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Los extraños peces del Amazonas
Toda una experiencia resulta navegar por este río, de bello paisaje y fauna peligrosa
GUADALAJARA, JALISCO (02/JUN/2013).- Debo de confesar que tan singular es el enorme río, como sus habitantes acuáticos.
Si bien la gran corriente central pasa veloz y poderosa, llevando sus misterios envueltos entre troncos viajeros y remolinos fugaces, en sus orillas ocurren cosas menos veloces, pero más, creo, reales, profundas, salvajes y valederas sin la prisa del rápido y caudaloso transcurrir del río.
Decenas, sino es que cientos de ríos y arroyos agregan silenciosos sus aguas a las de este gran señor. Entre las orillas de uno y otro lado se abren otros ríos secundarios que corren a la par de la corriente madre formando parte de ella; los bosques y selvas se empantanan con las crecidas de los deshielos de las lejanas montañas de los Andes, aunadas a las lluvias incesantes que recibe en su carrera.
Los árboles, anegados y resistentes a las aguas, persisten erguidos como si ellos mismos fueran los cuidadores de la selva. Unos francamente monumentales se elevan señoriales a las alturas cargados de enredaderas y vistosas bromelias, siendo casa y modus vivendi de aves, micos, iguanas, insectos y víboras de las más diversas especies.
Otros delgados y enhiestos, se ocupan de dar alimento y tránsito vertical a cuanta planta o bicho pudiera necesitarlo. Navegar entre ellos con lentitud y zigzagueando en una pequeña canoa, esquivándolos en oportunas remadas y a tiempo, con los singulares remos en forma de corazón bajo el denso y entramado techo verde, es una dicha. Saber que bajo los tres o cuatro metros de agua que hay bajo la canoa entre lagunas y médanos llenos de vida, y sentir que todo un mundo acuático bulle con intensidad entre los bosques inundados, le agrega un inquietante extra a la travesía.
La famosa, publicitada y temida Piraña (Serrasaminae) es la estrella del escenario amazónico. De unos 30 centímetros de largo, barrigona, dientuda y agresiva, que ante el mínimo olor a sangre o debilidad, junto con su grupachón ataca insaciable y ferozmente para devorar con sus afilados dientes triangulares cuanto se le ponga enfrente. La piraña, que es también un delicioso bocado para los humanos, la buscan con sus redes de pesca. En una ocasión pusimos una pequeña rama del tamaño de un lápiz en la boca de una de ellas que ya iba para la cazuela, y el pedazo de palito que quedó entre sus dientes desapareció en segundos ante nuestros ojos atónitos. Dedujimos que ciertamente no era una buena compañera para los aqua-aeróbics que pretendíamos.
Pero, déjenme decirles que el pequeñísimo (cuatro o cinco centímetros) y casi transparente Candirú (Vandellia cirrhosa) es el pececito más temido por los regionales. Este esbelto pez parásito, casi invisible, tanto se puede meter por las agallas y orificios naturales de los peces huéspedes, como en los de los humanos que naden en el río: uretra, vagina y ano son los predilectos para introducirse en el cuerpo, con las consecuencias —en muchos casos mortíferas— fácilmente imaginables.
El Pirarucú (Arapaima gigas) es un monstruonón lento, extraño, muy hermoso y muy codiciado por su apetitosa y abundante carne. Un pirarucú, que llega a medir tres o cuatro metros es —después del Esturíón Beluga (Huso huso) que mide alrededor cinco metros y pesa unos 600 kilos, de donde procede el famoso caviar— el segundo pez de agua dulce más grande del mundo. Una característica muy extraña es que, al nadar en aguas someras y muy escasas de oxígeno, su vejiga natatoria se ha adaptado para respirar el aire puro, y de vez en cuando sale a hacerlo con intervalos entre 15 y 30 minutos.
El hermoso Delfín rosado (Innia geoffrensis), tan famoso entre las aguas del Amazonas, que se sonroja cada vez que se excita, causante de tantas historias y leyendas, se me escapó entre las letras que me tienen asignadas en esta columna; pero les prometo que la próxima les platicaré de este hermoso animal que las leyendas dicen que en las noches, convertido en un atractivo galán, sale a robarse a las muchachas guapas que se acercan a las orillas del Amazonas. Ya luego les platicaré de esto.
deviajesyaventuras@informador.com.mx
Si bien la gran corriente central pasa veloz y poderosa, llevando sus misterios envueltos entre troncos viajeros y remolinos fugaces, en sus orillas ocurren cosas menos veloces, pero más, creo, reales, profundas, salvajes y valederas sin la prisa del rápido y caudaloso transcurrir del río.
Decenas, sino es que cientos de ríos y arroyos agregan silenciosos sus aguas a las de este gran señor. Entre las orillas de uno y otro lado se abren otros ríos secundarios que corren a la par de la corriente madre formando parte de ella; los bosques y selvas se empantanan con las crecidas de los deshielos de las lejanas montañas de los Andes, aunadas a las lluvias incesantes que recibe en su carrera.
Los árboles, anegados y resistentes a las aguas, persisten erguidos como si ellos mismos fueran los cuidadores de la selva. Unos francamente monumentales se elevan señoriales a las alturas cargados de enredaderas y vistosas bromelias, siendo casa y modus vivendi de aves, micos, iguanas, insectos y víboras de las más diversas especies.
Otros delgados y enhiestos, se ocupan de dar alimento y tránsito vertical a cuanta planta o bicho pudiera necesitarlo. Navegar entre ellos con lentitud y zigzagueando en una pequeña canoa, esquivándolos en oportunas remadas y a tiempo, con los singulares remos en forma de corazón bajo el denso y entramado techo verde, es una dicha. Saber que bajo los tres o cuatro metros de agua que hay bajo la canoa entre lagunas y médanos llenos de vida, y sentir que todo un mundo acuático bulle con intensidad entre los bosques inundados, le agrega un inquietante extra a la travesía.
La famosa, publicitada y temida Piraña (Serrasaminae) es la estrella del escenario amazónico. De unos 30 centímetros de largo, barrigona, dientuda y agresiva, que ante el mínimo olor a sangre o debilidad, junto con su grupachón ataca insaciable y ferozmente para devorar con sus afilados dientes triangulares cuanto se le ponga enfrente. La piraña, que es también un delicioso bocado para los humanos, la buscan con sus redes de pesca. En una ocasión pusimos una pequeña rama del tamaño de un lápiz en la boca de una de ellas que ya iba para la cazuela, y el pedazo de palito que quedó entre sus dientes desapareció en segundos ante nuestros ojos atónitos. Dedujimos que ciertamente no era una buena compañera para los aqua-aeróbics que pretendíamos.
Pero, déjenme decirles que el pequeñísimo (cuatro o cinco centímetros) y casi transparente Candirú (Vandellia cirrhosa) es el pececito más temido por los regionales. Este esbelto pez parásito, casi invisible, tanto se puede meter por las agallas y orificios naturales de los peces huéspedes, como en los de los humanos que naden en el río: uretra, vagina y ano son los predilectos para introducirse en el cuerpo, con las consecuencias —en muchos casos mortíferas— fácilmente imaginables.
El Pirarucú (Arapaima gigas) es un monstruonón lento, extraño, muy hermoso y muy codiciado por su apetitosa y abundante carne. Un pirarucú, que llega a medir tres o cuatro metros es —después del Esturíón Beluga (Huso huso) que mide alrededor cinco metros y pesa unos 600 kilos, de donde procede el famoso caviar— el segundo pez de agua dulce más grande del mundo. Una característica muy extraña es que, al nadar en aguas someras y muy escasas de oxígeno, su vejiga natatoria se ha adaptado para respirar el aire puro, y de vez en cuando sale a hacerlo con intervalos entre 15 y 30 minutos.
El hermoso Delfín rosado (Innia geoffrensis), tan famoso entre las aguas del Amazonas, que se sonroja cada vez que se excita, causante de tantas historias y leyendas, se me escapó entre las letras que me tienen asignadas en esta columna; pero les prometo que la próxima les platicaré de este hermoso animal que las leyendas dicen que en las noches, convertido en un atractivo galán, sale a robarse a las muchachas guapas que se acercan a las orillas del Amazonas. Ya luego les platicaré de esto.
deviajesyaventuras@informador.com.mx