Suplementos
La vida en shuffle
Hace unos años, haciendo un reportaje sobre una posible influencia del fenómeno Starbucks en los hábitos de consumo de café en la Ciudad de México, me encontré con Briant Simon
por: eduardo castañeda h
Hace unos años, haciendo un reportaje sobre una posible influencia del fenómeno Starbucks en los hábitos de consumo de café en la Ciudad de México, me encontré con Briant Simon, un historiador estadounidense que se especializa en cómo la cadena más grande de cafés del mundo ha logrado convertirse en eso.
Para él, como para otros analistas del caso, Starbucks es lo que es porque no sólo vende cafés, sino una experiencia, y esa experiencia significa diversas cosas para la gente, entre otras, cierto estatus sobre el común de las personas. La gente no va a Starbucks sólo a tomarse una bebida.
Simon, quien ha estado literalmente en cientos de locales de esta cadena en el mundo, visitó también varios Starbucks de Guadalajara, cuando apenas comenzaban a instalarse en 2005. Le sorprendió bastante el uso que los tapatíos estaban haciendo de esos cafés: estaban llenos de adolescentes y de jóvenes que iban a ver y a ser vistos, con sus mejores trapos, a ligar, todos a simple vista de un mismo nivel cultural y económico, aunque también de pronto aparecían algunos tapatíos a probar la novedad sólo sabida de oídas y nunca ni visitada fuera de México. Aseguraba que eso no lo había visto en otros países. Menos en Estados Unidos, donde aunque también el Starbucks es considerado caro para las clases medias bajas y obreras, es algo que se encuentra en cada esquina y no es considerado un lujo, o algo “aspiracional”.
Simon observó y tomó notas durante muchas horas durante una semana. Pero lo que le pareció verdaderamente algo que se salía de lo que había estudiado fue el hecho de que en Guadalajara los Starbucks tuvieran valet parking. (Algunos de la Ciudad de México también tenían ya entonces ese servicio, pero por la reacción del académico de la Temple University, el fenómeno era sólo mexicano).
Es el máximo nivel “aspiracional” que he visto en alguna comunidad, en torno a los Starbucks, me comentó muy divertido. Yo digo: llegar a tomar un café a Starbucks y que alguien se lleve tu auto a estacionar, es una perfecta estampa de la pequeñoburguesía tapatía.
El caso, más allá de si le estacionan a uno el carro para tomar café en esa cadena, o unos tacos en el puesto de la esquina, es mirar cómo somos, cómo actuamos y cómo nos apropiamos de dizque servicios que antes no teníamos, que en realidad son útiles en muy escasas circunstancias y que más bien parece que los usamos por una idea de comodidad que no por extendida deja de ser idiota.
O cómo puede ser calificada la acción de darle las llaves del auto propio a un desconocido que trabaja en una compañía que no se hace responsable por lo que le pueda pasar a esa cara propiedad personal, y que por si fuera poco, el establecimiento al que va a ingresar para divertirse, comer o lo que sea, no tiene ninguna relación con la compañía que presta el servicio de estacionar los carros de los clientes. Para agregarle a la idiotez de la acción, casi siempre se le cobra al usuario una tarifa relativamente alta, de 25 a 50 pesos, por llevar su auto a algún lugar. Y digo alta justamente porque si además de no hacerse responsables de nada, cobran, pues estamos en verdadero peligro de ser abusados. Por esa cantidad y los demás riesgos, el valet parking, en general, lleva el carro o lejos del local al que asiste el cliente, sin ninguna vigilancia, o bien lo estaciona justo a un lado de la entrada y el cliente ve cómo el acomodador va a cinco metros a meterse al auto para entregárselo y cobrarle de todos modos.
Se dirá que cada quien puede gastarse el dinero en lo que quiera y correr los riesgos que quiera, pero más allá de eso, el uso extensivo de los valet parking en esta ciudad nos muestra cómo a la menor provocación muchos tapatíos enseñamos el cobre con aspiraciones de una cierta clase, de ser servidos hasta en lo más mínimo, de querer ser “más” (aunque no se sepa “más” qué), de presumir lo que se tiene y aparentar para que no se vea lo que sí falta.
En una comunidad lo que se convierte en norma, en costumbre, es un espectáculo también muy divertido.
Destacado: Se dirá que cada quien puede gastarse el dinero en lo que quiera y correr los riesgos que quiera, pero más allá de eso, el uso extensivo de los valet parking en esta ciudad nos muestra cómo a la menor provocación, muchos tapatíos enseñamos el cobre con aspiraciones de una cierta clase
Hace unos años, haciendo un reportaje sobre una posible influencia del fenómeno Starbucks en los hábitos de consumo de café en la Ciudad de México, me encontré con Briant Simon, un historiador estadounidense que se especializa en cómo la cadena más grande de cafés del mundo ha logrado convertirse en eso.
Para él, como para otros analistas del caso, Starbucks es lo que es porque no sólo vende cafés, sino una experiencia, y esa experiencia significa diversas cosas para la gente, entre otras, cierto estatus sobre el común de las personas. La gente no va a Starbucks sólo a tomarse una bebida.
Simon, quien ha estado literalmente en cientos de locales de esta cadena en el mundo, visitó también varios Starbucks de Guadalajara, cuando apenas comenzaban a instalarse en 2005. Le sorprendió bastante el uso que los tapatíos estaban haciendo de esos cafés: estaban llenos de adolescentes y de jóvenes que iban a ver y a ser vistos, con sus mejores trapos, a ligar, todos a simple vista de un mismo nivel cultural y económico, aunque también de pronto aparecían algunos tapatíos a probar la novedad sólo sabida de oídas y nunca ni visitada fuera de México. Aseguraba que eso no lo había visto en otros países. Menos en Estados Unidos, donde aunque también el Starbucks es considerado caro para las clases medias bajas y obreras, es algo que se encuentra en cada esquina y no es considerado un lujo, o algo “aspiracional”.
Simon observó y tomó notas durante muchas horas durante una semana. Pero lo que le pareció verdaderamente algo que se salía de lo que había estudiado fue el hecho de que en Guadalajara los Starbucks tuvieran valet parking. (Algunos de la Ciudad de México también tenían ya entonces ese servicio, pero por la reacción del académico de la Temple University, el fenómeno era sólo mexicano).
Es el máximo nivel “aspiracional” que he visto en alguna comunidad, en torno a los Starbucks, me comentó muy divertido. Yo digo: llegar a tomar un café a Starbucks y que alguien se lleve tu auto a estacionar, es una perfecta estampa de la pequeñoburguesía tapatía.
El caso, más allá de si le estacionan a uno el carro para tomar café en esa cadena, o unos tacos en el puesto de la esquina, es mirar cómo somos, cómo actuamos y cómo nos apropiamos de dizque servicios que antes no teníamos, que en realidad son útiles en muy escasas circunstancias y que más bien parece que los usamos por una idea de comodidad que no por extendida deja de ser idiota.
O cómo puede ser calificada la acción de darle las llaves del auto propio a un desconocido que trabaja en una compañía que no se hace responsable por lo que le pueda pasar a esa cara propiedad personal, y que por si fuera poco, el establecimiento al que va a ingresar para divertirse, comer o lo que sea, no tiene ninguna relación con la compañía que presta el servicio de estacionar los carros de los clientes. Para agregarle a la idiotez de la acción, casi siempre se le cobra al usuario una tarifa relativamente alta, de 25 a 50 pesos, por llevar su auto a algún lugar. Y digo alta justamente porque si además de no hacerse responsables de nada, cobran, pues estamos en verdadero peligro de ser abusados. Por esa cantidad y los demás riesgos, el valet parking, en general, lleva el carro o lejos del local al que asiste el cliente, sin ninguna vigilancia, o bien lo estaciona justo a un lado de la entrada y el cliente ve cómo el acomodador va a cinco metros a meterse al auto para entregárselo y cobrarle de todos modos.
Se dirá que cada quien puede gastarse el dinero en lo que quiera y correr los riesgos que quiera, pero más allá de eso, el uso extensivo de los valet parking en esta ciudad nos muestra cómo a la menor provocación muchos tapatíos enseñamos el cobre con aspiraciones de una cierta clase, de ser servidos hasta en lo más mínimo, de querer ser “más” (aunque no se sepa “más” qué), de presumir lo que se tiene y aparentar para que no se vea lo que sí falta.
En una comunidad lo que se convierte en norma, en costumbre, es un espectáculo también muy divertido.
Destacado: Se dirá que cada quien puede gastarse el dinero en lo que quiera y correr los riesgos que quiera, pero más allá de eso, el uso extensivo de los valet parking en esta ciudad nos muestra cómo a la menor provocación, muchos tapatíos enseñamos el cobre con aspiraciones de una cierta clase