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La calle desnuda al Brasil de las contradicciones
La pólvora es la desigualdad y las carencias sociales, mientras que el cerillo es un mundial de fútbol y las tarifas de autobús. ¿El ''momento brasileiro'' sigue vivo?
GUADALAJARA, JALISCO (23/JUN/2013).- Estadios de fútbol de primer mundo, escuelas y hospitales de tercer mundo” se alcanza a leer en una pancarta de un manifestante brasileño. Nunca se sabe con certeza qué detona específicamente las protestas sociales: bien pueden comenzar por el suicidio de un vendedor de frutas en Túnez, la perpetuación de un dictador en Egipto, la cercanía del poder político con la religión en Turquía o simplemente el aumento de las tarifas del transporte público como en Brasil. El acontecimiento que ve nacer una manifestación no es su causa, sino la última gota de un caudal de indignación acumulada. La Copa Confederaciones, que actualmente se disputa, es simplemente un escenario ideal para atraer los ojos del mundo. Es una coyuntura propicia, pero es también un símbolo: representa para muchos la dilapidación de recursos en el deporte-espectáculo, en contraposición de las necesidades sociales más apremiantes. Sin embargo, las exigencias del pueblo brasileño trascienden los miles de millones de dólares gastados en la preparación del Mundial de Fútbol 2014 o incluso los 20 centavos de aumento al transporte público en Sao Paulo y en Río de Janeiro: es la imagen de un país que, a pesar de sus años de constante crecimiento económico, no logró paliar de fondo la tremenda polarización económica que hacen de Brasil uno de los países socialmente más inequitativos del mundo.
Brasil nunca dejó de ser un monumento a la desigualdad. Según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Brasil es uno de los países más desiguales del mundo, incluso más que México. Durante los ocho años de mandato de Luis Inácio “Lula” Da Silva, Brasil tuvo avances marcados en reducción de pobreza y crecimiento económico, sin embargo la inequidad social se mantuvo en niveles alarmantes. A finales del siglo pasado, durante el mandato del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso la pobreza extrema se situaba arriba del 26% del total de la población, mientras que al final de su mandato “Lula” había logrado una reducción significativa para dejar la tasa en 14%. Eso significa que alrededor de 25 millones de brasileños dejaron la pobreza extrema durante el mandato de “Lula”, sobre todo a partir de tasas de crecimiento que superaron la media de América del Sur y de ambiciosos programas sociales que llegan a seis de cada 10 hogares brasileños. De 2004 a 2008, Brasil creció a un ritmo de 6% y no resintió el golpe tan dramático de la crisis global de 2009. En 2013, el programa Bolsa Familia, el más ambiciosos de los proyectos sociales de reducción de la pobreza, tiene asignado un presupuestos de tres mil 500 millones de dólares, unos 45 mil millones de pesos.
Brasil alumbró al mundo durante un lustro. “O momento brasileiro” servía de referencia y punto de comparación para todos los países en vías de desarrollo. Brasil había logrado una mezcla de elementos difíciles: una economía de mercado abierta y pujante, con un estado activo y alto gasto social. El milagro brasileño no sólo representaba el ascenso de un “gigante dormido” como lo llamó The Economist alguna vez, sino que representaba una “tercera vía” latinoamericana, situada justo en el medio, entre la “Revolución del siglo XXI” en Ecuador, Venezuela y Bolivia, y la ortodoxia neoliberal que domina la política económica en México, Colombia o Perú. “Lula” era lo más parecido a un Felipe González en el Cono Sur. Y, lo más sorprendente, es que “Lula” lo había logrado sin vulnerar a la democracia, respetando los procesos y sin alinearse al modelo chino de crecimiento económico sin libertades políticas. ¿Qué pasó? ¿Terminó el sueño brasileño en una pesadilla? ¿Todo fue una ilusión producto de una prensa internacional ávida de los “países moda”? ¿Acaso los jóvenes que se manifiestan en Brasil no ven los números?
