Suplementos
Los soles negros de Francisco Morales
Mantos eólicos, configuración de redes que se presenta en el Museo de Arte de Zapopan
Aún podemos ver nuestro territorio plástico iluminado con soles negros y aguas marinas que en silencio de grafito, hablan del ritmo arcaico y de las pulsaciones del hombre que se mantiene despierto a pesar de la neblina.
Ecos de rocas que en otro tiempo fueron la piel de paisajes inimaginables, son ahora, en la obra de Francisco Morales, imágenes provocadoras de nuevos sueños.
Mantos eólicos, configuración de redes que se presenta en el Museo de Arte de Zapopan, es una exposición que dejará huella en los espectadores que gusten de la plástica refinada, rica en forma y contenido, impecable y serena.
Táctil y visual, animal de impulso contenido, volcán que se conoce desde niño y que lo llevó a inventar arterias que dejaran salir su fuego. Hombre de arroz y ónix, de crestas y de valles, de golpes a diestra y siniestra cuando aun no se descubría tan luminoso. Alquimista de tiempo completo, calca vegetal él mismo, desde donde se busca y se encuentra. Dibujante obstinado que nos comparte su cuerpo adherido a la materia, a los espacios, texturas y soportes. Es Francisco, pescador de atmósferas en las que busca lo inasible y oculto.
El artista deja su huella en escala natural de 1 a 1 y se acurruca entre numeraciones cada domingo insoportable (desde siempre los ha odiado). Piensa, ve, asocia, se estremece y recuerda. Escucha el sonido rachss, rachss de sus lápices entramando superficies, se deleita en lo matérico, lo orgánico y lo geométrico, en el blanco traslúcido de un grano de arroz que no se come. Reconoce que no le impactan las obras que recrean imágenes “horribles” y se irrita frente a la estridencia cromática que siendo protagónica, somete el valor profundo de los fondos y los grises.
Es un escéptico frente al que quiere mostrar a la primera “todo lo que sabe”, un emotivo sin reposo que se ha vuelto reflexivo de unos años a la fecha. Cuenta que de niño y no tan niño, era de puño disponible para tatuar caritas de quien lo miraba feo, hasta que un día aprendió a manejar su fuerza interna, su pasión y sus vivencias que no siempre flotaron en agua dulce.
A los 16 años, comienza su adiestramiento de brazo y de muñeca a través de la práctica del dibujo técnico. A “mano alzada”, traza planos de ingeniería entre los que sobresale el Astillero de Veracruz. Viaja por años recorriendo puertos del Golfo de México, observando piedras, plataformas y cosas de los mares. Quizá desde entonces quedaron grabados en su memoria los pliegues y el ritmo de las olas, las capas de aceite, los brillos, las atmósferas blanqueadas, los barcos en reposo.
Y platicamos de su exposición y del oficio de pintor.
Francisco, ¿Qué has querido expresar a través de tu trabajo plástico desde tus inicios?
He buscado el equilibrio entre el concepto y la estética visual. La convivencia entre lo geométrico y lo orgánico.
Cuando utilizo el lápiz de grafito regreso al origen. (Describe las proporciones de arcilla que tienen los lápices según las graduaciones y sus ojos se hacen de ágata). A fin de cuentas, los que dibujamos, lo hacemos con diamante puro y con barro. Me inquieta también, el génesis de las vibraciones y saturaciones.
¿Qué papel juega tu cuerpo durante el desarrollo de una obra?
Nunca le rendí culto, pero sé que es un tesoro. Le tengo gratitud, es mi aliado. No me parece heroico “rajársela” en una superficie, sino más bien descanso y gozo. En esta época profesional, después de una jornada larga de trabajo, sólo me abrigo las manos.
¿Te sientes un místico? ¿De dónde
has abrevado?
Me siento muy espiritual. Soy susceptible a la luz y las tinieblas, voy tras la idea y el concepto. Me gusta la arquitectura silenciosa, los muros enmohecidos. Con un bisturí solía descubrir hasta seis capas de pintura que quedaban en mi memoria de joven. Después del temblor del 85 trabajé en el D.F. como Coordinador de Vivienda y en el Centro de distribución de LICONSA y por ello, tuve acceso directo a los contrastes atmosféricos y humanos. Por lo mismo, mi trabajo es muy vivencial y mi archivo más visual que literario, aunque leí a Nietzsche, a Kafka y a Goethe (¡ja! sin entenderles tanto).
¿La aristocracia de espíritu que detecto en tu obra, de dónde viene?
Seguro de mi padre que era un tipazo; usaba polainas y bastones de marfil, camisas italianas que llevaban su nombre escrito. Era un hombre culto y gran conversador. Un caballero que me llevaba a cocteles a los que asistían grandes personalidades. Aprendí a su lado que “no todo lo que brilla es oro”. Tal vez por eso desconfío de lo ostentoso.
¿Te consideras un artista de élite, difícil de traducir? ¿Te interesa
que te entiendan?
Ni lo uno ni lo otro. Cuando trabajo no pienso en agradar a nadie, simplemente me ensimismo, me preocupa mi producción. Trato de ver el trabajo de los otros sin descalificarlos, aunque reconozco que soy muy selectivo. Busco la reciprocidad y la afinidad de lenguajes. No me salgo de mis objetivos, soy muy autocrítico. Hago lo que a mí me gustaría ver en una sala de exposiciones. Estoy convencido de que todos deberíamos filtrar los gustos personales.
¿Qué opinas de las escuelas de artes plásticas? ¿Estudiaste en alguna?
No a nivel licenciatura, soy muy inquieto y fácilmente me desesperaba. Viví 10 años en la parte alemana de Suiza y seis de ellos, asistí a cursos técnicos y de aplicación de materiales. Hice escultura en aquella época. Dentro de la gráfica practiqué acuatinta y punta seca. Ahora estoy trabajando de nuevo en placas para aguafuerte.
¿Qué sientes cuando inicias un proyecto?
Siento un temor relativo y me pregunto: ¿Qué sigue? Pero lo supero en cuanto me subo a la patineta sabiendo que si me bajo, puede ocurrir una tragedia pues la idea de no poder retomar el oficio, me persigue. Por ello, no dejo un solo día sin trabajar.
¿Te sorprenden aún las cosas?
“Mucho demasiado” o “un poquito mucho” (en alemán existe tal frase). ¡Imagínate si no!
No vamos a dejar de vernos. Tu próxima exposición es con Helmut Kohl ¿verdad? ¿Cuántas piezas expondrás ahí?
Inauguro el 8 de agosto en la Galería Haus Der Kunst y con esta muestra, mi amigo concluye un ciclo en Guadalajara. Se presentarán de ocho a 10 piezas recientes y estoy muy contento de haber sido elegido por Helmut para cerrar su galería aquí. Él siempre apostó por mí.
Tras dos expresos cortados y habiendo sobrevivido en Zapopan a una tromba (según la visión de Francisco y a un huracán según la mía), nos fuimos alejando del MAZ, seguros de que la búsqueda de la belleza será para nosotros, al menos, un pretexto que nos mantendrá a flote mientras un lápiz nos preste su claridad.
“Se encuentre en donde se encuentre, la belleza es siempre una excepción, siempre aparece a pesar de. Por eso nos emociona”, John Berger
por: toni Guerra
Ecos de rocas que en otro tiempo fueron la piel de paisajes inimaginables, son ahora, en la obra de Francisco Morales, imágenes provocadoras de nuevos sueños.
Mantos eólicos, configuración de redes que se presenta en el Museo de Arte de Zapopan, es una exposición que dejará huella en los espectadores que gusten de la plástica refinada, rica en forma y contenido, impecable y serena.
Táctil y visual, animal de impulso contenido, volcán que se conoce desde niño y que lo llevó a inventar arterias que dejaran salir su fuego. Hombre de arroz y ónix, de crestas y de valles, de golpes a diestra y siniestra cuando aun no se descubría tan luminoso. Alquimista de tiempo completo, calca vegetal él mismo, desde donde se busca y se encuentra. Dibujante obstinado que nos comparte su cuerpo adherido a la materia, a los espacios, texturas y soportes. Es Francisco, pescador de atmósferas en las que busca lo inasible y oculto.
El artista deja su huella en escala natural de 1 a 1 y se acurruca entre numeraciones cada domingo insoportable (desde siempre los ha odiado). Piensa, ve, asocia, se estremece y recuerda. Escucha el sonido rachss, rachss de sus lápices entramando superficies, se deleita en lo matérico, lo orgánico y lo geométrico, en el blanco traslúcido de un grano de arroz que no se come. Reconoce que no le impactan las obras que recrean imágenes “horribles” y se irrita frente a la estridencia cromática que siendo protagónica, somete el valor profundo de los fondos y los grises.
Es un escéptico frente al que quiere mostrar a la primera “todo lo que sabe”, un emotivo sin reposo que se ha vuelto reflexivo de unos años a la fecha. Cuenta que de niño y no tan niño, era de puño disponible para tatuar caritas de quien lo miraba feo, hasta que un día aprendió a manejar su fuerza interna, su pasión y sus vivencias que no siempre flotaron en agua dulce.
A los 16 años, comienza su adiestramiento de brazo y de muñeca a través de la práctica del dibujo técnico. A “mano alzada”, traza planos de ingeniería entre los que sobresale el Astillero de Veracruz. Viaja por años recorriendo puertos del Golfo de México, observando piedras, plataformas y cosas de los mares. Quizá desde entonces quedaron grabados en su memoria los pliegues y el ritmo de las olas, las capas de aceite, los brillos, las atmósferas blanqueadas, los barcos en reposo.
Y platicamos de su exposición y del oficio de pintor.
Francisco, ¿Qué has querido expresar a través de tu trabajo plástico desde tus inicios?
He buscado el equilibrio entre el concepto y la estética visual. La convivencia entre lo geométrico y lo orgánico.
Cuando utilizo el lápiz de grafito regreso al origen. (Describe las proporciones de arcilla que tienen los lápices según las graduaciones y sus ojos se hacen de ágata). A fin de cuentas, los que dibujamos, lo hacemos con diamante puro y con barro. Me inquieta también, el génesis de las vibraciones y saturaciones.
¿Qué papel juega tu cuerpo durante el desarrollo de una obra?
Nunca le rendí culto, pero sé que es un tesoro. Le tengo gratitud, es mi aliado. No me parece heroico “rajársela” en una superficie, sino más bien descanso y gozo. En esta época profesional, después de una jornada larga de trabajo, sólo me abrigo las manos.
¿Te sientes un místico? ¿De dónde
has abrevado?
Me siento muy espiritual. Soy susceptible a la luz y las tinieblas, voy tras la idea y el concepto. Me gusta la arquitectura silenciosa, los muros enmohecidos. Con un bisturí solía descubrir hasta seis capas de pintura que quedaban en mi memoria de joven. Después del temblor del 85 trabajé en el D.F. como Coordinador de Vivienda y en el Centro de distribución de LICONSA y por ello, tuve acceso directo a los contrastes atmosféricos y humanos. Por lo mismo, mi trabajo es muy vivencial y mi archivo más visual que literario, aunque leí a Nietzsche, a Kafka y a Goethe (¡ja! sin entenderles tanto).
¿La aristocracia de espíritu que detecto en tu obra, de dónde viene?
Seguro de mi padre que era un tipazo; usaba polainas y bastones de marfil, camisas italianas que llevaban su nombre escrito. Era un hombre culto y gran conversador. Un caballero que me llevaba a cocteles a los que asistían grandes personalidades. Aprendí a su lado que “no todo lo que brilla es oro”. Tal vez por eso desconfío de lo ostentoso.
¿Te consideras un artista de élite, difícil de traducir? ¿Te interesa
que te entiendan?
Ni lo uno ni lo otro. Cuando trabajo no pienso en agradar a nadie, simplemente me ensimismo, me preocupa mi producción. Trato de ver el trabajo de los otros sin descalificarlos, aunque reconozco que soy muy selectivo. Busco la reciprocidad y la afinidad de lenguajes. No me salgo de mis objetivos, soy muy autocrítico. Hago lo que a mí me gustaría ver en una sala de exposiciones. Estoy convencido de que todos deberíamos filtrar los gustos personales.
¿Qué opinas de las escuelas de artes plásticas? ¿Estudiaste en alguna?
No a nivel licenciatura, soy muy inquieto y fácilmente me desesperaba. Viví 10 años en la parte alemana de Suiza y seis de ellos, asistí a cursos técnicos y de aplicación de materiales. Hice escultura en aquella época. Dentro de la gráfica practiqué acuatinta y punta seca. Ahora estoy trabajando de nuevo en placas para aguafuerte.
¿Qué sientes cuando inicias un proyecto?
Siento un temor relativo y me pregunto: ¿Qué sigue? Pero lo supero en cuanto me subo a la patineta sabiendo que si me bajo, puede ocurrir una tragedia pues la idea de no poder retomar el oficio, me persigue. Por ello, no dejo un solo día sin trabajar.
¿Te sorprenden aún las cosas?
“Mucho demasiado” o “un poquito mucho” (en alemán existe tal frase). ¡Imagínate si no!
No vamos a dejar de vernos. Tu próxima exposición es con Helmut Kohl ¿verdad? ¿Cuántas piezas expondrás ahí?
Inauguro el 8 de agosto en la Galería Haus Der Kunst y con esta muestra, mi amigo concluye un ciclo en Guadalajara. Se presentarán de ocho a 10 piezas recientes y estoy muy contento de haber sido elegido por Helmut para cerrar su galería aquí. Él siempre apostó por mí.
Tras dos expresos cortados y habiendo sobrevivido en Zapopan a una tromba (según la visión de Francisco y a un huracán según la mía), nos fuimos alejando del MAZ, seguros de que la búsqueda de la belleza será para nosotros, al menos, un pretexto que nos mantendrá a flote mientras un lápiz nos preste su claridad.
“Se encuentre en donde se encuentre, la belleza es siempre una excepción, siempre aparece a pesar de. Por eso nos emociona”, John Berger
por: toni Guerra