Suplementos
La sabiduría de un pobre
El episodio del leproso en la vida de San Francisco de Asís tiene una enseñanza particularmente significativa
El episodio del leproso en la vida de San Francisco de Asís tiene una enseñanza particularmente significativa. El santo, antes de ser el Hermano Francisco, sentía un horror impuro hacia los leprosos. Sin embargo, nos cuentan sus biógrafos que mientras paseaba un día por el campo se encontró con un leproso lleno de llagas purulentas y sintió gran asco. Pero también sintió una inspiración divina que le decía que si no era capaz de vencer sus instintos, nunca alcanzaría su meta. Entonces se acercó al leproso, y venciendo la espantosa repugnancia que sentía, le besó. Así, desde que realizó ese acto heroico logró conseguir de Dios una gran fuerza para dominarse y poder sacrificarse siempre en favor de los demás. Fray Francisco nos enseña que el camino de la santidad comienza con el vencerse a uno mismo, con la sulperación de los prejuicios, miedos, adicciones y defectos; en otras palabras, cuando nos quitamos las cadenas y alcanzamos la plena libertad, pues como nos dice N.S. Jesucristo: “Les aseguro que todos los que pecan son esclavos del pecado” (Jn 8, 34).
El Pobrecillo da un giro radical a su vida cuando se vence a sí mismo. A partir del momento en que superó el espanto que le producían los enfermos más marginados de la historia antigua, su alma se purifica para ver en ellos el rostro del Señor, pues como dice la bienaventuranza: “dichosos los de corazón limpio pues ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). El Hermano nos muestra que es posible vencernos y purificarnos; lo primero es darnos cuenta de cuáles son nuestros propios “leprosos” para practicar con ellos la misericordia, aliviarlos y vencer el espanto causado por ellos. Por ejemplo, la arrogancia y el orgullo que nos impiden dar el primer paso en la reconciliación, porque nos da miedo perder un falso estatus o una ilusoria posición de poder. Y no nos engañemos; esa actitud egoísta nunca proporciona un verdadero sentimiento de paz interior, sino todo lo contrario, solamente nos llena de amargura y nos convierte en esclavos de la pasión desordenada. Y por otro lado, si lo pensamos con detenimiento, la mentira es probablemente la mayor de las esclavitudes y, al mismo tiempo, la adicción más extendida.
La segunda enseñanza que nos deja el santo en su Testamento es sobre el trabajo. Francisco siempre trabajó y siempre pidió a los hermanos que trabajaran “en algún oficio compatible con la decencia, y quienes no supieran, que aprendiesen, no tanto por la codicia de la paga por el trabajo, sino por el ejemplo y para combatir la ociosidad”. En la actualidad se puede aducir que no hay fuentes de trabajo, que los índices de desempleo son elevados, etc. Eso es una realidad irrefutable. Sin embargo también es una realidad la de muchos que, ciegos de arrogancia, aducen que “si no trabajan para lo que han estudiaron, no lo harán”. Y muchos otros que son simplemente holgazanes o insensatos incapaces de asumir las responsabilidades que todo trabajo trae consigo, aceptar la autoridad de un jefe, cumplir con un horario o presentarse vestidos de alguna manera estipulada. Por otra parte, el autoempleo es una opción viable, así como el sacudirse la soberbia y aceptar trabajar en cualquier oficio compatible con la decencia, aun cuando no tuviera relación con alguna carrera técnica o universitaria. En el fondo cualquier trabajo honesto es digno y ennoblece a la persona trabajadora, pues de todo trabajo se saca provecho y de la holgazanería sólo pobreza (Cfr. Prov 14, 23).
Finalmente, el santo invita al respeto absoluto a la Iglesia. Hoy entendemos esto como la aceptación de la fe católica tal como la pone el magisterio de la Iglesia. Porque a veces somos dados a aceptar sin reparos cualquier cosa que se diga (como la palabra de brujos o adivinos) y que se ajuste a lo que queremos oír, pero cuestionamos lo escrito en la Biblia. Aquí se oyen las palabras de Jesús a Pedro: “¡Apártate Satanás! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres” (Mc 8, 33). Que la sabiduría del Pobre de Asís nos traiga la pureza de corazón, para ver el rostro del Señor en toda creatura, y para entender que es posible para toda persona que quiera ser libre para amar sin medida, tal como Él nos amó. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
El Pobrecillo da un giro radical a su vida cuando se vence a sí mismo. A partir del momento en que superó el espanto que le producían los enfermos más marginados de la historia antigua, su alma se purifica para ver en ellos el rostro del Señor, pues como dice la bienaventuranza: “dichosos los de corazón limpio pues ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). El Hermano nos muestra que es posible vencernos y purificarnos; lo primero es darnos cuenta de cuáles son nuestros propios “leprosos” para practicar con ellos la misericordia, aliviarlos y vencer el espanto causado por ellos. Por ejemplo, la arrogancia y el orgullo que nos impiden dar el primer paso en la reconciliación, porque nos da miedo perder un falso estatus o una ilusoria posición de poder. Y no nos engañemos; esa actitud egoísta nunca proporciona un verdadero sentimiento de paz interior, sino todo lo contrario, solamente nos llena de amargura y nos convierte en esclavos de la pasión desordenada. Y por otro lado, si lo pensamos con detenimiento, la mentira es probablemente la mayor de las esclavitudes y, al mismo tiempo, la adicción más extendida.
La segunda enseñanza que nos deja el santo en su Testamento es sobre el trabajo. Francisco siempre trabajó y siempre pidió a los hermanos que trabajaran “en algún oficio compatible con la decencia, y quienes no supieran, que aprendiesen, no tanto por la codicia de la paga por el trabajo, sino por el ejemplo y para combatir la ociosidad”. En la actualidad se puede aducir que no hay fuentes de trabajo, que los índices de desempleo son elevados, etc. Eso es una realidad irrefutable. Sin embargo también es una realidad la de muchos que, ciegos de arrogancia, aducen que “si no trabajan para lo que han estudiaron, no lo harán”. Y muchos otros que son simplemente holgazanes o insensatos incapaces de asumir las responsabilidades que todo trabajo trae consigo, aceptar la autoridad de un jefe, cumplir con un horario o presentarse vestidos de alguna manera estipulada. Por otra parte, el autoempleo es una opción viable, así como el sacudirse la soberbia y aceptar trabajar en cualquier oficio compatible con la decencia, aun cuando no tuviera relación con alguna carrera técnica o universitaria. En el fondo cualquier trabajo honesto es digno y ennoblece a la persona trabajadora, pues de todo trabajo se saca provecho y de la holgazanería sólo pobreza (Cfr. Prov 14, 23).
Finalmente, el santo invita al respeto absoluto a la Iglesia. Hoy entendemos esto como la aceptación de la fe católica tal como la pone el magisterio de la Iglesia. Porque a veces somos dados a aceptar sin reparos cualquier cosa que se diga (como la palabra de brujos o adivinos) y que se ajuste a lo que queremos oír, pero cuestionamos lo escrito en la Biblia. Aquí se oyen las palabras de Jesús a Pedro: “¡Apártate Satanás! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres” (Mc 8, 33). Que la sabiduría del Pobre de Asís nos traiga la pureza de corazón, para ver el rostro del Señor en toda creatura, y para entender que es posible para toda persona que quiera ser libre para amar sin medida, tal como Él nos amó. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx