Suplementos
La fe del buen ladrón
La providencia de Dios selló el destino eterno de los dos condenados
Aunque la tradición ha catalogado a uno de los malhechores que fueron crucificados con Jesús, como “el buen ladrón”, en realidad se trataba de un hombre totalmente culpable de muchos delitos; tanto él como el otro habían cometido tal cantidad de crímenes, que estaban siendo merecidamente ejecutados. Quiso la providencia de Dios que estos delincuentes fueran llevados a la cruz el mismo día y a la misma hora en que Jesús fue llevado al monte Calvario. Esta providencia de Dios selló el destino eterno de los dos condenados.
Estos dos hombres fueron testigos de los sufrimientos de Jesús. Lo vieron cargar su cruz junto con ellos, miraron la manera en que Jesús perdonaba a los que lo crucificaban, y escucharon las burlas que la gente y los sacerdotes hacían de Él. Aunque ellos mismos estaban en sufrimiento y agonía, tuvieron tiempo para darse cuenta del espectáculo que tenían delante de sus ojos, ya que Jesús fue crucificado en medio de ellos.
Sin embargo, mientras uno de ellos sólo sintió enojo y desprecio por Jesús, el otro comenzó a experimentar una rara mezcla de remordimiento y fe. El primer ladrón comenzó a increpar a Jesús, desafiándolo para que demostrara que en verdad era el Mesías, bajando sobrenaturalmente de la cruz y de paso salvándolos a ellos. Este hombre no tenía remordimiento alguno por su maldad, y su esperanza de que Jesús lo salvara era únicamente para seguir manteniendo su estilo de vida; en su necedad, ni siquiera el hecho de encontrarse a las puertas de la muerte, le conmovió para arrepentirse de los actos de su vida.
El otro, en cambio, en pocas horas llegó a varias poderosas conclusiones. Se dio cuenta de que todo lo que había hecho era malo y que su castigo era justo; también se dio cuenta de que Jesús era inocente, por lo cual no merecía morir; además entendió que Jesús tendría un reino eterno en el cual podrían estar aquellos que habían sido perdonados, y finalmente le pidió que se acordara de él cuando llegara a su reino.
Todas estas conclusiones del ladrón, demuestran que había entendido el mensaje central del evangelio, que enseña que los pecados que se cometen llevan a la condenación, pero que es posible ser perdonado a través de la fe. Evidentemente este hombre fue perdonado por la misericordia de Dios, y lo más remarcable es que no hizo cosa alguna por la cual mereciera ese perdón.
Hasta el día de hoy las cosas son iguales: nadie puede aspirar a ser perdonado por Dios en base a sus obras; en cambio, puede esperar la misericordia que Dios da a quien tiene fe en el sacrificio que Jesús realizó en la cruz por los pecados de la humanidad. El perdón de Dios siempre será un perdón inmerecido, pero suficiente.
La respuesta de Jesús demostró que el hombre había sido perdonado: “De cierto, de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Estar en el paraíso con Jesús era la señal de la salvación total y perfecta. ¿Quién podría aspirar a estar en el paraíso con Jesús? Sin duda que este lugar de paz y gozo eternos no podría estar accesible a una persona con todos los antecedentes del ladrón, un hombre a quien los mismos hombres condenaron a muerte por su maldad, pero las palabras de Jesús certifican que lo que las obras no pueden hacer, la fe es capaz de lograrlo.
Actualmente, Dios sigue ofreciendo su salvación para aquellos pecadores que están llenos de culpa, complejos y temores. La clave no está en el remordimiento, sino en el arrepentimiento y la fe, para creer que hay un Dios perdonador, que todavía está dispuesto a perdonar a los que le buscan, aún en el lecho de su muerte.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Estos dos hombres fueron testigos de los sufrimientos de Jesús. Lo vieron cargar su cruz junto con ellos, miraron la manera en que Jesús perdonaba a los que lo crucificaban, y escucharon las burlas que la gente y los sacerdotes hacían de Él. Aunque ellos mismos estaban en sufrimiento y agonía, tuvieron tiempo para darse cuenta del espectáculo que tenían delante de sus ojos, ya que Jesús fue crucificado en medio de ellos.
Sin embargo, mientras uno de ellos sólo sintió enojo y desprecio por Jesús, el otro comenzó a experimentar una rara mezcla de remordimiento y fe. El primer ladrón comenzó a increpar a Jesús, desafiándolo para que demostrara que en verdad era el Mesías, bajando sobrenaturalmente de la cruz y de paso salvándolos a ellos. Este hombre no tenía remordimiento alguno por su maldad, y su esperanza de que Jesús lo salvara era únicamente para seguir manteniendo su estilo de vida; en su necedad, ni siquiera el hecho de encontrarse a las puertas de la muerte, le conmovió para arrepentirse de los actos de su vida.
El otro, en cambio, en pocas horas llegó a varias poderosas conclusiones. Se dio cuenta de que todo lo que había hecho era malo y que su castigo era justo; también se dio cuenta de que Jesús era inocente, por lo cual no merecía morir; además entendió que Jesús tendría un reino eterno en el cual podrían estar aquellos que habían sido perdonados, y finalmente le pidió que se acordara de él cuando llegara a su reino.
Todas estas conclusiones del ladrón, demuestran que había entendido el mensaje central del evangelio, que enseña que los pecados que se cometen llevan a la condenación, pero que es posible ser perdonado a través de la fe. Evidentemente este hombre fue perdonado por la misericordia de Dios, y lo más remarcable es que no hizo cosa alguna por la cual mereciera ese perdón.
Hasta el día de hoy las cosas son iguales: nadie puede aspirar a ser perdonado por Dios en base a sus obras; en cambio, puede esperar la misericordia que Dios da a quien tiene fe en el sacrificio que Jesús realizó en la cruz por los pecados de la humanidad. El perdón de Dios siempre será un perdón inmerecido, pero suficiente.
La respuesta de Jesús demostró que el hombre había sido perdonado: “De cierto, de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Estar en el paraíso con Jesús era la señal de la salvación total y perfecta. ¿Quién podría aspirar a estar en el paraíso con Jesús? Sin duda que este lugar de paz y gozo eternos no podría estar accesible a una persona con todos los antecedentes del ladrón, un hombre a quien los mismos hombres condenaron a muerte por su maldad, pero las palabras de Jesús certifican que lo que las obras no pueden hacer, la fe es capaz de lograrlo.
Actualmente, Dios sigue ofreciendo su salvación para aquellos pecadores que están llenos de culpa, complejos y temores. La clave no está en el remordimiento, sino en el arrepentimiento y la fe, para creer que hay un Dios perdonador, que todavía está dispuesto a perdonar a los que le buscan, aún en el lecho de su muerte.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com