Suplementos
La manifestación pública de Jesús
El evangelio de este domingo tiene como escenario el río y Jesús
El domingo pasado, 2 de enero, la Iglesia celebró la Epifanía del Señor o manifestación del Hijo de Dios hecho hombre a los pueblos no judíos, los entonces llamados gentiles, porque el Salvador en su hora luminosa apareció en la tierra “para todos los hombres” y no solamente para el pueblo elegido.
Pasaron treinta años y llegó la hora en que ya no niño, sino en la plenitud de la vida, treinta años, el Mesías esperado debía ser conocido y reconocido, y también ser blanco de contradicción, como lo había anunciado el anciano Simeón cuando lo llevaron niño a presentar al templo; hacia Él irían implacables las saetas del odio, por una vertiente, y también al mismo tiempo despertaría hacia Él el más bello y profundo amor.
Había de manifestarse --o más bien de ser manifestado-- al inicio de su vida pública. Para ello fue al río Jordán, donde su primo Juan el Bautista se había adelantado para prepararle el camino.
El evangelio de este domingo tiene, pues, como escenario el río y Jesús, no porque tenga necesidad del bautismo de purificación, sino para que allí en ese lugar y en ese solemne momento fuera manifestado y glorificado. Bajó al río y...
...”le pidió a Juan que lo bautizara”
Juan se resistía diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?”.
Es la voz ante la Palabra, es el soldado ante su Rey, es el siervo ante su Señor. Antes, cuando las multitudes aclamaban a Juan y hasta creían que era el Mesías, ya les había dicho: “No, yo no soy el Mesías; yo soy la voz que anuncia su venida y les ordena que preparen los caminos”. Era el heraldo con el oficio de preparar la llegada del Deseado de las Naciones. Con humildad, Juan agregó: “No soy digno ni de atarle las correas de sus sandalias”.
“Entonces --replicaron las gentes--, ¿por qué bautizas? Y repuso: “Yo bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí los bautizará con fuego y en el Espíritu Santo”.
Así pues, con la obediencia de Juan al derramar el agua sobre la cabeza del Señor, llegó el bautismo de la Nueva Alianza, el bautismo-sacramento, el bautismo puerta, inicio de salvación.
El Bautismo de Regeneración
Regenerar --re-generar-- significa volver a dar la vida.
En el capítulo tercero del evangelio de San Juan se revela el misterio del nuevo bautismo, éste que ha regenerado a una incontable muchedumbre desde entonces hasta el día de hoy.
Así va la historia: Nicodemo, hombre sabio en la ley y los profetas, fue de noche --por miedo a los judíos-- a visitar a Jesús. Ya en la intimidad, Nicodemo le planteó su máxima inquietud: “¿Qué debo hacer para salvarme?”. Desconcertante fue la respuesta del Señor: “Vuelve a nacer”.
El visitante inquirió: “¿Cómo puedo volver al seno de mi madre y vuelvo a nacer?”.
Entonces Cristo le reveló la gracia del “Nuevo Nacimiento”. El primero es conforme a la carne. “Lo que nace de la carne, carne es. Lo que es del Espíritu es espíritu”.
El bautismo es un nacimiento nuevo, un nacimiento espiritual.
Nace el bautizado como hijo de Dios, y si en verdad es hijo, es heredero.
Grande regalo, porque merced a este don inmerecido todo bautizado puede llamar hermano a Jesús, el primogénito del Padre, hijo por naturaleza, y el bautizado es hijo por adopción. Y desde su bautismo el cristiano, cuando habla con su Dios, no le llama Alá, como los musulmanes, ni Yahvé, ni Señor como los judíos, sino con su convicción de hijol de Padre, como Cristo ha dejado esa bella oración, la más bella para hablarle a su Padre y a nuestro Padre
Al salir Jesús del agua una vez bautizado, se abrieron los cielos
Una multitud vio el prodigio, el momento sublime en que se reveló el misterio de Dios uno en tres personas, en un momento fugaz más perceptible para los ojos y para los oídos.
Para los ojos, el Espíritu Santo --invisible, pues es espíritu-- se manifestó brevemente en forma de paloma y descendió sobre el Hijo. Para los oídos se dejó escuchar la voz del Padre: no voz de trueno, no sacudiendo las rocas y encrespando las aguas del río, sino con dulces palabras de amor: “Este es mi hijo muy amado en quien tengo mis complacencias”.
Abierto estaba el cielo: ahí en ese rincón de este pequeño planeta, se manifestó la majestad del verdadero Dios, uno y trino, infinito, eterno, inmortal, omnipotente.
“Dios ungió con el poder
del Espíritu Santo
a Jesús de Nazaret”
El portento, la revelación, la manifestación gloriosa de Cristo en el río Jordán, se hizo eco; dejó profunda resonancia en Pedro, el jefe y cabeza de los apóstoles, quien dirigiéndose a Cornelio y a los que estaban en su casa, les dijo: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas”.
Ya desde ese momento Pedro ha salido de la limitación de sus compatriotas que esperaban un Mesías exclusivo.
Pedro dice ahora en el siglo XXI, lo mismo que dijo en el siglo I: Cristo es de todos. Qué tristes han sido las guerras por motivos o con pretextos religiosos.
Cristo es de Todos. Así lo manifestó siempre el Papa Juan XXIII y se volvió ecumenismo, mano abierta del Concilio Vaticano II (1962-1965).
Pablo predicaba a los gentiles, Pedro a los judíos, pero ambos refiriéndose a un solo Señor, un solo Cristo a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo.
El cristiano es también un ungido por el Espíritu Santo
En el rito del bautismo no solamente hay el signo del agua --ciertamente, el principal e infaltable--, mas también es ungido el bautizado con “santo óleo”, que es aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. Se le unge en el pecho, para implorar la fortaleza en la vida, en la lucha del nuevo hijo de Dios.
Se le unge por segunda vez, después del agua, en la coronilla de la cabeza con el “santo crisma”, que es aceite y aromas, perfume. Es la marca, la consagración con que ha quedado el nuevo cristiano ya miembro de la Iglesia, con todos sus derechos y deberes y con la indeleble marca de hijo de Dios.
José R. Ramírez Mercado
Pasaron treinta años y llegó la hora en que ya no niño, sino en la plenitud de la vida, treinta años, el Mesías esperado debía ser conocido y reconocido, y también ser blanco de contradicción, como lo había anunciado el anciano Simeón cuando lo llevaron niño a presentar al templo; hacia Él irían implacables las saetas del odio, por una vertiente, y también al mismo tiempo despertaría hacia Él el más bello y profundo amor.
Había de manifestarse --o más bien de ser manifestado-- al inicio de su vida pública. Para ello fue al río Jordán, donde su primo Juan el Bautista se había adelantado para prepararle el camino.
El evangelio de este domingo tiene, pues, como escenario el río y Jesús, no porque tenga necesidad del bautismo de purificación, sino para que allí en ese lugar y en ese solemne momento fuera manifestado y glorificado. Bajó al río y...
...”le pidió a Juan que lo bautizara”
Juan se resistía diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?”.
Es la voz ante la Palabra, es el soldado ante su Rey, es el siervo ante su Señor. Antes, cuando las multitudes aclamaban a Juan y hasta creían que era el Mesías, ya les había dicho: “No, yo no soy el Mesías; yo soy la voz que anuncia su venida y les ordena que preparen los caminos”. Era el heraldo con el oficio de preparar la llegada del Deseado de las Naciones. Con humildad, Juan agregó: “No soy digno ni de atarle las correas de sus sandalias”.
“Entonces --replicaron las gentes--, ¿por qué bautizas? Y repuso: “Yo bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí los bautizará con fuego y en el Espíritu Santo”.
Así pues, con la obediencia de Juan al derramar el agua sobre la cabeza del Señor, llegó el bautismo de la Nueva Alianza, el bautismo-sacramento, el bautismo puerta, inicio de salvación.
