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La esencia del cristiano
Es importante darse cuenta de que para percibir lo que otra persona siente, es necesario sentir lo mismo
¿Qué es lo que hace que un cristiano sea cristiano? Lo primero es que ha aceptado que N.S. Jesucristo es Dios y hombre verdadero, lo ha aceptado como Dios y Señor y, en consecuencia, sigue su ejemplo acatando sus enseñanzas. Una de éstas, tal vez poco comprendida porque la Escritura no la menciona de manera explícita, es lo que en lenguaje contemporáneo conocemos como empatía. Una forma adecuada de definirla es como la habilidad para reconocer, comprender, apreciar y estar conscientes de los sentimientos de los demás. Wikipedia la define como capacidad de percibir, en un contexto común, lo que otro individuo puede sentir.
Aquí es importante darse cuenta de que para percibir lo que otra persona siente, es necesario sentir lo mismo. A veces podemos decirle a alguien que sufre algo así como:”sé cómo te sientes”; pero eso no es empatía, pues ésta supone que no se trata de entender intelectualmente el sufrimiento, sino que ser empático significa sentir lo que la otra persona siente.
Nuestros primeros indicios sobre esta característica fundamental del cristiano los encontramos en la parábola del pastor que encuentra su oveja (Lc 15, 3-6), y en la de la mujer que encuentra su moneda (Lc 15, 8-9). En ellas, Jesús describe que el pastor y la mujer, después de juntar amigos y vecinos les dicen: “alégrense conmigo”. Solamente piden empatía. Por su parte, a Jesús mismo lo vemos como modelo de empatía, por ejemplo, en el episodio de la resurrección de Lázaro. Nos narra el evangelista que Cristo, “al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció” (Jn 11, 33) y también lloró. Por su parte, los apóstoles también instruyen en la empatía. San Pablo dice: “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran” (Rom 12, 15), mientras que San Pedro argumenta: “Vivan todos ustedes en armonía, unidos en un solo sentir” (Pe 3, 8). Doctrinalmente la base fundamental es el pasaje en el que Jesús dice: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24); esto es, la condición para ser empático es despojarse de todo egoísmo.
Por otro lado, de las definiciones dadas con anterioridad, es preciso entender que la empatía no es un don sino una habilidad o también una virtud, por lo que en cualquier caso se aprende y se cultiva. En el plano meramente humano algunas recomendaciones que deben practicarse habitualmente de manera intencionada son: Llamar a las personas por su nombre, no criticar, interesarse con sinceridad por los demás, escuchar a los demás con atención, hablar de los temas que interesen al interlocutor, mostrar respeto por las opiniones ajenas, admitir rápidamente los errores, enfocar las conversaciones positivamente, mostrar simpatía por las ajenas de los demás, alentar a los demás haciendo ver que los errores son fáciles de corregir, sonreír, no intentar cambiar la forma de ser o pensar del cónyuge (en su caso) intentar (y lograr) comprender los puntos de vista de los demás desde sus propias perspectivas. La empatía nos permite conocer y comprender mejor a las personas. A través del trato empático cotidiano, estaremos en condiciones de mejorar en familia y obtener mayor colaboración y entendimiento entre todos. Con el cónyuge, la relación será cada vez más estable y alegre; con los amigos garantiza una amistad duradera; con los conocidos abre la posibilidad de nuevas amistades; en la empresa ayuda a conseguir una mayor productividad y en la escuela se obtiene un mejor rendimiento por la relación que se tiene con los alumnos y entre ellos mismos.
La mayor prueba de la trascendental importancia de la empatía nos la ha dado Dios mismo, pues sabemos que ha sido quien mejor ha tomado para Sí el sentir del ser humano. Dios mismo se hizo hombre, se alegró, se entristeció, sintió nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Como dice San Pablo: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos” (Flp 2, 6-7). Este es el ejemplo más grande que podemos tener: Dios es amor, empatía es manifestación evidente de amor y el amor es el camino seguro a la felicidad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Aquí es importante darse cuenta de que para percibir lo que otra persona siente, es necesario sentir lo mismo. A veces podemos decirle a alguien que sufre algo así como:”sé cómo te sientes”; pero eso no es empatía, pues ésta supone que no se trata de entender intelectualmente el sufrimiento, sino que ser empático significa sentir lo que la otra persona siente.
Nuestros primeros indicios sobre esta característica fundamental del cristiano los encontramos en la parábola del pastor que encuentra su oveja (Lc 15, 3-6), y en la de la mujer que encuentra su moneda (Lc 15, 8-9). En ellas, Jesús describe que el pastor y la mujer, después de juntar amigos y vecinos les dicen: “alégrense conmigo”. Solamente piden empatía. Por su parte, a Jesús mismo lo vemos como modelo de empatía, por ejemplo, en el episodio de la resurrección de Lázaro. Nos narra el evangelista que Cristo, “al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció” (Jn 11, 33) y también lloró. Por su parte, los apóstoles también instruyen en la empatía. San Pablo dice: “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran” (Rom 12, 15), mientras que San Pedro argumenta: “Vivan todos ustedes en armonía, unidos en un solo sentir” (Pe 3, 8). Doctrinalmente la base fundamental es el pasaje en el que Jesús dice: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24); esto es, la condición para ser empático es despojarse de todo egoísmo.
Por otro lado, de las definiciones dadas con anterioridad, es preciso entender que la empatía no es un don sino una habilidad o también una virtud, por lo que en cualquier caso se aprende y se cultiva. En el plano meramente humano algunas recomendaciones que deben practicarse habitualmente de manera intencionada son: Llamar a las personas por su nombre, no criticar, interesarse con sinceridad por los demás, escuchar a los demás con atención, hablar de los temas que interesen al interlocutor, mostrar respeto por las opiniones ajenas, admitir rápidamente los errores, enfocar las conversaciones positivamente, mostrar simpatía por las ajenas de los demás, alentar a los demás haciendo ver que los errores son fáciles de corregir, sonreír, no intentar cambiar la forma de ser o pensar del cónyuge (en su caso) intentar (y lograr) comprender los puntos de vista de los demás desde sus propias perspectivas. La empatía nos permite conocer y comprender mejor a las personas. A través del trato empático cotidiano, estaremos en condiciones de mejorar en familia y obtener mayor colaboración y entendimiento entre todos. Con el cónyuge, la relación será cada vez más estable y alegre; con los amigos garantiza una amistad duradera; con los conocidos abre la posibilidad de nuevas amistades; en la empresa ayuda a conseguir una mayor productividad y en la escuela se obtiene un mejor rendimiento por la relación que se tiene con los alumnos y entre ellos mismos.
La mayor prueba de la trascendental importancia de la empatía nos la ha dado Dios mismo, pues sabemos que ha sido quien mejor ha tomado para Sí el sentir del ser humano. Dios mismo se hizo hombre, se alegró, se entristeció, sintió nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Como dice San Pablo: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos” (Flp 2, 6-7). Este es el ejemplo más grande que podemos tener: Dios es amor, empatía es manifestación evidente de amor y el amor es el camino seguro a la felicidad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx