Suplementos
Los libros y el lado práctico de la vida
¿Dónde está la literatura?
No es extraño, al visitar una librería en busca de un nuevo aperitivo literario, toparme con otros compradores (padres de familia, maestros, hermanos, abuelitos, etcétera) de caras desencajadas en busca del libro preciso, casi mágico, que hará que sus niños se enamoren de los libros.
“¿Pero qué libro busca para su hijo?”, pregunta la vendedora, y ellos responden sencillamente: “Un libro que enseñe”. La traducción de esta frase es: buscan un texto que instruya al niño o niña en cuestión, que lo eduque en ciertos términos morales o de cierto código de valores aceptados por nuestra sociedad o por un sector de ella. Ya sea en temas como la amistad, el cuidado del agua, la bondad, la verdad, la limpieza, la obediencia, etcétera.
Finalmente, después de buscar entre los estantes abarrotados de posibilidades, los compradores se van a casa con su nueva adquisición: algún álbum ilustrado con el ostentoso título de Jaimito y las buenas palabras o Las mentiras son malas o Cinco enseñanzas básicas para todo niño bueno, en el que el futuro lector podrá aprender una buena lección sobre no decir groserías o no pronunciar horribles mentiras o sencillamente ser el mejor niño de todo el vecindario.
Es en este momento cuando me viene a la mente una reflexión: Detrás de todas las instrucciones, moralejas, finales felices o infelices y de personajes que aprenden una y otra vez lo malo o bueno que es hacer cierta cosa, ¿dónde está la literatura?. La literatura, amigos míos, es lo de menos en esta clase de libros. Es decir, queda en segundo plano, como un mero pretexto para la enseñanza de las buenas o malas costumbres en la formación de los futuros adultos y buenos ciudadanos, los actuales lectores infantiles.
Al hojear Es bueno obedecer a los mayores, la verdad es que en ningún momento apareció, en ningún momento me la topé en sus páginas repletas de reflexiones sobre la importancia de comer frutas y verduras o de cepillarse los dientes antes de dormir. No hubo un solo espacio para ella, el autor o autores la olvidaron por completo.
Ya sé lo que están pensando en este instante: es humanamente imposible dejar de transmitir en el texto cierto código de reglas sociales o culturales, cierta formación profesional, ciertas ideas personales y familiares, ciertos prejuicios y sueños del individuo en cuestión. Pero al mismo tiempo, es humanamente posible escribir un libro de literatura (en este caso dedicado a los niños) que ubique en primer plano precisamente a la literatura; y deje a un lado los temas de nutrición, higiene personal o valores (temas que también tienen su lugar y su momento en la escuela y en el hogar).
¿Qué es lo que pasa entonces? Es fácil hacer un libro de supuesta “literatura infantil” que de paso le ahorre a la maestra o la madre de familia enseñar a sus pequeños la forma de atravesar una calle u otra, enseñanza práctica. Sencillamente se hace un coctel: se agrega un poco de princesas, dragones, buenas enseñanzas, algunas páginas a colores y... ¡tarán! un libro de princesas que enseñe a los niños a ir al baño.
Una última reflexión para despedirme: ¿qué pasará con los pequeños lectores de Jaimito y las buenas palabras? Temo que al correr los años (y al convertirse en adultos) serán grandes admiradores de títulos como: Las siete formas de llegar al éxito, Piense, actúe y conviértase en millonario, El triunfador que todos llevamos dentro, o algo así. Y también es seguro, que se quedarán con la boca abierta (y con una interrogante en la cara) al enfrentarse a libros como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o Ulises de James Joyce; y no quiero ni pensar en su reacción (tal vez gritos, lágrimas y mucha frustración) cuando lean las primeras páginas de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.
Sencillamente estos lectores lanzarán a un rincón esos “extraños” libros, que no “enseñan nada sobre la vida”, que no dan los pasos a seguir para realizar la mejor compra en temporada de rebajas o la manera de conquistar a la pareja deseada… nada práctico.
Es en este momento cuando me viene a la mente una reflexión: Detrás de todas las lecciones, moralejas, finales felices o infelices y de personajes que aprenden una y otra vez lo malo o bueno que es hacer cierta cosa, ¿dónde está la literatura?. La literatura, amigos míos, es lo de menos en esta clase de libros. Es decir, queda en segundo plano, como un mero pretexto para la enseñanza de las buenas o malas costumbres en la formación de los futuros adultos y buenos ciudadanos, los actuales lectores infantiles.
“¿Pero qué libro busca para su hijo?”, pregunta la vendedora, y ellos responden sencillamente: “Un libro que enseñe”. La traducción de esta frase es: buscan un texto que instruya al niño o niña en cuestión, que lo eduque en ciertos términos morales o de cierto código de valores aceptados por nuestra sociedad o por un sector de ella. Ya sea en temas como la amistad, el cuidado del agua, la bondad, la verdad, la limpieza, la obediencia, etcétera.
Finalmente, después de buscar entre los estantes abarrotados de posibilidades, los compradores se van a casa con su nueva adquisición: algún álbum ilustrado con el ostentoso título de Jaimito y las buenas palabras o Las mentiras son malas o Cinco enseñanzas básicas para todo niño bueno, en el que el futuro lector podrá aprender una buena lección sobre no decir groserías o no pronunciar horribles mentiras o sencillamente ser el mejor niño de todo el vecindario.
Es en este momento cuando me viene a la mente una reflexión: Detrás de todas las instrucciones, moralejas, finales felices o infelices y de personajes que aprenden una y otra vez lo malo o bueno que es hacer cierta cosa, ¿dónde está la literatura?. La literatura, amigos míos, es lo de menos en esta clase de libros. Es decir, queda en segundo plano, como un mero pretexto para la enseñanza de las buenas o malas costumbres en la formación de los futuros adultos y buenos ciudadanos, los actuales lectores infantiles.
Al hojear Es bueno obedecer a los mayores, la verdad es que en ningún momento apareció, en ningún momento me la topé en sus páginas repletas de reflexiones sobre la importancia de comer frutas y verduras o de cepillarse los dientes antes de dormir. No hubo un solo espacio para ella, el autor o autores la olvidaron por completo.
Ya sé lo que están pensando en este instante: es humanamente imposible dejar de transmitir en el texto cierto código de reglas sociales o culturales, cierta formación profesional, ciertas ideas personales y familiares, ciertos prejuicios y sueños del individuo en cuestión. Pero al mismo tiempo, es humanamente posible escribir un libro de literatura (en este caso dedicado a los niños) que ubique en primer plano precisamente a la literatura; y deje a un lado los temas de nutrición, higiene personal o valores (temas que también tienen su lugar y su momento en la escuela y en el hogar).
¿Qué es lo que pasa entonces? Es fácil hacer un libro de supuesta “literatura infantil” que de paso le ahorre a la maestra o la madre de familia enseñar a sus pequeños la forma de atravesar una calle u otra, enseñanza práctica. Sencillamente se hace un coctel: se agrega un poco de princesas, dragones, buenas enseñanzas, algunas páginas a colores y... ¡tarán! un libro de princesas que enseñe a los niños a ir al baño.
Una última reflexión para despedirme: ¿qué pasará con los pequeños lectores de Jaimito y las buenas palabras? Temo que al correr los años (y al convertirse en adultos) serán grandes admiradores de títulos como: Las siete formas de llegar al éxito, Piense, actúe y conviértase en millonario, El triunfador que todos llevamos dentro, o algo así. Y también es seguro, que se quedarán con la boca abierta (y con una interrogante en la cara) al enfrentarse a libros como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o Ulises de James Joyce; y no quiero ni pensar en su reacción (tal vez gritos, lágrimas y mucha frustración) cuando lean las primeras páginas de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.
Sencillamente estos lectores lanzarán a un rincón esos “extraños” libros, que no “enseñan nada sobre la vida”, que no dan los pasos a seguir para realizar la mejor compra en temporada de rebajas o la manera de conquistar a la pareja deseada… nada práctico.
Es en este momento cuando me viene a la mente una reflexión: Detrás de todas las lecciones, moralejas, finales felices o infelices y de personajes que aprenden una y otra vez lo malo o bueno que es hacer cierta cosa, ¿dónde está la literatura?. La literatura, amigos míos, es lo de menos en esta clase de libros. Es decir, queda en segundo plano, como un mero pretexto para la enseñanza de las buenas o malas costumbres en la formación de los futuros adultos y buenos ciudadanos, los actuales lectores infantiles.