Suplementos
La unión con Dios
El hombre fue creado para la felicidad y por ello instintivamente tiende hacia ella
El hombre fue creado para la felicidad y por ello instintivamente tiende hacia ella. No obstante, es común que no sepa en qué consiste ésta, y la busca donde no se encuentra. Con Su Transfiguración sobre el monte Tabor --acontecimiento que nos narra el Evangelio de hoy, segundo domingo de Cuaresma--, Jesús manifestó a los discípulos que lo acompañaban, y con ellos a todos sus demás discípulos, que la verdadera felicidad consiste en la unión con Dios. En esta unión el ser humano cambia, se transfigura. De su alma se apoderan alegría, armonía y paz verdaderamente indescriptibles y sólo explicables a la luz de Él; su inteligencia se ve iluminada y todas sus capacidades humanas, dones y carismas se ven potencializadas a su máxima expresión; al igual que su inteligencia, su alma se llena de la luz divina y se torna semejante a Dios. Es entonces que el Reino de Dios entra en el ser humano.
La transfiguración del Señor fue la más sublime y excelsa revelación de la vida de Gracia; de ese Reino que Jesús vino a predicar y a dar a conocer. En el monte Tabor brilló no sólo la luz material, sino primordialmente la luz de la naturaleza divina de Cristo, la cual no había sido manifestada a ningún hombre, sino que había sido ocultada en su naturaleza humana. Y se produjo el milagro por el cual los apóstoles pudieron ver a Cristo transfigurado en su Gloria Divina. Entonces sus corazones se llenaron de tal gozo, que no habían experimentado nunca hasta este momento.
Todos los cristianos, por la gracia de nuestro bautismo, podemos vivir la maravillosa y singular experiencia que vivieron en esa ocasión quienes acompañaban a Jesús. Todos, por esa gracia, podemos contemplar los destellos de la luz Divina, y vivir esos momentos inolvidables y llenos de felicidad, y aun acrecentarlos, si nuestra relación con Él es cada día más auténtica, amorosa e intensa, y nuestros encuentros en la oración y los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son más frecuentes.
Será entonces cuando venceremos uno de los más serios impedimentos para seguir a Jesús, para ser su discípulo y auténtico cristiano, que es el miedo, especialmente a Él, si es que aún creemos en un Dios que no existe, es decir un Dios severo, castigador, vengativo, juez implacable. Y por ende, miedo primordialmente a un compromiso que demande mucho; a decirle que sí a Cristo teniendo que dejar todo para seguirlo, y sufrir fatales consecuencias en caso de fallarle. O tal vez, miedo a tener que efrentar las consecuencias de ser discípulo de la Verdad, de vivir de acuerdo a ella y de encarar todos los peligros que conlleva esto, incluyendo poner en riesgo la propia vida; miedo a perder la felicidad.
Todo miedo es un impedimento para que se dé el verdadero amor. Por ello, es preciso que seamos conscientes de que el miedo no es algo natural en la persona humana, sino que se adquiere conforme se vive la vida. El miedo es provocado por algo que no existe. Experimentamos miedo porque nos sentimos amenazados por algo que nuestra memoria ha guardado, que pueden ser acontecimientos vividos con angustia y que salen al consciente como una alarma en cada situación que hace que lo recordemos.
Jesús exhortó a sus apóstoles y actualmente nos exhorta a nosotros en muchos momentos y de muchas maneras, a través de su Palabra diciendo: “No tengan miedo”, “no teman”. Pero la respuesta de muchos ha consistido, por lo general, en mal interpretar su doctrina y hacer una religión con muchos tabúes, llena de ideas falsas.
En el Evangelio de hoy, Jesús, ante el miedo que les causó a sus apóstoles la extraordinaria experiencia de la transformación y la avasalladora presencia de Dios en ella, les pide que no teman, con la certeza de que la misma suscitó en ellos el gozo, la fe, la seguridad de que no tenían nada que temer, pues, como lo dijimos antes, la luz divina ya se había apoderado de ellos.
El Señor hoy nos invita, pues, a tener el encuentro cotidiano con Él y su divinidad y poder, que nos irán transformando y liberando no sólo del miedo, sino de todas las demás cadenas que nos esclavizan.
Vivamos esta Cuaresma en esa disposición y actitud, y la próxima Pascua la viviremos llenos de gozo, de fe, de esperanza y de regocijo, y podemos permanecer así durante todo el año, si mantenemos esa unión con Él.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
La transfiguración del Señor fue la más sublime y excelsa revelación de la vida de Gracia; de ese Reino que Jesús vino a predicar y a dar a conocer. En el monte Tabor brilló no sólo la luz material, sino primordialmente la luz de la naturaleza divina de Cristo, la cual no había sido manifestada a ningún hombre, sino que había sido ocultada en su naturaleza humana. Y se produjo el milagro por el cual los apóstoles pudieron ver a Cristo transfigurado en su Gloria Divina. Entonces sus corazones se llenaron de tal gozo, que no habían experimentado nunca hasta este momento.
Todos los cristianos, por la gracia de nuestro bautismo, podemos vivir la maravillosa y singular experiencia que vivieron en esa ocasión quienes acompañaban a Jesús. Todos, por esa gracia, podemos contemplar los destellos de la luz Divina, y vivir esos momentos inolvidables y llenos de felicidad, y aun acrecentarlos, si nuestra relación con Él es cada día más auténtica, amorosa e intensa, y nuestros encuentros en la oración y los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son más frecuentes.
Será entonces cuando venceremos uno de los más serios impedimentos para seguir a Jesús, para ser su discípulo y auténtico cristiano, que es el miedo, especialmente a Él, si es que aún creemos en un Dios que no existe, es decir un Dios severo, castigador, vengativo, juez implacable. Y por ende, miedo primordialmente a un compromiso que demande mucho; a decirle que sí a Cristo teniendo que dejar todo para seguirlo, y sufrir fatales consecuencias en caso de fallarle. O tal vez, miedo a tener que efrentar las consecuencias de ser discípulo de la Verdad, de vivir de acuerdo a ella y de encarar todos los peligros que conlleva esto, incluyendo poner en riesgo la propia vida; miedo a perder la felicidad.
Todo miedo es un impedimento para que se dé el verdadero amor. Por ello, es preciso que seamos conscientes de que el miedo no es algo natural en la persona humana, sino que se adquiere conforme se vive la vida. El miedo es provocado por algo que no existe. Experimentamos miedo porque nos sentimos amenazados por algo que nuestra memoria ha guardado, que pueden ser acontecimientos vividos con angustia y que salen al consciente como una alarma en cada situación que hace que lo recordemos.
Jesús exhortó a sus apóstoles y actualmente nos exhorta a nosotros en muchos momentos y de muchas maneras, a través de su Palabra diciendo: “No tengan miedo”, “no teman”. Pero la respuesta de muchos ha consistido, por lo general, en mal interpretar su doctrina y hacer una religión con muchos tabúes, llena de ideas falsas.
En el Evangelio de hoy, Jesús, ante el miedo que les causó a sus apóstoles la extraordinaria experiencia de la transformación y la avasalladora presencia de Dios en ella, les pide que no teman, con la certeza de que la misma suscitó en ellos el gozo, la fe, la seguridad de que no tenían nada que temer, pues, como lo dijimos antes, la luz divina ya se había apoderado de ellos.
El Señor hoy nos invita, pues, a tener el encuentro cotidiano con Él y su divinidad y poder, que nos irán transformando y liberando no sólo del miedo, sino de todas las demás cadenas que nos esclavizan.
Vivamos esta Cuaresma en esa disposición y actitud, y la próxima Pascua la viviremos llenos de gozo, de fe, de esperanza y de regocijo, y podemos permanecer así durante todo el año, si mantenemos esa unión con Él.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx