Suplementos
La experiencia de Dios
Cualquier estado mental está condicionado neurológicamente
Toda experiencia humana de alegría o tristeza, de esperanza o desaliento temor o triunfo etc., tiene una función cerebral específica; consecuentemente, toda experiencia religiosa de entrar en relación o en comunión con la divinidad debe tener también una influencia en el cerebro, puesto que cualquier estado mental está condicionado neurológicamente. Por otro lado es un hecho que quien se relaciona verdaderamente con Dios es la persona humana completa y no sólo el alma, la mente o el cerebro, de manera que cuando Dios actúa con relación a nosotros o Él mismo se nos revela, su acción se refleja en todos los aspectos de la personalidad, tanto en los procesos cerebrales como en los mecanismos cognitivos y emocionales.
Parece estar bien establecido que en toda experiencia religiosa se dan síntomas de una activación de una región del cerebro conocida como sistema límbico, constituida por el hipotálamo, la amígdala y el hipocampo, sistema responsable de nuestra vida emocional. Los síntomas comunes de la experiencia religiosa profunda propios del sistema límbico son: (1) Dificultad para expresar verbalmente las experiencias, puesto que las conexiones son pobres con las regiones del habla. (2) La sensación de la disolución del yo tras la experiencia. (3) La pérdida del sentido del espacio y del tiempo. (4) El convencimiento de experimentar y tocar realidades profundas. (5) Sensación de felicidad y paz. Estos síntomas aparecen en algunos místicos al tratar de explicar sus experiencias concretas.
De acuerdo con algunos estudios, muchos lectores se plantearán la pregunta de si los hechos experimentales que van a favor de la existencia en el cerebro de estructuras que producen la experiencia de trascendencia, ponen en peligro o cuestionan las creencias religiosas. Me parece que el cuestionamiento es válido, pero no creo que eso debería suceder. Los creyentes pueden asumir que las existencias de esas estructuras son necesarias para la comunicación con la divinidad, mientras que los no creyentes pueden pensar que la religión y los fenómenos místicos tienen su única explicación y base en el cerebro humano. Que existan explicaciones científicas para los procesos fisiológicos humanos, es consistente con la afirmación de San Pedro de que estemos prontos a dar razón de nuestra fe (Cfr. 1Pe 3, 15).
Por otra parte, no es posible hablar de un determinismo religioso apoyado solamente en unas características concretas de nuestro cerebro. El acto de fe es un acto libre, por lo que sólo el hombre libre es el único que puede dar culto a Dios y mostrar un verdadero sentimiento religioso. En este sentido, la experiencia de Dios y la entrega del creyente por medio de la fe en los planes divinos, desecha toda interpretación neurotizante del dogma, la moral y las obligaciones cultuales, y permite al creyente abrir su espíritu a la libertad de una entrega amorosa, lejos de cualquier concepción supersticiosa, mágico-primitiva y mecanicista de un comercio sobrenatural (como cuando condicionamos nuestra fe a que Dios nos conceda tal o cual cosa). Esto es lo que los nuevos descubrimientos científicos nos enseñan sobre nuestra fe. En palabras de Juan Pablo II: “La ciencia puede liberar la religión de error y superstición; la religión puede purificar a la ciencia de idolatría y falsos absolutos”.
Todos los descubrimientos científicos apuntan a que la religiosidad trae consigo felicidad, tranquilidad y paz interior; da sentido a la vida, al dolor y a la muerte, y promueve el crecimiento emocional de la persona para convertirla en un ser adulto responsable. En esto consiste el Reino de Dios aquí y ahora (Cfr. Rom 14, 17). Quienes lo viven se encuentran ya en el Paraíso, y quienes libremente lo rechazan se encuentran en el infierno también aquí y ahora. Pues de acuerdo con la psicología contemporánea, el infierno es un estado emocional al que se entra por voluntad propia, al igual que al Paraíso. Y nuevamente, citando a Juan Pablo II: “Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El invierno indica más que un lugar, la situación en que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría”.
Que en esta Pascua tomemos la firme resolución de acercarnos a Dios para entrar en el Paraíso, fin último del hombre. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragá Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Parece estar bien establecido que en toda experiencia religiosa se dan síntomas de una activación de una región del cerebro conocida como sistema límbico, constituida por el hipotálamo, la amígdala y el hipocampo, sistema responsable de nuestra vida emocional. Los síntomas comunes de la experiencia religiosa profunda propios del sistema límbico son: (1) Dificultad para expresar verbalmente las experiencias, puesto que las conexiones son pobres con las regiones del habla. (2) La sensación de la disolución del yo tras la experiencia. (3) La pérdida del sentido del espacio y del tiempo. (4) El convencimiento de experimentar y tocar realidades profundas. (5) Sensación de felicidad y paz. Estos síntomas aparecen en algunos místicos al tratar de explicar sus experiencias concretas.
De acuerdo con algunos estudios, muchos lectores se plantearán la pregunta de si los hechos experimentales que van a favor de la existencia en el cerebro de estructuras que producen la experiencia de trascendencia, ponen en peligro o cuestionan las creencias religiosas. Me parece que el cuestionamiento es válido, pero no creo que eso debería suceder. Los creyentes pueden asumir que las existencias de esas estructuras son necesarias para la comunicación con la divinidad, mientras que los no creyentes pueden pensar que la religión y los fenómenos místicos tienen su única explicación y base en el cerebro humano. Que existan explicaciones científicas para los procesos fisiológicos humanos, es consistente con la afirmación de San Pedro de que estemos prontos a dar razón de nuestra fe (Cfr. 1Pe 3, 15).
Por otra parte, no es posible hablar de un determinismo religioso apoyado solamente en unas características concretas de nuestro cerebro. El acto de fe es un acto libre, por lo que sólo el hombre libre es el único que puede dar culto a Dios y mostrar un verdadero sentimiento religioso. En este sentido, la experiencia de Dios y la entrega del creyente por medio de la fe en los planes divinos, desecha toda interpretación neurotizante del dogma, la moral y las obligaciones cultuales, y permite al creyente abrir su espíritu a la libertad de una entrega amorosa, lejos de cualquier concepción supersticiosa, mágico-primitiva y mecanicista de un comercio sobrenatural (como cuando condicionamos nuestra fe a que Dios nos conceda tal o cual cosa). Esto es lo que los nuevos descubrimientos científicos nos enseñan sobre nuestra fe. En palabras de Juan Pablo II: “La ciencia puede liberar la religión de error y superstición; la religión puede purificar a la ciencia de idolatría y falsos absolutos”.
Todos los descubrimientos científicos apuntan a que la religiosidad trae consigo felicidad, tranquilidad y paz interior; da sentido a la vida, al dolor y a la muerte, y promueve el crecimiento emocional de la persona para convertirla en un ser adulto responsable. En esto consiste el Reino de Dios aquí y ahora (Cfr. Rom 14, 17). Quienes lo viven se encuentran ya en el Paraíso, y quienes libremente lo rechazan se encuentran en el infierno también aquí y ahora. Pues de acuerdo con la psicología contemporánea, el infierno es un estado emocional al que se entra por voluntad propia, al igual que al Paraíso. Y nuevamente, citando a Juan Pablo II: “Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El invierno indica más que un lugar, la situación en que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría”.
Que en esta Pascua tomemos la firme resolución de acercarnos a Dios para entrar en el Paraíso, fin último del hombre. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragá Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx