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La herejía

La contradicción con la fe radica en dos cuestiones fundamentales

    El Catecismo de la Iglesia Católica (2089) dice que “se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma”. Esto significa que la herejía es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en la Iglesia y es algo pernicioso, pues rompe la unidad de la Iglesia e introduce errores sobre la fe. La declaración y propagación de herejías se ha dado desde los inicios de la Iglesia, lo cual lo constatamos por la Segunda Carta a Timoteo (4, 3-4), en la que san Pablo advierte que “vendrá el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus caprichos, buscarán maestros que les halaguen el oído; se apartarán de la verdad y harán caso de los cuentos.” En nuestros días las palabras paulinas cobran una actualidad sorprendente.

    En el siglo I de nuestra era apareció lo que podríamos denominar una primera herejía importante, el gnosticismo, que se extendió durante poco más de cien años. La idea central de los gnósticos era que la materia es mala, la cual la tomaron prestada de algunos filósofos griegos. La contradicción con la fe radica en dos cuestiones fundamentales. La primera es contra el libro del Génesis (1, 31) --y otras partes de la Sagrada Escritura-- donde se lee que “Dios vio todo lo que había hecho y vio que era muy bueno”, y la segunda es la negación de la Encarnación, puesto que si la materia es mala, entonces N.S. Jesucristo no pudo ser verdadero Dios y verdadero hombre, pues Cristo no es malo de ninguna manera.

    En este orden de cosas, en el siglo XI apareció la herejía denominada catarismo que fue una mezcla complicada de religiones no cristianas. Los cátaros se componían de una serie de sectas cuya enseñanza común era que existen dos principios, dos dioses creadores, uno bueno y otro malo, que es en lo que consiste el dualismo filosófico. Los cátaros afirmaban que el espíritu fue creado por la deidad buena mientras que la materia, incluso el cuerpo humano, fue creada por la deidad mala (el demonio), el cual tiene dominio sobre ella. El problema es que sostenían que la deidad buena envió a Jesucristo como criatura para liberar nuestras almas del cuerpo. Además afirmaban que Jesús era un ángel y que su muerte y resurrección tenían un sentido metafórico. En consecuencia, consideraban que la Iglesia Católica, con su realidad terrena, sus sacramentos y su difusión de la fe en la Encarnación de Cristo, eran herramientas de corrupción. La secta cátara más numerosa fue la de los albigenses, gentilicio de la ciudad de Albi. Por su desprecio al cuerpo, los albigenses abogaban contra el matrimonio y practicaban una ascesis excesivamente rigurosa, que llegaba en algunos casos a la muerte por inanición y al llamado suicidio de liberación. Además de sus creencias, predicaban contra la Iglesia e incluso la atacaban violentamente. La agresión de los albingenses contra la Iglesia, quienes incluso llegaron a asesinar al legado papal Pedro de Castelau, desembocó en una guerra. En la batalla de Muret, en 1213, Pedro de Aragón y los albingenses fueron derrotados por Simón de Montfort. Posteriormente, en Bélgica, Francia y Alemania continuó la guerra contra ellos, aun contra los deseos del Papa Inocencio III. Para el siglo XV habían desaparecido como fuerza política, pero las ideas maniqueas reaparecieron con la reforma protestante.

    Por la misma época apareció otro movimiento herético denominado los valdenses, por el iniciador Pedro Valdo, un próspero comerciante de Lyon.

Cuenta la leyenda que después de obtener un cuantioso sustento para su esposa y de colocar a sus dos hijas en un convento, vendió todo lo demás y así, despojado de todos sus bienes materiales, se dedicó a predicar libremente.  

Tuvo gran influencia dualista y rechazaba, entre otras cosas, la veneración de los santos, la transubstanciación, la existencia del purgatorio, la veneración a María y el bautismo de infantes. Sostenían además que cualquier cristiano, hombre o mujer, con cierto conocimiento de la Biblia, podría predicar la Buena Nueva en contraposición a la recomendación de San Pedro (2 Pe, 1, 20). El edicto de excomunión se pronunció en 1181. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx

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