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Las Bocas

Un encantador territorio con insólitos paisajes para deslumbrar a sus visitantes; la historia de este lugar es un extra que encanta a todos los viajeros

GUADALAJARA, JALISCO (05/ENE/2014).- Al sureste de la mesa Los Encinos y a la vera del río Bolaños, se localiza el insólito bosque del poblado nombrado “Las Bocas”. Luego de comer en la plaza de Mezquitic, partimos para Las Bocas, salimos por la calle 5 de Mayo, donde vimos una casa con columnas estriadas, capiteles góticos y arcos moriscos, y otra con salientes curveados en sus marcos, legendaria calle, pues antaño, cuando era calle de tierra y se acercaba el 24 de junio, se transformaba en rodeo, había que celebrar al santo patrono San Juan Bautista.

Se realizaban todas las suertes con destreza, en especial la coleada, cabe recordar al charro José Heraclio García Landa, los charros eran premiados con chimelas (flores) por la reina en turno. Charreadas donde no faltaba la banda, como la de Mariano García, apoyada por el cura Aurelio Ruiz. Suelo donde surgieron conjuntos, tales como: “Jazz Band Mil Amores” y “Los Cinco Locos”. La doble función de la calle terminó hasta que se edificó el lienzo charro, en los años cincuenta del siglo pasado.

Hablando de fiestas, Enedina y Luis de la Torre nos platican: “Mi mamá… junto con otras señoras, volvieron a rogarle al general Cota que tuviera en mejores condiciones al señor obispo Miguel de la Mora. Tanto le rogaron, que dio la orden para que lo trasladaran al curato en calidad de cárcel… todo el pueblo desfilaba para verlo, saludarlo… El favor que hizo Cota no fue gratis. Exigió a las señoras que le organizaran un baile a su tropa. Ellas, por tal de ver al señor obispo en condiciones más respetuosas, accedieron. El baile se llevó a cabo, ciertamente, pero las mamás hicieron un ardid. No dejaron ir a ninguna de sus hijas. En su lugar, ellas asistieron como bailadoras al esperado baile, muy arregladas… cumplieron con el compromiso”. Otro prisionero lo fue el cura Reyes, quien se ocultaba en unas cuevas que están junto al arroyo Verde, cerca a El Salto, cuando fue arrestado en Laguna China, dijo: “Estoy a sus órdenes, señores”.

Tomamos camino a Monte Escobedo y a corta distancia viramos a la izquierda, rumbo a La Mesa de Minillas (mil 750 metros), la brecha fue ascendiendo y después de un recodo se abrió el horizonte y se dejó ver el maravilloso cañón con su río, las paredes cubiertas de plantas y a 45 grados, luego planicies y cerros limitantes, el fantástico río hacía un giro al oeste. Más adelante vimos unas paredes rocosas, blancas, casi verticales; después de unos potreros nos sorprendió el arroyo Agua Milpa, de aguas nítidas, que corrían sigilosas, sus orillas estaban salpicadas de flores, un árbol deshojado espejeaba en el espejo. En un claro apreciamos el río que zigzagueaba entre unos paredones y río arriba se escondía en un fabuloso soto, era Las Bocas. Enseguida llegamos a una bifurcación, tomamos el sendero de la izquierda, que bajó a Las Bocas. Donde fuimos atraídos por su bosque conformado por añejos y diversos árboles; nos adentramos gozosos en aquel insólito bosque animado por su encantador río, tanto el bosque como el río se embellecían mutuamente, admirable amalgama. Caminamos pausadamente por aquella sensacional vega, apreciando las bellas perspectivas que nos ofrecía. Unos árboles orilleros al río, reflejaban su hermoso follaje. Nos sentamos sobre unas piedras para percibir la fresca agua con los pies y contemplar el hermoso sitio por momentos inolvidables, momentos especiales, momentos mágicos, de los cuales hay que procurar.

Más tarde seguimos nuestro paseo por la panorámica terracería que se alejó del cañón para subir a Minillas, casas esparcidas en una loma, en torno a su encantador arroyo de igual nombre, de aguas cristalinas, delimitado por atractivas plantas, muchas floreando. Caminamos plácidamente unos tramos del arroyo hasta llegar a un portal de una tienda, donde nos sentamos a saborear una bebida y a mirar el cordón verde que delataba al lecho. Minillas en sus inicios fue estancia y pertenecía a Francisco Torre Bonilla.

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