El Bautismo de Regeneración
Regenerar --re-generar-- significa volver a dar la vida.
En el capítulo tercero del evangelio de San Juan se revela el misterio del nuevo bautismo, éste que ha regenerado a una incontable muchedumbre desde entonces hasta el día de hoy.
Así va la historia: Nicodemo, hombre sabio en la ley y los profetas, fue de noche --por miedo a los judíos-- a visitar a Jesús. Ya en la intimidad, Nicodemo le planteó su máxima inquietud: “¿Qué debo hacer para salvarme?”. Desconcertante fue la respuesta del Señor: “Vuelve a nacer”.
El visitante inquirió: “¿Cómo puedo volver al seno de mi madre y vuelvo a nacer?”.
Entonces Cristo le reveló la gracia del “Nuevo Nacimiento”. El primero es conforme a la carne. “Lo que nace de la carne, carne es. Lo que es del Espíritu es espíritu”.
El bautismo es un nacimiento nuevo, un nacimiento espiritual.
Nace el bautizado como hijo de Dios, y si en verdad es hijo, es heredero.
Grande regalo, porque merced a este don inmerecido todo bautizado puede llamar hermano a Jesús, el primogénito del Padre, hijo por naturaleza, y el bautizado es hijo por adopción. Y desde su bautismo el cristiano, cuando habla con su Dios, no le llama Alá, como los musulmanes, ni Yahvé, ni Señor como los judíos, sino con su convicción de hijol de Padre, como Cristo ha dejado esa bella oración, la más bella para hablarle a su Padre y a nuestro Padre
Al salir Jesús del agua una vez bautizado, se abrieron los cielos
Una multitud vio el prodigio, el momento sublime en que se reveló el misterio de Dios uno en tres personas, en un momento fugaz más perceptible para los ojos y para los oídos.
Para los ojos, el Espíritu Santo --invisible, pues es espíritu-- se manifestó brevemente en forma de paloma y descendió sobre el Hijo. Para los oídos se dejó escuchar la voz del Padre: no voz de trueno, no sacudiendo las rocas y encrespando las aguas del río, sino con dulces palabras de amor: “Este es mi hijo muy amado en quien tengo mis complacencias”.
Abierto estaba el cielo: ahí en ese rincón de este pequeño planeta, se manifestó la majestad del verdadero Dios, uno y trino, infinito, eterno, inmortal, omnipotente.
“Dios ungió con el poder
del Espíritu Santo
a Jesús de Nazaret”
El portento, la revelación, la manifestación gloriosa de Cristo en el río Jordán, se hizo eco; dejó profunda resonancia en Pedro, el jefe y cabeza de los apóstoles, quien dirigiéndose a Cornelio y a los que estaban en su casa, les dijo: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas”.
Ya desde ese momento Pedro ha salido de la limitación de sus compatriotas que esperaban un Mesías exclusivo.
Pedro dice ahora en el siglo XXI, lo mismo que dijo en el siglo I: Cristo es de todos. Qué tristes han sido las guerras por motivos o con pretextos religiosos.
Cristo es de Todos. Así lo manifestó siempre el Papa Juan XXIII y se volvió ecumenismo, mano abierta del Concilio Vaticano II (1962-1965).
Pablo predicaba a los gentiles, Pedro a los judíos, pero ambos refiriéndose a un solo Señor, un solo Cristo a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo.
El cristiano es también un ungido por el Espíritu Santo
En el rito del bautismo no solamente hay el signo del agua --ciertamente, el principal e infaltable--, mas también es ungido el bautizado con “santo óleo”, que es aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. Se le unge en el pecho, para implorar la fortaleza en la vida, en la lucha del nuevo hijo de Dios.
Se le unge por segunda vez, después del agua, en la coronilla de la cabeza con el “santo crisma”, que es aceite y aromas, perfume. Es la marca, la consagración con que ha quedado el nuevo cristiano ya miembro de la Iglesia, con todos sus derechos y deberes y con la indeleble marca de hijo de Dios.
José R. Ramírez Mercado