Suplementos

La paz que todos anhelamos

Jesús nos da su paz como semilla, y a cada uno le toca cultivarla en el lugar donde vive y trabaja

     Después de resucitar, Jesús se aparece a sus apóstoles y pone en sus manos el regalo más valioso que podía legar a la humanidad: “la paz les dejo”, dice, pero añade, como queriendo explicar: “mi paz les doy”. Su  paz no es como la del mundo, que se impone por la fuerza, sino que sale del corazón y se difunde como aroma.

     La paz de Dios, la paz que Cristo Jesús nuestro Señor nos da, con ser gratuita es también una exigencia, porque es al mismo tiempo un don y un compromiso.

     Jesús nos da su paz como semilla, y a cada uno le toca cultivarla en el lugar donde vive y trabaja.

     Sobre todo en la familia, cada uno tiene que poner de su parte para que germine y florezca la paz, para que se haga como un ambiente y se arraigue en los corazones de los niños desde que van empezando a vivir.

     Ciertamente creemos que todos los hijos, pequeños y grandes, sean personitas lindas, condescendientes, bondadosos, amigables, disciplinados, sencillos, solidarios, educados y también simpáticos, cariñosos, agradables, sociables, accesibles, risueños, serviciales, en fin, encantadores. Y con mucha frecuencia constatamos que abundan los niños berrinchudos, mentirosos, desobedientes, tramposos, corajudos, impacientes, exigentes y...

     Sin duda esto procede de la condición de seres humanos, pero la influencia de la educación de cada persona es la que va modelando y dando pautas para mejorar, y que en el futuro los chicos de hoy lleguen a ser personas maduras, equilibradas, responsables, veraces, o sea gente de calidad y de lo mejor.

     Y como ya hemos venido insistiendo, todo esto se aprende en casa.

Piensa un poco: Cuando llegas a tu hogar, ¿saludas con amabilidad? ¿abrazas y/o besas a los que ahí habitan, que desde luego son tu familia? Cuando abres la puerta de tu hogar, ¿entran contigo la alegría, el gozo por tu regreso?

O en vez de eso, ¿llegas con gritos, con maldiciones, de mal humor, haciendo que los niños corran a esconderse y todos te tengan miedo? ¿Descargas en ellos los problemas y conflictos que viviste afuera? O, peor aún, llegas pasado de copas en las que gastaste el dinero para la familia?

     La mujer, la madre, ¿es látigo o denuncia para todo lo que hacen los niños, porque todo le parece mal, y si gritan o juegan ya es un problema?

¡Qué triste es cuando los niños (o niñas) se pelean!

     La voluntad de Dios y lo que nos enseñó Jesús es el amor, y que se viva la verdad, la justicia y la paz, y nos hemos dado cuenta de lo fea y triste que es la guerra, la violencia, que Dios no quiere.

     También es triste, desmoralizador, que haya pleitos entre hermanos, gritos en la familia, envidias en las escuelas y descontento por todos lados. Y más triste todavía cuando un papá le dice a su hijo: “Tú no te dejes”. Y en las funciones de lucha libre la televisión recoge imágenes de cientos de niños, acompañados por sus padres, enardecidos al ver la violencia, la alevosía, la crueldad en los luchadores y dispuestos a imitarlos.

     Todo esto es nefasto, no conduce ni al amor ni a la paz.

     Así se destruye el don divino que Jesús nos heredó, y que fue un regalo que adquirió con su misma actitud de paz.

     La paz de Dios, la que Cristo Jesús nos dejó, hay que cultivarla en el corazón. Cuando esa paz empiece a hacerse consistente, brotará de ella la alegría, porque estaremos aprendiendo a ver las cosas de otro modo, con más comprensión, con amabilidad, condescendencia y tolerancia, que tanta falta hacen en nuestro mundo.

ORACION  

Señor, Señor,

una vez más me acerco a ti

para pedirte la paz,

y oigo que eres Tú

quien me pide a mí esa paz

que tanto añoramos todos.

Ahora reconozco, Señor,

Tú das la paz como un don,

y la pides como un compromiso vital.

Porque quieres que nuestras manos humanas

colaboren contigo

a construir las realidades divinas.

María Belén Sánchez fsp

Temas

Sigue navegando