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Jesucristo es Rey
Jesús mismo dijo que su Reino no era de este mundo, y más de alguna vez también Él habló del “Reino de los cielos”
Es evidente que nos gusta adjudicarle a nuestro Señor Jesucristo el título de “rey”; aunque si lo pensamos detenidamente, es muy inexacto, pero tal vez no encontramos otro más apropiado.
Jesús mismo dijo que su Reino no era de este mundo, y más de alguna vez también Él habló del “Reino de los cielos”.
Lo cierto es que si miramos a los reyes de este mundo, no es muy adecuado para nuestro Señor Jesucristo.
Pero como no hemos encontrado un título que le quede a la medida, y como nosotros nos entendemos muy bien llamándole Cristo Rey, seguiremos por este camino, mas poniendo en claro algunos conceptos que ahora queremos resaltar.
Jesús es Rey, pero su reinado no se desenvuelve en este mundo... Él quiere reinar en los corazones, y su única forma de reinar allí es por el amor.
Nada hay de nuevo y ningún secreto, si desde el principio su mandamiento máximo y único es el amor.
Los reyes de este mundo viven a expensas de sus súbditos, a quienes cobran impuestos y regalías; solamente los pobres, los que nada tienen, los que sólo poseen su pobreza, son los que salen beneficiados con los dones y regalos que los reyes les hacen.
En tal sentido nosotros somos siempre indigentes, si nos comparamos con Él. Y siempre que llegamos a su presencia es para implorar alguna gracia o remedio a nuestras necesidades.
Así llevamos ventaja, ya que siempre salimos beneficiados porque su amor es misericordioso, grande, infinito e inagotable, y siempre tiene las manos abiertas para socorrernos y colmadas de dones para darnos mucho más de lo que le pedimos. Sobre todo nos da su amor sin límite ni medida.
Lo que a veces no tomamos en cuenta, es que todo en el mundo y en la vida tiene su contraparte, y lo más gratuito que recibimos es lo que trae adjunto un compromiso mayor.
Aceptar a Jesucristo como nuestro Rey y Señor, implica corresponderle en la misma medida de amor y seguir sus ejemplos con la misma incondicionalidad con la cual Él nos otorga su vida.
Y bien sabemos que Cristo Jesús nunca vendrá a presentarse ante nuestros ojos para que le entreguemos la ofrenda de nuestra dedicación, ternura y cariño. No obstante, Él quiere estar presente en cada prójimo que pasa a nuestro lado por el camino de la vida, y es a ellos a quienes tenemos que darles expresiones concretas de amor que daríamos a nuestro Rey Jesús.
Es por Él y en su nombre que se otorga el amor, y Él lo recibe como hecho a sí mismo y lo da en nuestras manos como salido de Él mismo.
Pero miremos bien lo que sucede en nuestro entorno: familias que en vez de amarse como Dios quiere, se despedazan; hombres que se aprovechan de las mujeres casi niñas y las dejan abandonadas a su suerte; padres irresponsables que deja a sus hijos en la más desolada orfandad.
Historias de dolor y muerte provocadas, envidias, robos, abusos, mentiras, traiciones, estafas, burlas.
Todo esto y mucho más que vemos y constatamos en nuestro entorno, NO es amor, no es lo que el Señor quiere, no es lo que nos pide como aporte en la construcción de su Reino.
María Belén Sánchez fsp
Jesús mismo dijo que su Reino no era de este mundo, y más de alguna vez también Él habló del “Reino de los cielos”.
Lo cierto es que si miramos a los reyes de este mundo, no es muy adecuado para nuestro Señor Jesucristo.
Pero como no hemos encontrado un título que le quede a la medida, y como nosotros nos entendemos muy bien llamándole Cristo Rey, seguiremos por este camino, mas poniendo en claro algunos conceptos que ahora queremos resaltar.
Jesús es Rey, pero su reinado no se desenvuelve en este mundo... Él quiere reinar en los corazones, y su única forma de reinar allí es por el amor.
Nada hay de nuevo y ningún secreto, si desde el principio su mandamiento máximo y único es el amor.
Los reyes de este mundo viven a expensas de sus súbditos, a quienes cobran impuestos y regalías; solamente los pobres, los que nada tienen, los que sólo poseen su pobreza, son los que salen beneficiados con los dones y regalos que los reyes les hacen.
En tal sentido nosotros somos siempre indigentes, si nos comparamos con Él. Y siempre que llegamos a su presencia es para implorar alguna gracia o remedio a nuestras necesidades.
Así llevamos ventaja, ya que siempre salimos beneficiados porque su amor es misericordioso, grande, infinito e inagotable, y siempre tiene las manos abiertas para socorrernos y colmadas de dones para darnos mucho más de lo que le pedimos. Sobre todo nos da su amor sin límite ni medida.
Lo que a veces no tomamos en cuenta, es que todo en el mundo y en la vida tiene su contraparte, y lo más gratuito que recibimos es lo que trae adjunto un compromiso mayor.
Aceptar a Jesucristo como nuestro Rey y Señor, implica corresponderle en la misma medida de amor y seguir sus ejemplos con la misma incondicionalidad con la cual Él nos otorga su vida.
Y bien sabemos que Cristo Jesús nunca vendrá a presentarse ante nuestros ojos para que le entreguemos la ofrenda de nuestra dedicación, ternura y cariño. No obstante, Él quiere estar presente en cada prójimo que pasa a nuestro lado por el camino de la vida, y es a ellos a quienes tenemos que darles expresiones concretas de amor que daríamos a nuestro Rey Jesús.
Es por Él y en su nombre que se otorga el amor, y Él lo recibe como hecho a sí mismo y lo da en nuestras manos como salido de Él mismo.
Pero miremos bien lo que sucede en nuestro entorno: familias que en vez de amarse como Dios quiere, se despedazan; hombres que se aprovechan de las mujeres casi niñas y las dejan abandonadas a su suerte; padres irresponsables que deja a sus hijos en la más desolada orfandad.
Historias de dolor y muerte provocadas, envidias, robos, abusos, mentiras, traiciones, estafas, burlas.
Todo esto y mucho más que vemos y constatamos en nuestro entorno, NO es amor, no es lo que el Señor quiere, no es lo que nos pide como aporte en la construcción de su Reino.
María Belén Sánchez fsp