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Katmandú: al otro lado del mundo
Una urbe que transita la delgada línea entre la leyenda y el misterio
GUADALAJARA, JALISCO (02/FEB/2014).- Antiguamente los nepalíes le llamaban Kasthamandap o casa de madera a la singular pagoda con la mirada de Buda dibujada en su enorme cúpula, situada en un lugar privilegiado de la ciudad de Katmandú. Más tarde la capital entera fue la que tomó el nombre de la stupa, y con el uso diario el nombre se fue convirtiendo en Katmandú con el que actualmente se le conoce.
El aislamiento al que fue sometido Nepal bajo el dominio de los Sha, y recrudecido bajo el mando de los Rana, contribuyó a que las costumbres y tradiciones se conservaran en el curso del tiempo. En 1951 al recuperar el mando los Sha, el cruce de las fronteras se suavizó un poco, y su presencia en los mapas y destinos de viaje se hizo muy atractivo cuando Hillary y Tensing hicieron su memorable ascenso al Everest.
Más tarde, ya en los 60 cuando el movimiento hippie tomó casi por asalto la ciudad de Katmandú convirtiéndola, junto con Pokhara, en su cuartel general de drogas y desenfreno, que hicieron que el país entero con ansias tanto de libertad cómo de libertinaje, se convirtiera en un extraño “paraíso” que, con susto, gusto y duda, era tolerado por la población. Afortunadamente esto no tuvo mayores consecuencias en sus costumbres y modos de vida en los años posteriores.
Tres religiones comparten las promesas de diferentes cielos en el espíritu de los creyentes. El budismo, el hinduismo y el Islam aportan por igual el colorido y las dimensiones costumbristas a la vida de Nepal. Las stupas budistas y los templos hindúes atiborrados de colores, de imágenes y de los múltiples dioses de su intrincada cosmogonía, contrastan con los espacios de las mezquitas musulmanas que, aunque son sumamente adornadas, carecen de imágenes.
Casi en cada esquina de las estrechas calles se encuentra un templo atiborrado de efigies doradas y coloridas, untadas con polvo rojo de “tika”, cubiertas por siglos de pintura, de tierra y de oraciones, de lienzos color mostaza y carmesí y de flores de cempasuchitl, hibiscos, velas e inciensos que forman conjuntos sumamente extraños -a veces repulsivos para el visitante-, que son fervientes expresiones de agradecimiento y solicitudes milagrosas a sus dioses.
El humo de los sahumerios con olor a sándalo, y el aroma de la cera derretida de las velas encendidas en los altares perfuman sofocantemente el aire. Los cánticos graves de los monjes y las vibraciones de sus trompetas mezcladas con la resonancia de los gongs y el repique a destiempo de las campanas de los templos, aportan una especie de misterioso placer, tan vago como extraño.
Las estrechas calles que serpentean entre los edificios de tres pisos de ladrillos rojos empolvados, con sus ventanas superiores inclinadas, dejan asomar a las mujeres de ojos pintados de “kohl” a contemplar el atiborrado escenario de Thamel, centro neurálgico de la vida de la ciudad. Un hombre toca insistentemente el timbre de su bicicleta abriéndose paso entre la gente, frena súbitamente, sortea vendedores de especias y montones de ollas de latón, esquiva mujeres envueltas en saris y hombres en ropas oscuras, y desaparece como por encanto entre el hueco humano que se separa momentáneamente como si fuera un cardumen.
Los ojos de Buda, siguen impávidos, sempiternos y vigilantes, mostrando su penetrante mirada al mundo entre los cientos de banderas de oración que adornan la imponente “stupa” blanca y dorada de Boudhanath Pashupatinah en el corazón de Katmandú.
El aislamiento al que fue sometido Nepal bajo el dominio de los Sha, y recrudecido bajo el mando de los Rana, contribuyó a que las costumbres y tradiciones se conservaran en el curso del tiempo. En 1951 al recuperar el mando los Sha, el cruce de las fronteras se suavizó un poco, y su presencia en los mapas y destinos de viaje se hizo muy atractivo cuando Hillary y Tensing hicieron su memorable ascenso al Everest.
Más tarde, ya en los 60 cuando el movimiento hippie tomó casi por asalto la ciudad de Katmandú convirtiéndola, junto con Pokhara, en su cuartel general de drogas y desenfreno, que hicieron que el país entero con ansias tanto de libertad cómo de libertinaje, se convirtiera en un extraño “paraíso” que, con susto, gusto y duda, era tolerado por la población. Afortunadamente esto no tuvo mayores consecuencias en sus costumbres y modos de vida en los años posteriores.
Tres religiones comparten las promesas de diferentes cielos en el espíritu de los creyentes. El budismo, el hinduismo y el Islam aportan por igual el colorido y las dimensiones costumbristas a la vida de Nepal. Las stupas budistas y los templos hindúes atiborrados de colores, de imágenes y de los múltiples dioses de su intrincada cosmogonía, contrastan con los espacios de las mezquitas musulmanas que, aunque son sumamente adornadas, carecen de imágenes.
Casi en cada esquina de las estrechas calles se encuentra un templo atiborrado de efigies doradas y coloridas, untadas con polvo rojo de “tika”, cubiertas por siglos de pintura, de tierra y de oraciones, de lienzos color mostaza y carmesí y de flores de cempasuchitl, hibiscos, velas e inciensos que forman conjuntos sumamente extraños -a veces repulsivos para el visitante-, que son fervientes expresiones de agradecimiento y solicitudes milagrosas a sus dioses.
El humo de los sahumerios con olor a sándalo, y el aroma de la cera derretida de las velas encendidas en los altares perfuman sofocantemente el aire. Los cánticos graves de los monjes y las vibraciones de sus trompetas mezcladas con la resonancia de los gongs y el repique a destiempo de las campanas de los templos, aportan una especie de misterioso placer, tan vago como extraño.
Las estrechas calles que serpentean entre los edificios de tres pisos de ladrillos rojos empolvados, con sus ventanas superiores inclinadas, dejan asomar a las mujeres de ojos pintados de “kohl” a contemplar el atiborrado escenario de Thamel, centro neurálgico de la vida de la ciudad. Un hombre toca insistentemente el timbre de su bicicleta abriéndose paso entre la gente, frena súbitamente, sortea vendedores de especias y montones de ollas de latón, esquiva mujeres envueltas en saris y hombres en ropas oscuras, y desaparece como por encanto entre el hueco humano que se separa momentáneamente como si fuera un cardumen.
Los ojos de Buda, siguen impávidos, sempiternos y vigilantes, mostrando su penetrante mirada al mundo entre los cientos de banderas de oración que adornan la imponente “stupa” blanca y dorada de Boudhanath Pashupatinah en el corazón de Katmandú.