco años en el Beagle”.
Entre sus organizadores resaltan Alfred Beron, del Departamento de Oceanografía Biológica de Trieste y Giorgio Budillon, del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Nápoles: “Imagínense ustedes en el escenario de mediados del siglo XIX, un viaje tan extenso, en un barco y en condiciones un poco complicadas”, insiste Nepote, refiriéndose a los frecuentes mareos de Darwin, quien “no era hombre de mar”, o la clara antipatía que sentía por él el capitán del barco, Robert Fitzroy, un creyente en la frenología que al ver la nariz de Darwin se convenció de que ésta indicaba poca energía y decisión.
“La etapa Galápagos fue muy importante en este viaje”, continúa Nepote, “y es justamente esto lo que hacen en Italia, tomar a estos niños y hacer como que son un mini Darwin. Van y hacen lo que él hizo: hacen registros, toman anotaciones, fotografías; trajeron esquemas, dibujos y demás, y luego con eso explicaron qué era la teoría de la evolución a estas alturas de la vida”.
Finalmente se hizo el contacto con el Trompo, donde hubo el consiguiente intercambio museológico para adaptar la exhibición a nuestro museo. La contraparte italiana ha tenido tanto éxito que se prepara ahora un nuevo montaje titulado Mini Vulcanólogos, “que fue justamente ir a ver los volcanes del sur de Italia, y repitieron un par de niños de minidarwin, pero lo interesante es que el origen de las Islas Galápagos es volcánico. Está un poco en contexto del año internacional Darwin”.
Esta segunda exhibición bien pudo haberse llamado “mini Plinio”, considerando cómo este filósofo romano -uno de los primeros divulgadores de la ciencia- murió trágicamente inspeccionando la erupción del volcán Vesuvio. Resultaría muy evocativa la adaptación de esta segunda parte a tierras jaliscienses, tierra evidentemente volcánica al punto de que lleva la firma de estos cuerpos en el “jal” de Jalisco.
Pero hay una efeméride final en todo esto, y es que el 2009 ha sido nombrado el año internacional de Darwin, como lo explica Nepote:
“Los dos motivos para que sean el año internacional Darwin son que se cumplen 150 años de la publicación de El origen de las especies, que además se acabó el año que salió, sobre todo porque Darwin era reconocido como escritor de libros de viajes, entonces la gente esperaba un libro muy entretenido de viajes, y se encuentra que hay toda una teoría de cómo van adaptándose e incorporándose las especies; pero también se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin”.