Suplementos
Las hermosas palenqueras de Cartagena
Este poblado deja ver cómo sus habitantes conservan una cultura milenaria
GUADALAJARA, JALISCO (12/MAY/2013).- El pequeño pueblo de Palenque, que está como a unos 60 kilómeros de Cartagena de Indias, en el norte colombiano, es un pequeño e histórico asentamiento de negros cimarrones arropado entre los montes y las ciénegas de las costas caribeñas de Colombia.
Este sitio, ahora llamado San Basilio de Palenque, fue uno de los lugares en donde se reunían los esclavos africanos que habían logrado huir de la esclavitud de que cruelmente eran objeto. Benkos Bioho, fue quien allá por los años del 1600 lideró los primeros movimientos de libertad. Los esclavos negros que valientemente se fugaban, y a quienes se les llamaba cimarrones, se reunían en comunidades y hermandades tras grandes barricadas y palizadas que construían a su derredor —quizá por eso se les llamó palenques—. Este pequeño poblado, ha sido declarado como Patrimonio de la Humanidad por considerársele el primer lugar de América en que los esclavos, corriendo grandes peligros, pudieron obtener su libertad.
En este pequeño palenque, hasta la fecha, celosamente conservan su idioma, cultura, cánticos, religiones y hasta la manera de vivir de aquellos tiempos. Las enormes, voluminosas y bellas mujeres negras, tan coloridas y sonrientes que vemos vendiendo frutos de la estación, vienen diariamente desde sus remotas viviendas para alegrar con su vida y sus colores el señorial casco viejo amurallado de la ciudad de Cartagena.
Rosas, azules, amarillos y morados circulan sus vestimentas, para rematar con la piel morena de sus caras cuidadosamente enmarcadas con pañuelos de colores, para con orgullo concluir su adorno con una gran bandeja que balancean sobre su cabeza, para lucir esplendorosa repleta de rebanadas de sandía, mangos, piñas, pasifloras y decenas de frutas extrañas para nosotros.
Un gran ramo de flores pudiera ser lo que más se pareciera a esas bellas negras provenientes los esclavos que fueron traídos, cual ganado, desde el centro de África en los aterradores galeones esclaveros, en donde escasamente cabía la humanidad de cada uno, entre los cientos que venían apelmazados en cada nave, muriendo por lo menos cinco de cada diez de ellos. Y todas estas penurias para, encadenados ser vendidos en la plaza mayor de Cartagena, y luego seguir sufriendo un futuro incierto y tormentoso.
En el siglo XVI, el monje jesuita Pedro Claver “el esclavo de los esclavos” con gran vocación se dedicó en cuerpo y alma a protegerlos de sus mismos amos y capataces. La “Santa” Inquisición, de acuerdo a sus particulares intereses, tampoco fue grata con ellos; y dadas sus costumbres y religiones, eran igualmente sometidos a increíbles torturas por su supuesta idolatría.
En fin; después de tantas vicisitudes, los pueblos palenqueros, que para nuestra dicha siguen conservando sus costumbres, religión, música, danzas, vestimentas e ideologías en sus apartadas comunidades, son la vida, el color y el folclor del norte colombiano.
Comprarles un poco de fruta amenizada por la entrecortada palabrería con la que expresan su agradecimiento en un chistoso champurrado de bantú y español, acompañado de efusivos deseos de paz y bienestar, es una verdadera dicha. Ver sus alegres rostros sonrientes y morenos del color del ébano al entregarte una rebanada de sandía, es como si un ramo de flores te regalara una de ellas para hacerte la alegría de la mañana.
¿Fotos? ¡Desde luego…! ¡Las que quieras...! Siempre y cuando sean tratadas con respeto, y hasta con un poco de admiración (que les encanta), para luego ser recompensadas con uno de los billetes colombianos, tan retacados de ceros que causan confusión.
Este sitio, ahora llamado San Basilio de Palenque, fue uno de los lugares en donde se reunían los esclavos africanos que habían logrado huir de la esclavitud de que cruelmente eran objeto. Benkos Bioho, fue quien allá por los años del 1600 lideró los primeros movimientos de libertad. Los esclavos negros que valientemente se fugaban, y a quienes se les llamaba cimarrones, se reunían en comunidades y hermandades tras grandes barricadas y palizadas que construían a su derredor —quizá por eso se les llamó palenques—. Este pequeño poblado, ha sido declarado como Patrimonio de la Humanidad por considerársele el primer lugar de América en que los esclavos, corriendo grandes peligros, pudieron obtener su libertad.
En este pequeño palenque, hasta la fecha, celosamente conservan su idioma, cultura, cánticos, religiones y hasta la manera de vivir de aquellos tiempos. Las enormes, voluminosas y bellas mujeres negras, tan coloridas y sonrientes que vemos vendiendo frutos de la estación, vienen diariamente desde sus remotas viviendas para alegrar con su vida y sus colores el señorial casco viejo amurallado de la ciudad de Cartagena.
Rosas, azules, amarillos y morados circulan sus vestimentas, para rematar con la piel morena de sus caras cuidadosamente enmarcadas con pañuelos de colores, para con orgullo concluir su adorno con una gran bandeja que balancean sobre su cabeza, para lucir esplendorosa repleta de rebanadas de sandía, mangos, piñas, pasifloras y decenas de frutas extrañas para nosotros.
Un gran ramo de flores pudiera ser lo que más se pareciera a esas bellas negras provenientes los esclavos que fueron traídos, cual ganado, desde el centro de África en los aterradores galeones esclaveros, en donde escasamente cabía la humanidad de cada uno, entre los cientos que venían apelmazados en cada nave, muriendo por lo menos cinco de cada diez de ellos. Y todas estas penurias para, encadenados ser vendidos en la plaza mayor de Cartagena, y luego seguir sufriendo un futuro incierto y tormentoso.
En el siglo XVI, el monje jesuita Pedro Claver “el esclavo de los esclavos” con gran vocación se dedicó en cuerpo y alma a protegerlos de sus mismos amos y capataces. La “Santa” Inquisición, de acuerdo a sus particulares intereses, tampoco fue grata con ellos; y dadas sus costumbres y religiones, eran igualmente sometidos a increíbles torturas por su supuesta idolatría.
En fin; después de tantas vicisitudes, los pueblos palenqueros, que para nuestra dicha siguen conservando sus costumbres, religión, música, danzas, vestimentas e ideologías en sus apartadas comunidades, son la vida, el color y el folclor del norte colombiano.
Comprarles un poco de fruta amenizada por la entrecortada palabrería con la que expresan su agradecimiento en un chistoso champurrado de bantú y español, acompañado de efusivos deseos de paz y bienestar, es una verdadera dicha. Ver sus alegres rostros sonrientes y morenos del color del ébano al entregarte una rebanada de sandía, es como si un ramo de flores te regalara una de ellas para hacerte la alegría de la mañana.
¿Fotos? ¡Desde luego…! ¡Las que quieras...! Siempre y cuando sean tratadas con respeto, y hasta con un poco de admiración (que les encanta), para luego ser recompensadas con uno de los billetes colombianos, tan retacados de ceros que causan confusión.