Suplementos
Jesús es el Mesías, es proclamado solemnemente
El culto cristiano pone fin al tiempo navideño y al tiempo de epifanía, con la celebración litúrgica del bautismo del Señor
El culto cristiano pone fin al tiempo navideño y al tiempo de epifanía, con la celebración litúrgica del bautismo del Señor.
Los tres sinópticos --Mateo, Lucas y Marcos-- narran este momento importante en la vida de Cristo. Importante, porque es la línea divisoria entre la vida oculta del Señor y su vida pública.
Importante, porque es la presentación oficial --dicho en los términos actuales-- del Mesías ante la humanidad, representada por la multitud congregada allí en la ribera del río Jordán.
La presentación es lo más solemne posible: Juan derramó el agua sobre la cabeza del Señor, y “al salir Jesús del agua vio que los cielos se abrían y el Espíritu en forma de paloma descendía sobre él”.
Luego el momento sublime: “Se oyó entonces una voz del cielo que decía: ‘Tú eres mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias’”.
Así fue manifestado. Los teólogos han llamado a este momento, en términos griegos, teofanía teándrica, el Hijo de Dios en su realidad humana.
Siervo, servidor, consagrado
al bien de los demás
Para la salvación de todos los hombres, el Verbo de Dios se revistió de la naturaleza humana, para así, en medio de los hombres y en todo semejante a los hombres, menos en el pecado, abrir los ojos de los ciegos, hacer caminar a los cojos y los tullidos, dar libertad a los prisioneros, evangelizar a los pobres y entregarse a la muerte para rescate de todos.
Con la palabra y, con más eficacia, con su ejemplo, dejó la enseñanza de su misión de servicio.
Ante el asombro de sus doce, se postró la última noche a lavar los pies de Pedro y de los demás. Al concluir les dijo: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque en verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros los pies unos a otros” (Juan 13, 13).
El bautismo de Cristo
Juan el Bautista, con humildad y apegado a la verdad, declaró que él bautizaba con agua, pero que después de él iba a venir quien bautizaría con el Espíritu Santo.
Al ser bautizado por Juan santifica el bautismo, para los que serían bautizados no en nombre de Juan, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y sería un sacramento, o sea un signo sensible que da la gracia.
Este bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana; es el pórtico de la vida del espíritu, la vida interior, la vida del alma; es la puerta que abre el acceso de los otros sacramentos.
Por el bautismo el ser humano se limpia de todo pecado, es regenerado; es decir, toma otra naturaleza, que se incorpora a la Iglesia y queda así participando de sus dones y de su misión.
Después de su resurrección, antes de elevarse a las alturas ante los ojos de sus discípulos, Cristo dejó como mandato de despedida estas palabras: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará” (Marcos 16, 15).
Primero es creer en Cristo y luego, como señal de que están dispuestos a vivir conforme a su divino mensaje, recibir el sacramento.
Primero evangelizar, y para asegurar la bienaventuranza, recibir el sacramento.
Cuando se les bautiza siendo niños, instruir a los padres y padrinos del niño y responsabilizarlos para que sean instruidos a su tiempo en edad, de la fe que profesan, la que recibieron en el bautismo, del conocimiento de Cristo y sus enseñanzas y de los deberes del cristiano.
Se ha cuidado con esmero no administrar el sacramento si no va precedido de las llamadas pláticas presacramentales, en particular antes del bautismo, de la confirmación y del matrimonio.
Y aunque se ha encontrado no pocas veces con descontento de quienes deben recibir la catequesis presacramental, se han logrado positivos resultados. Cristo envió a sus apóstoles a predicar y a bautizar. Primero se da el mensaje, luego el bautismo.
“Aquí hay agua, ¿qué
me impide ser bautizado?”
En el libro de los Hechos de los Apóstoles hay un momento de gracia en el que un dignatario etíope recibió el don del bautismo, mas antes la inquietud en buscar la luz con la lectura de las Sagradas Escrituras. “El ángel del Señor le habló a Felipe --uno de los doce apóstoles, diciendo: ‘Levántate y ve hacia el mediodía por el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza --geografía muy conocida en estos días--”.
Allí se encontró con ese etiope ministro de Candaces, reina de los etiopes; estaba sentado en su carruaje leyendo al profeta Isaías. Le preguntó Felipe: “¿Entiendes lo que vas leyendo?” -- “¿Cómo voy a entenderlo, si alguien no me lo explica?”.
Siguió el diálogo y Felipe le explicó las profecías, le abrió los ojos a la fe y el etíope acabó diciendo: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”. Felipe, entonces, lo bautizó.
Fray Toribio de Benavente
Éste es una de las doce antorchas de los doce frailes franciscanos que subieron, de las arenas del puerto de Veracruz, a la altiplanicie de la gran Tenochtitlan, el año de gracia de 1525, portando el fuego del amor y la luz de la fe en Cristo.
Cuando pasaban por Tlaxcala, los naturales se admiraron de su pobreza y en su lengua repitieron “¡motolinía!”, o sea pobreza.
Las crónicas dan testimonio de que, previa la preparación evangélica, Fray Toribio de Benavente, con su propia mano, bautizó en su larga vida a más de cuatrocientos mil indígenas. Debían de abandonar no sólo sus dioses y sus ritos, sino sus costumbres y vicios, porque los frailes los instaban a aceptar que el bautismo debería ser como enseña San Pablo, muerte del hombre viejo para que naciera el hombre nuevo según Cristo.
Una criatura nueva
Así lo dice San Pablo en la segunda carta a los de Corinto: “De suerte que el que es de Cristo, se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo”.
El bautizado es un hijo adoptivo de Dios. San Pablo (Gálatas 4, 57) dice: “Mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley para que recibieran la adopción”.
Por ese motivo los bautizados, al dirigirse en su oración a Dios, pueden con toda seguridad llamarle con el nombre de Padre. Los musulmanes le llaman Alá, los judíos le nombran Yahvé, Jehová o Señor.
El bautizado dice la oración dominical, así llamada porque Dómine es el Señor, quien la enseñó a sus discípulos y los enseñó a invocar “a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Señor y a vuestro Dios”.
Esta oración resume todo el Evangelio. Con esta oración, con la confianza de hijo, el bautizado pide cuanto puede pedir con rectitud.
Es una oración para pedir en común, al Padre Nuestro, danos el pan, perdona nuestras ofensas. No es una sola alma, es la oración de todos los bautizados juntos, la de los hijos, la del cuerpo de la Iglesia.
Así, con el bautismo de Cristo, se le pone punto final al tiempo de Navidad.
Pbro. José R. Ramírez
Los tres sinópticos --Mateo, Lucas y Marcos-- narran este momento importante en la vida de Cristo. Importante, porque es la línea divisoria entre la vida oculta del Señor y su vida pública.
Importante, porque es la presentación oficial --dicho en los términos actuales-- del Mesías ante la humanidad, representada por la multitud congregada allí en la ribera del río Jordán.
La presentación es lo más solemne posible: Juan derramó el agua sobre la cabeza del Señor, y “al salir Jesús del agua vio que los cielos se abrían y el Espíritu en forma de paloma descendía sobre él”.
Luego el momento sublime: “Se oyó entonces una voz del cielo que decía: ‘Tú eres mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias’”.
Así fue manifestado. Los teólogos han llamado a este momento, en términos griegos, teofanía teándrica, el Hijo de Dios en su realidad humana.
Siervo, servidor, consagrado
al bien de los demás
Para la salvación de todos los hombres, el Verbo de Dios se revistió de la naturaleza humana, para así, en medio de los hombres y en todo semejante a los hombres, menos en el pecado, abrir los ojos de los ciegos, hacer caminar a los cojos y los tullidos, dar libertad a los prisioneros, evangelizar a los pobres y entregarse a la muerte para rescate de todos.
Con la palabra y, con más eficacia, con su ejemplo, dejó la enseñanza de su misión de servicio.
Ante el asombro de sus doce, se postró la última noche a lavar los pies de Pedro y de los demás. Al concluir les dijo: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque en verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros los pies unos a otros” (Juan 13, 13).
El bautismo de Cristo
Juan el Bautista, con humildad y apegado a la verdad, declaró que él bautizaba con agua, pero que después de él iba a venir quien bautizaría con el Espíritu Santo.
Al ser bautizado por Juan santifica el bautismo, para los que serían bautizados no en nombre de Juan, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y sería un sacramento, o sea un signo sensible que da la gracia.
Este bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana; es el pórtico de la vida del espíritu, la vida interior, la vida del alma; es la puerta que abre el acceso de los otros sacramentos.
Por el bautismo el ser humano se limpia de todo pecado, es regenerado; es decir, toma otra naturaleza, que se incorpora a la Iglesia y queda así participando de sus dones y de su misión.
Después de su resurrección, antes de elevarse a las alturas ante los ojos de sus discípulos, Cristo dejó como mandato de despedida estas palabras: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará” (Marcos 16, 15).
Primero es creer en Cristo y luego, como señal de que están dispuestos a vivir conforme a su divino mensaje, recibir el sacramento.
Primero evangelizar, y para asegurar la bienaventuranza, recibir el sacramento.
Cuando se les bautiza siendo niños, instruir a los padres y padrinos del niño y responsabilizarlos para que sean instruidos a su tiempo en edad, de la fe que profesan, la que recibieron en el bautismo, del conocimiento de Cristo y sus enseñanzas y de los deberes del cristiano.
Se ha cuidado con esmero no administrar el sacramento si no va precedido de las llamadas pláticas presacramentales, en particular antes del bautismo, de la confirmación y del matrimonio.
Y aunque se ha encontrado no pocas veces con descontento de quienes deben recibir la catequesis presacramental, se han logrado positivos resultados. Cristo envió a sus apóstoles a predicar y a bautizar. Primero se da el mensaje, luego el bautismo.
“Aquí hay agua, ¿qué
me impide ser bautizado?”
En el libro de los Hechos de los Apóstoles hay un momento de gracia en el que un dignatario etíope recibió el don del bautismo, mas antes la inquietud en buscar la luz con la lectura de las Sagradas Escrituras. “El ángel del Señor le habló a Felipe --uno de los doce apóstoles, diciendo: ‘Levántate y ve hacia el mediodía por el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza --geografía muy conocida en estos días--”.
Allí se encontró con ese etiope ministro de Candaces, reina de los etiopes; estaba sentado en su carruaje leyendo al profeta Isaías. Le preguntó Felipe: “¿Entiendes lo que vas leyendo?” -- “¿Cómo voy a entenderlo, si alguien no me lo explica?”.
Siguió el diálogo y Felipe le explicó las profecías, le abrió los ojos a la fe y el etíope acabó diciendo: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”. Felipe, entonces, lo bautizó.
Fray Toribio de Benavente
Éste es una de las doce antorchas de los doce frailes franciscanos que subieron, de las arenas del puerto de Veracruz, a la altiplanicie de la gran Tenochtitlan, el año de gracia de 1525, portando el fuego del amor y la luz de la fe en Cristo.
Cuando pasaban por Tlaxcala, los naturales se admiraron de su pobreza y en su lengua repitieron “¡motolinía!”, o sea pobreza.
Las crónicas dan testimonio de que, previa la preparación evangélica, Fray Toribio de Benavente, con su propia mano, bautizó en su larga vida a más de cuatrocientos mil indígenas. Debían de abandonar no sólo sus dioses y sus ritos, sino sus costumbres y vicios, porque los frailes los instaban a aceptar que el bautismo debería ser como enseña San Pablo, muerte del hombre viejo para que naciera el hombre nuevo según Cristo.
Una criatura nueva
Así lo dice San Pablo en la segunda carta a los de Corinto: “De suerte que el que es de Cristo, se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo”.
El bautizado es un hijo adoptivo de Dios. San Pablo (Gálatas 4, 57) dice: “Mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley para que recibieran la adopción”.
Por ese motivo los bautizados, al dirigirse en su oración a Dios, pueden con toda seguridad llamarle con el nombre de Padre. Los musulmanes le llaman Alá, los judíos le nombran Yahvé, Jehová o Señor.
El bautizado dice la oración dominical, así llamada porque Dómine es el Señor, quien la enseñó a sus discípulos y los enseñó a invocar “a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Señor y a vuestro Dios”.
Esta oración resume todo el Evangelio. Con esta oración, con la confianza de hijo, el bautizado pide cuanto puede pedir con rectitud.
Es una oración para pedir en común, al Padre Nuestro, danos el pan, perdona nuestras ofensas. No es una sola alma, es la oración de todos los bautizados juntos, la de los hijos, la del cuerpo de la Iglesia.
Así, con el bautismo de Cristo, se le pone punto final al tiempo de Navidad.
Pbro. José R. Ramírez