Más allá de los números
El Brasil subterráneo, excluido del “boom carioca”, nunca dejó de existir. Ser el país de moda moldea las percepciones y esconde los problemas, pero no los diluye. Las quejas de los manifestantes en Sao Paulo o en Río de Janeiro parten de la base de aquello que no ven las cifras económicas de crecimiento bruto o generación de empleos. Brasil sufre de contradicciones que lastiman la sana convivencia social: inequidades regionales, entre las ciudades ricas y dinámicas, y las periferias abandonadas; entre la costa turística, comercial y lujosa, y la zona del Norte en los Estados de Amazonia, Tapajós o Roraima que tienen un promedio de ingreso de mil dólares anuales (2.5 dólares diarios). Basta ver el Índice de Desarrollo Humano (IDH) por Estados en Brasil para entender que hacia adentro de sus fronteras conviven Noruega y Botsuana, Alemania y Honduras. Por ejemplo, Brasilia, Florianópolis o Sao Paulo tienen un IDH similar o incluso superior a la mayoría de las naciones europeas, mientras que los estados de Pernambuco o Alagoas viven una realidad más cercana a las naciones africanas. Esta disparidad territorial provoca que Brasil sea una nación de distintas velocidades; un Brasil globalizado, próspero y dinámico en contraposición a un Brasil pobre, atrasado y desigual.
Lo paradójico es que tras una década de gobiernos de izquierda, que comenzaron con los ocho años de “Lula” y que continúan con el bienio que lleva al frente Dilma Rousseff, la economía del gigante sudamericano parece atrapado en lo que le llaman la “trampa de los ingresos medios”. Como lo define la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); la “trama de los ingresos medios” es la dificultad que tienen muchas naciones para lograr altas tasas de crecimiento, reducción de la desigualdad y de la pobreza a lo largo de una década. Todo esto está vinculado a la productividad y la competitividad, dos conceptos que no parecen ser la mejor herencia de los Gobiernos del “Partido dos Trabalhadores”.
De acuerdo con datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Brasil no logró dar saltos importantes en materia de productividad, y se estancó en los últimos años codo a codo con naciones como Panamá o Ecuador, muy lejano de China, Corea o Chile. Sobre todo los dos primeros países son ejemplos de naciones que lograron romper la “trampa de los ingresos medios” a través de un énfasis en educación, competitividad y productividad como conceptos ligados.
Reclamos
En el corazón de las manifestaciones se puede localizar una reivindicación social sumamente clara: la precariedad de los servicios públicos. Los años de auge económico de Brasil no se vieron reflejados en un salto cualitativo en materia de servicios públicos y la red de protección social. En salud, Brasil invierte en torno a 4.2% de su PIB, sin embargo está lejos de cubrir las necesidades de una población que alcanza los 200 millones de habitantes. Las exigencias se transforman: la masificación de la atención sanitaria da paso al anhelo de la calidad en el servicio. En general, los indicadores relacionados con la atención caen en media tabla en los comparativos globales: la tasa de mortalidad de niños menores de cinco años por cada mil habitantes es de 19 (México es 17, aunque muy lejos de Noruega con tres); la esperanza de vida se encuentra por la media: 73 años (México está en 77), y en general el índice de Salud que publica Naciones Unidas (ONU), Brasil se encuentra en la media, aunque con buen desempeño en la última década.
La educación es un asunto espinoso. Las contradicciones del modelo económico y social brasileño sirven de espejo en materia educativa. De las 300 mejores universidades latinoamericanas, 81 son brasileñas, es decir 27% del total. México le sigue con 50 y Colombia con 42. En general, por número de patentes, inversión en investigación y centros educativos de primera línea, Brasil se ha convertido en una potencia universitaria a nivel global. Sin embargo, los números generales siguen siendo bajos. El promedio de escolaridad en Brasil es de siete años, muy por debajo de los 8.5 años de México y, por supuesto, a años luz de los 13 años de Noruega. Y, en general, el índice de educación de la ONU lo coloca muy por debajo de lo esperado para su tamaño económico y relevancia global. Ni siquiera se acerca a México, Argentina o Chile, sus competidores naturales en la región.
