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La playa es mía y la quiero limpia

Susan Casey narra la experiencia del capitán Charles Moore

En mi sueño, camino hacia una playa. A lo lejos brilla el sol reflejándose en el agua, creando amorfos haces de luz en la superficie. La arena, blanca, destella como si partículas de oro se escondieran ahí. Inmensas palmeras delinean un área amplia donde el viento vuela en libertad. Ni una sola persona se divisa a la distancia, me acompañan tan sólo millones de pequeñas criaturas que se asoman desde sus escondites con el ir y venir de cada ola. La playa está viva.

Repentinamente, me doy cuenta que mis ojos han estado cerrados, los abro y me enfrento con una delgada franja de arena, encuadrada por altos edificios que bloquean el fluir de la brisa. A mi alrededor, no cabe una persona más, cada una dejando a su paso envoltorios de comida, sombrillas rotas y juegos que ya no gustan. Lo que se mira flotando en el agua no son reflejos de luz, sino residuos de plástico y redes rotas. En la arena, lo que se mueve con las olas no son cangrejos sino partículas de basura desintegrada que no encuentran su lugar. La playa ha muerto.

Hace tiempo leí un artículo que me cimbró para siempre. En él, Susan Casey narra la experiencia del capitán Charles Moore, cuya vida había transcurrido surcando los océanos, y decidió un día recorrer una ruta generalmente evitada por tratarse de una zona sin viento, en la que un efecto espiral impide que fluyan nutrientes, por lo que pocos animales habitan ahí. Al llegar, en vez de descubrir un horizonte prístino de mar, se topó con una mancha de basura flotando sobre el agua.

Primero, divisó unas cuantas bolsas, pero al continuar avanzando encontró los más inverosímiles objetos creando un subcontintente plástico, que se extiende hoy en día por cientos de kilómetros en cada uno de los océanos del mundo, cubriendo el 40% de la superficie marítima, lo que corresponde a una cuarta parte de la tierra, asegura Casey. De acuerdo al periódico Universal, Charles Moore calcula que estos núcleos están compuestos por 100 millones de toneladas de desperdicios.

La historia de los animales que ahí habitan, en estos llamados “Mancha de Basura Oriental y Occidental,” es una de terror. Primero un ave por ejemplo, levanta un pedazo de plástico asumiendo que es comida, y lo ingiere; al no poder digerirlo, éste permanece en su estómago, y al acumularse, la masa plástica impide que el animal pueda comer más y muere por inanición.

El plástico, al irse desintegrando, va reduciéndose en tamaño, hasta convertirse en diminutas fracciones. Estos pequeños pedazos van cargados de químicos conocidos como contaminantes orgánicos persistentes, cancerígenos comprobados. Un pez confunde una de estas partículas por alimento, después, el pez es comido por un pez más grande, y ese a su vez por otro más grande y por otro más grande, hasta llegar a nuestro mercado. Los contaminantes sobreviven el paso por la cadena alimenticia y entran en nuestro sistema.

Después de leer el artículo Océano Plástico, mi primera reacción fue la de entrar en pánico. Sentí rabia contra el inventor Alexander Parkes, quien inició el desenfrenado desarrollo de las constituciones plásticas, que si bien han permitido un avance enorme a la ciencia, también proveyeron a las sociedades la confortable cultura del desecho. “Nunca más usaré algo de plástico”, fue lo primero que pensé. Pero luego empecé mi día y a cada paso me daba cuenta que esto sería imposible. La pluma, teléfono, colchón, ropa, lámpara, y la mayor parte de los productos empacados en mi refrigerador. Tan sólo voltear a mi alrededor estaba ya abrumada por lo monumental de mi tarea. Así que me traté de consolarme con la efectiva solución: Reducir, reusar, reciclar. Y poco a poco me fui tranquilizando.

Creo que si cada ciudadano extendiera la vida de un objeto lo más posible, y si cada persona al acudir a un restaurante de comida rápida solicitara sólo el empaque del artículo sin más bolsas, por ejemplo, pequeños actos podrían ir reduciendo el problema poco a poco. O bien el que en una casa se separara la basura, y aún si no se encontrara en una zona donde se ubiquen centros de reciclaje, los habitantes se organizaran con sus vecinos y buscaran quién pueda ofrecerles ese servicio sin costo para la comunidad. Suena trillado, “el cambio empieza por uno mismo,” pero es una gran verdad.

El esfuerzo no debe acabar ahí. Tal vez hayan ya pasado los tiempos de días de playa tumbados al sol con ocasionales baños para refrescar. Un nuevo reto sería visitarlas y limpiarlas. Para ganarnos nuestro derecho a lo prístino ya no es sólo cuestión de no tirar nuestra propia basura, sino de recoger la que muchos antes dejaron atrás, tal vez sin pensar en la consecuencia tan devastadora de sus actos. Los mares del mundo y nosotros convivimos en una relación simbiótica y ya no es tan sólo una cuestión estética, “a mí no me gusta cómo se ve una playa sucia”. El problema de la basura se ha convertido en una crisis que afecta directamente nuestra salud.

Así que hace ya algunos fines de semana, busco grupos de personas en la pequeña ciudad sureña de Estados Unidos donde resido, dedicadas a la ardua tarea de recoger la basura en las playas o a orillas del río más cercano. Tapones de plumas, tapas de botellas y colillas de cigarro suelen ser lo más encontrado. También ha habido llantas, redes, zapatos y hasta soldaditos de colores. Pronto iré de nuevo. Mi experiencia, en mis días de paseo por la playa es diferente ahora. Si la playa es de todos nosotros, ciudadanos, y nos gusta verla limpia, ¿qué estamos haciendo para lograrlo? El dilema de quedarse parado hasta que alguien –las autoridades– resuelvan nuestros problemas es un ideal para el que, creo, ya no queda tiempo.

*El artículo de Susan Casey, Plastic Ocean, fue publicado por Best Life (versión en inglés) y puede ser encontrado en línea en http://www.bestlifeonline.com/cms/publish/travel-leisure/Our_oceans_are_turning_into_plastic_are_we.shtml

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