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Leticia: bonita y arrinconadita
Un paraíso oculto en la Amazonía colombiana
GUADALAJARA, JALISCO (09/JUN/2013).- Ufff… palabra que hay que viajar un montón de kilómetros para llegarle a la famosa Leticia: les platicaré…
Miren: ¿se acuerdan que la Amazonía es la selva más tupida y espectacular del planeta; y que es el pulmón del mundo por su vegetación tan extensa, exuberante y espectacular? Ah… pos Leticia está ahí en medio de la Amazonía colombiana, arropada entre la maleza de la selva. Y quizás por eso es que, casi temerosa y haciendo un gran esfuerzo, Colombia se estira hacia el Sur haciendo una cuchilla –ganada políticamente en interminables discusiones– entre el Perú y Brasil, para poder llegar hasta tocar las aguas del río.
Ahí, en ese pequeñísimo “hito geográfico” de los tres países está Leticia: una pequeña ciudad en donde, en la minúscula plaza central … “a las cinco y media en punto” de la tarde llegan miles y miles (¿millones?) de loritos a dormir; y… “a las cinco y media en punto” de la mañana, parten con su interminable plática ensordecedora hacia sus lugares selváticos para alimentarse, “cotorrear” y pasar el día entre la suculenta maleza; para luego regresar puntuales a su cita en la placita de Leticia.
Leticia fue el nombre que allá por los años del 1800 le puso el ingeniero Charón cuando, sucumbiendo entre los elíxires de amor de Leticia Smith –bella dama de Iquitos–, queriendo perpetuar su memoria, le llamó así a este pequeño puerto amazónico perdido entre la selva.
El amor… ay… el amor… “Más jalan dos tetas que un par de carretas”, dice un sabio dicho que se viene repitiendo desde antes de que Cervantes anotara algunos otros a cual más de sabios. Leticia pues, se llama este apartado lugar en la Amazonía colombiana ¡Y punto! Como en alguna ocasión –imperativa– puntualizaba mi pequeña nieta.
El avión de “Copa” –excelente línea aérea panameña– aterrizó dificultosamente en la pequeñísima pista ya entrada la tarde. Una guapa morena, montada en su moto y bajo un enorme casco que ocultaba su sonrisa, exhibiendo un desteñido letrero donde estaban escritos nuestros nombres, nos indicó que la siguiéramos, montando un pequeño taxi previamente contratado… hasta ¿Dónde?
El sudor nos empapaba, las sombras se hacían más sombras; el chofer seguía a la morena, la morena esquivaba charcos y baches con destreza, mientras que nuestro taxi… finalmente y para nuestro azoro, arribó a la pequeña recepción del acogedor Amazon Bed & Breakfast en donde ya nos esperaban.
Unas cuantas hermosas cabañitas se agolpaban alrededor de la maleza natural. Una cama con blanquísimas sábanas; un buen baño y una hamaca mirando hacia el jardín, hicieron que nuestra sensación fuera –literalmente– como si llegáramos al paraíso.
Roncamos a los tres instantes, hasta que los loros “a las cinco y media en punto de la mañana” interrumpieron nuestro sueño… ¿Mejor?... ¡Imposible…! Pensamos.
Un oloroso café a la puerta de la cabaña nos hizo realizar el prodigio de estar ahí. Selva, río, loros, aventura, cosas nuevas por descubrir… ¿Qué más se podía pedir?
“¡Cuando estén listos nos vamos!”, nos dijo una voz enérgica mientras engullíamos el último bocado de papaya servida en el tejabán frente a nuestra cabaña.
Chaparro, fornido y casi demandante; nuestro guía, remo en mano nos decía… “Las flores de Victoria Regia se apachurran bien pronto en las mañanas; hay que apurarnos pa’ que las puedan ver. Y los delfines… ya ven como son de voluntariosos”.
Unas cuantas remadas por los canales de los lados del río… y los famosos delfines rosados del amazonas (inia geoffrensis) sin tardar empezaron a aparecer juguetones y gozosos a nuestro lado.
A golpe de remo, metiéndonos por las aguas quietas de la selva inundada, las enormes hojas flotantes de los nenúfares “Victoria Regia” no tardaron en asomarse entre los pantanos anegados. Unas pequeñas mariposas amarillas completaron la bella imagen que ahora comparto con ustedes. Las flores ya se habían cerrado: llegamos tarde. Así es la selva.
deviajesyaventuras@informador.com.mx
Miren: ¿se acuerdan que la Amazonía es la selva más tupida y espectacular del planeta; y que es el pulmón del mundo por su vegetación tan extensa, exuberante y espectacular? Ah… pos Leticia está ahí en medio de la Amazonía colombiana, arropada entre la maleza de la selva. Y quizás por eso es que, casi temerosa y haciendo un gran esfuerzo, Colombia se estira hacia el Sur haciendo una cuchilla –ganada políticamente en interminables discusiones– entre el Perú y Brasil, para poder llegar hasta tocar las aguas del río.
Ahí, en ese pequeñísimo “hito geográfico” de los tres países está Leticia: una pequeña ciudad en donde, en la minúscula plaza central … “a las cinco y media en punto” de la tarde llegan miles y miles (¿millones?) de loritos a dormir; y… “a las cinco y media en punto” de la mañana, parten con su interminable plática ensordecedora hacia sus lugares selváticos para alimentarse, “cotorrear” y pasar el día entre la suculenta maleza; para luego regresar puntuales a su cita en la placita de Leticia.
Leticia fue el nombre que allá por los años del 1800 le puso el ingeniero Charón cuando, sucumbiendo entre los elíxires de amor de Leticia Smith –bella dama de Iquitos–, queriendo perpetuar su memoria, le llamó así a este pequeño puerto amazónico perdido entre la selva.
El amor… ay… el amor… “Más jalan dos tetas que un par de carretas”, dice un sabio dicho que se viene repitiendo desde antes de que Cervantes anotara algunos otros a cual más de sabios. Leticia pues, se llama este apartado lugar en la Amazonía colombiana ¡Y punto! Como en alguna ocasión –imperativa– puntualizaba mi pequeña nieta.
El avión de “Copa” –excelente línea aérea panameña– aterrizó dificultosamente en la pequeñísima pista ya entrada la tarde. Una guapa morena, montada en su moto y bajo un enorme casco que ocultaba su sonrisa, exhibiendo un desteñido letrero donde estaban escritos nuestros nombres, nos indicó que la siguiéramos, montando un pequeño taxi previamente contratado… hasta ¿Dónde?
El sudor nos empapaba, las sombras se hacían más sombras; el chofer seguía a la morena, la morena esquivaba charcos y baches con destreza, mientras que nuestro taxi… finalmente y para nuestro azoro, arribó a la pequeña recepción del acogedor Amazon Bed & Breakfast en donde ya nos esperaban.
Unas cuantas hermosas cabañitas se agolpaban alrededor de la maleza natural. Una cama con blanquísimas sábanas; un buen baño y una hamaca mirando hacia el jardín, hicieron que nuestra sensación fuera –literalmente– como si llegáramos al paraíso.
Roncamos a los tres instantes, hasta que los loros “a las cinco y media en punto de la mañana” interrumpieron nuestro sueño… ¿Mejor?... ¡Imposible…! Pensamos.
Un oloroso café a la puerta de la cabaña nos hizo realizar el prodigio de estar ahí. Selva, río, loros, aventura, cosas nuevas por descubrir… ¿Qué más se podía pedir?
“¡Cuando estén listos nos vamos!”, nos dijo una voz enérgica mientras engullíamos el último bocado de papaya servida en el tejabán frente a nuestra cabaña.
Chaparro, fornido y casi demandante; nuestro guía, remo en mano nos decía… “Las flores de Victoria Regia se apachurran bien pronto en las mañanas; hay que apurarnos pa’ que las puedan ver. Y los delfines… ya ven como son de voluntariosos”.
Unas cuantas remadas por los canales de los lados del río… y los famosos delfines rosados del amazonas (inia geoffrensis) sin tardar empezaron a aparecer juguetones y gozosos a nuestro lado.
A golpe de remo, metiéndonos por las aguas quietas de la selva inundada, las enormes hojas flotantes de los nenúfares “Victoria Regia” no tardaron en asomarse entre los pantanos anegados. Unas pequeñas mariposas amarillas completaron la bella imagen que ahora comparto con ustedes. Las flores ya se habían cerrado: llegamos tarde. Así es la selva.
deviajesyaventuras@informador.com.mx