En 2011, la revista Time nombró como personaje del año al “Manifestante” (The protester). Tras las revueltas en Medio Oriente, Turquía, Venezuela, el Norte de África y ahora Brasil, ha quedado claro que la “calle” se ha convertido en un actor fundamental del nuevo siglo. En Brasil, lo que en un principio fue la exigencia de no subir la tarifa del autobús, se convirtió en una reivindicación global de una sociedad indignada por los gastos millonarios en fútbol y la baja inversión en otras materias. El Brasil de la calle desnudó al Brasil del The Economist o del The Wall Street Journal. El Brasil de “carne y hueso” tiene aún muchos retos y desafíos en el corto plazo. Sin embargo, el primero es el combate a la desigualdad: reconciliar a esas dos caras tan contrastantes del Brasil de hoy.
Brasil nunca dejó de ser un monumento a la desigualdad. Según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Brasil es uno de los países más desiguales del mundo, incluso más que México. Durante los ocho años de mandato de Luis Inácio “Lula” Da Silva, Brasil tuvo avances marcados en reducción de pobreza y crecimiento económico, sin embargo la inequidad social se mantuvo en niveles alarmantes. A finales del siglo pasado, durante el mandato del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso la pobreza extrema se situaba arriba del 26% del total de la población, mientras que al final de su mandato “Lula” había logrado una reducción significativa para dejar la tasa en 14%. Eso significa que alrededor de 25 millones de brasileños dejaron la pobreza extrema durante el mandato de “Lula”, sobre todo a partir de tasas de crecimiento que superaron la media de América del Sur y de ambiciosos programas sociales que llegan a seis de cada 10 hogares brasileños. De 2004 a 2008, Brasil creció a un ritmo de 6% y no resintió el golpe tan dramático de la crisis global de 2009. En 2013, el programa Bolsa Familia, el más ambiciosos de los proyectos sociales de reducción de la pobreza, tiene asignado un presupuestos de tres mil 500 millones de dólares, unos 45 mil millones de pesos.
Brasil alumbró al mundo durante un lustro. “O momento brasileiro” servía de referencia y punto de comparación para todos los países en vías de desarrollo. Brasil había logrado una mezcla de elementos difíciles: una economía de mercado abierta y pujante, con un estado activo y alto gasto social. El milagro brasileño no sólo representaba el ascenso de un “gigante dormido” como lo llamó The Economist alguna vez, sino que representaba una “tercera vía” latinoamericana, situada justo en el medio, entre la “Revolución del siglo XXI” en Ecuador, Venezuela y Bolivia, y la ortodoxia neoliberal que domina la política económica en México, Colombia o Perú. “Lula” era lo más parecido a un Felipe González en el Cono Sur. Y, lo más sorprendente, es que “Lula” lo había logrado sin vulnerar a la democracia, respetando los procesos y sin alinearse al modelo chino de crecimiento económico sin libertades políticas. ¿Qué pasó? ¿Terminó el sueño brasileño en una pesadilla? ¿Todo fue una ilusión producto de una prensa internacional ávida de los “países moda”? ¿Acaso los jóvenes que se manifiestan en Brasil no ven los números?
Más allá de los números
El Brasil subterráneo, excluido del “boom carioca”, nunca dejó de existir. Ser el país de moda moldea las percepciones y esconde los problemas, pero no los diluye. Las quejas de los manifestantes en Sao Paulo o en Río de Janeiro parten de la base de aquello que no ven las cifras económicas de crecimiento bruto o generación de empleos. Brasil sufre de contradicciones que lastiman la sana convivencia social: inequidades regionales, entre las ciudades ricas y dinámicas, y las periferias abandonadas; entre la costa turística, comercial y lujosa, y la zona del Norte en los Estados de Amazonia, Tapajós o Roraima que tienen un promedio de ingreso de mil dólares anuales (2.5 dólares diarios). Basta ver el Índice de Desarrollo Humano (IDH) por Estados en Brasil para entender que hacia adentro de sus fronteras conviven Noruega y Botsuana, Alemania y Honduras. Por ejemplo, Brasilia, Florianópolis o Sao Paulo tienen un IDH similar o incluso superior a la mayoría de las naciones europeas, mientras que los estados de Pernambuco o Alagoas viven una realidad más cercana a las naciones africanas. Esta disparidad territorial provoca que Brasil sea una nación de distintas velocidades; un Brasil globalizado, próspero y dinámico en contraposición a un Brasil pobre, atrasado y desigual.
Lo paradójico es que tras una década de gobiernos de izquierda, que comenzaron con los ocho años de “Lula” y que continúan con el bienio que lleva al frente Dilma Rousseff, la economía del gigante sudamericano parece atrapado en lo que le llaman la “trampa de los ingresos medios”. Como lo define la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); la “trama de los ingresos medios” es la dificultad que tienen muchas naciones para lograr altas tasas de crecimiento, reducción de la desigualdad y de la pobreza a lo largo de una década. Todo esto está vinculado a la productividad y la competitividad, dos conceptos que no parecen ser la mejor herencia de los Gobiernos del “Partido dos Trabalhadores”.
De acuerdo con datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Brasil no logró dar saltos importantes en materia de productividad, y se estancó en los últimos años codo a codo con naciones como Panamá o Ecuador, muy lejano de China, Corea o Chile. Sobre todo los dos primeros países son ejemplos de naciones que lograron romper la “trampa de los ingresos medios” a través de un énfasis en educación, competitividad y productividad como conceptos ligados.
Reclamos
En el corazón de las manifestaciones se puede localizar una reivindicación social sumamente clara: la precariedad de los servicios públicos. Los años de auge económico de Brasil no se vieron reflejados en un salto cualitativo en materia de servicios públicos y la red de protección social. En salud, Brasil invierte en torno a 4.2% de su PIB, sin embargo está lejos de cubrir las necesidades de una población que alcanza los 200 millones de habitantes. Las exigencias se transforman: la masificación de la atención sanitaria da paso al anhelo de la calidad en el servicio. En general, los indicadores relacionados con la atención caen en media tabla en los comparativos globales: la tasa de mortalidad de niños menores de cinco años por cada mil habitantes es de 19 (México es 17, aunque muy lejos de Noruega con tres); la esperanza de vida se encuentra por la media: 73 años (México está en 77), y en general el índice de Salud que publica Naciones Unidas (ONU), Brasil se encuentra en la media, aunque con buen desempeño en la última década.
La educación es un asunto espinoso. Las contradicciones del modelo económico y social brasileño sirven de espejo en materia educativa. De las 300 mejores universidades latinoamericanas, 81 son brasileñas, es decir 27% del total. México le sigue con 50 y Colombia con 42. En general, por número de patentes, inversión en investigación y centros educativos de primera línea, Brasil se ha convertido en una potencia universitaria a nivel global. Sin embargo, los números generales siguen siendo bajos. El promedio de escolaridad en Brasil es de siete años, muy por debajo de los 8.5 años de México y, por supuesto, a años luz de los 13 años de Noruega. Y, en general, el índice de educación de la ONU lo coloca muy por debajo de lo esperado para su tamaño económico y relevancia global. Ni siquiera se acerca a México, Argentina o Chile, sus competidores naturales en la región.
En 2011, la revista Time nombró como personaje del año al “Manifestante” (The protester). Tras las revueltas en Medio Oriente, Turquía, Venezuela, el Norte de África y ahora Brasil, ha quedado claro que la “calle” se ha convertido en un actor fundamental del nuevo siglo. En Brasil, lo que en un principio fue la exigencia de no subir la tarifa del autobús, se convirtió en una reivindicación global de una sociedad indignada por los gastos millonarios en fútbol y la baja inversión en otras materias. El Brasil de la calle desnudó al Brasil del The Economist o del The Wall Street Journal. El Brasil de “carne y hueso” tiene aún muchos retos y desafíos en el corto plazo. Sin embargo, el primero es el combate a la desigualdad: reconciliar a esas dos caras tan contrastantes del Brasil de hoy.