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La envidia: una cuestión de doble filo

La ira de quien envidia a otro es tan grande que incluso desea que sufra el poseedor de aquello que desea

GUADALAJARA, JALISCO (31/MAY/2015).- Siglos atrás, el célebre Francisco de Quevedo la describió como “flaca y amarilla porque muerde y no come”, por lo que entonces se sabía que la envidia —del latín “invidĭa”— implicaba no sólo el malestar porque otros alcancen o logren lo que uno no consigue, sino además, el consecuente resentimiento y deseo de que a esos otros les vaya mal, haciendo a un lado un aspecto primordial: que el problema no radica fuera de nosotros.

Así, este “morder y no comer” —que a nivel social se acentúa cuando hay escasez de objetos materiales o son muy difíciles de obtener, y quienes los poseen son envidiados por los demás—alude a la doble condición de desear algo que no se tiene y buscar obtenerlo a partir de lo que otro tiene y, por eso, no es extraño que la envidia cause infelicidad y dolor a quien la experimenta; porque obtener algo no satisface por completo, el envidioso quiere producir un “mal” a la persona que tiene lo que él envidia, un sentimiento que se suele negar (ante uno mismo y los demás) que se persigue ocultar y rara vez se asume.

Una de las cosas más perniciosas de la envidia, para el psicoanálisis, es que también daña “la capacidad de gozar”, porque interfiere o nos impide sentir amor, ternura o gratitud; nada tiene que ver con el amor —como los celos— y sí favorece el impulso de despojar o dañar a quien tiene lo que deseamos. Así, un envidioso puede ser “insaciable”, porque actúa de su interior sin quedar satisfecho del todo, ya que siempre habrá “otro” a quien culpar por males propios.


Desde el principio

De acuerdo con Rosa Chávez Cárdenas, psicóloga, terapeuta familiar y escritora, la envidia “se puede convertir en un trastorno obsesivo”; de este modo, es un sentimiento que “se considera mecanismo de defensa inconsciente, porque se niega el deseo, de manera que en ocasiones no se hace consciente”.

La doctora señala que “los primeros sentimientos de envidia se dan en la familia, incluso el bebé, enamorado de su madre, se pone celoso por el amor que ella le pueda manifestar al padre o a otro hermano” —un caso que la tradición expresa en la historia de Caín y Abel, en la que se provoca la muerte para acabar con la envidia, el deseo de ser el único—; así, “desde pequeños los niños experimentan la envidia”, en una etapa en la que “no quieren compartir sus objetos, ni sus afectos, de manera que siempre están envidiando al hermano o a sus compañeros”.

Por ello, detalla Chávez Cárdenas, “la asistencia a la escuela tiene como primer objetivo socializar a los niños y practicar la generosidad y el manejo en grupo. Un niño envidioso se vuelve egoísta y antisocial si los padres no practican la tolerancia a la frustración, y puede crecer con una gran intolerancia y falta de respeto por los sentimientos de los demás”.

En este sentido, “detrás de la envidia siempre existe inseguridad, falta de autoestima”, indica la psicóloga, y advierte que “llevada al extremo, una persona insegura puede desear la muerte o ejecutar a otra persona; la envidia esconde siempre inseguridad”, y los padres pueden convertirse en “expertos en causar envidia” entre los hermanos al emplear frases como “tu hermano es más inteligente que tú”, por ejemplo, algo que también sucede entre las parejas —“el esposo de mi amiga le acaba de comprar un coche y tú me traes en camión”—, lo que deja en claro que “la envidia produce conflictos”, siempre.


Presente siempre


Rosa Chávez recuerda que esto no es nuevo; “los griegos conocían muy bien su significado, le llamaban ‘mal de ojo’ y la consideraban tan poderosa que protegían a sus hijos poniéndoles barro en la frente para evitar que la envidia afectara su salud”; de hecho, quienes hoy día se dedican a la brujería continúan utilizando muy bien “esta creencia, cualquier mal —como las enfermedades, la infelicidad o la pobreza— tiene como diagnóstico que se basa o es consecuencia de que alguien los envidia, para lo cual se les recomienda (después de cobrarles fuertes sumas de dinero) la utilización de algún amuleto”.

Así, la envidia se manifiesta en prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana; por ejemplo, hoy día, “en el caso de los candidatos en sus campañas”, dice Chávez Cárdenas, “en el deseo de ser el mejor, el elegido, le sacan ‘los trapos al Sol’ a su adversario, para destruir al enemigo, y así emplean la injuria, la descalificación y otros mecanismos de defensa que se llaman ‘proyección’, que es mirarse en el espejo del otro”.


Envidia ¿buena?


Para la tradición católica, establece la terapeuta, “la envidia es considerada entre los siete pecados capitales” —al lado de la gula, la pereza, la lujuria, la soberbia, la ira y la avaricia—, “porque el envidioso obsesivo no se conforma con tener el objeto deseado, sino que también, le desea el mal al que posee el objeto de su deseo”.

De esta forma, “para evitarse la consecuencia de un castigo, ya que la religión dice que envidiar es un pecado, entonces ‘racionalizan’ el hecho, de manera que dicen que se puede tener ‘envidia de la buena’, es decir, aquella que hace a alguien ‘imitar’ a otra persona como producto de su envidia.

En relación con lo anterior, el término “envidia de la buena” no es algo con lo que concuerde el escritor mexicano y catedrático de Penn State University (en Filadelfia, Estados Unidos), Alejandro Ramírez Arballo, “la envida no puede ser buena”, nos dice, “es una imprecisión, lo que quieren decir es: te admiro y desearía tener lo que tienes, sin que tú lo pierdas”.

En sus palabras, “a envidia es una enfermedad que consiste en ver los bienes ajenos y desconocer los propios; el envidioso mira con lentes de aumento los bienes ajenos, es una realidad distorsionada, mediatizada por el morbo”, lo que —en coincidencia con Chávez Cárdenas— desemboca en el deseo de que aquel a quien envidia sufra un perjuicio, pues un envidioso “lo preferiría a tener lo mismo que tiene el otro”.
Para el escritor e investigador, “el envidioso es rehén de su envidia” y, por el contrario, “quien se regocija con el bien ajeno es un adulto, dueño de sí mismo, soberano de sus emociones”.

Desde la antigüedad. La historia de Caín y Abel es quizá el ejemplo más antiguo de lo que es la envidia.


SABER MÁS


Su presentación

Las culturas del pasado no desconocían la envidia, la tenían presente y sabían que no era socialmente aceptable; ejemplo de ello es que tanto griegos como romanos apostaban por “hacerla presente” en distintas y diversas piezas artísticas; de esta forma, se le llegó a representar como una anguila (animal cuyo aspecto juzgaban deleznable) o bien como la cabeza de una mujer mayor, llena de serpientes.


TOMA NOTA

Recomendaciones para combatir la envidia

x Evita enfocarte en que aún no tienes lo que deseas…

x  Aquello de lo que careces es algo que puede mejorar y no una debilidad…

x  Recuerda que sentir envidia mantiene a las personas sin avanzar e inhibe la espontaneidad creadora…

x  Celebra el éxito ajeno (para todos habrá oportunidad)…

x  Admirar a alguien no significa tenerle envidia, al contrario, indica que sabes valorarlo (y puedes valorarte a ti mismo)...

x  Cultiva tu sentido del humor y aprende de tus errores…

x  Valora y permítete sentir el cariño y apoyo de quienes te aprecian (ante todo, la familia)...

x  Si descubres que alguien siente envidia de ti, recuerda que no eres responsable por lo que esa persona siente (y no confíes en ella)...

x  Busca desarrollar e incrementar tus habilidades y reforzar cualidades “positivas” (favorecen la seguridad en uno mismo)…

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