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Jaime y Ramiro... el cilantro y el perejil
Jalisco en LA
Así como el cilantro y el perejil, finas hierbas que muy pocos son capaces de distinguir pero que, se sabe, poseen sabor y olor propio en cada plato; así, son Jaime y Ramiro, una pareja de chefs jaliscienses que no sólo unieron sus talentos tras el fuego lento, sino que, amen de su sazón, lograron hacer una sola firma en su pequeño restaurante La Casita Mexicana de Los Ángeles, California.
De Tecolotlán
Ramiro Arvízu, de Tecolotlán, Jalisco (puerta de la costa), recuerda su primer contacto con la comida y sus artes en la cocina de su abuela, dueña de la cenaduría Dona Chuy, la más famosa y concurrida del pueblo. “Era una mujer que tenía mucho respeto por la comida y sabía aprovechar cada ingrediente”, comenta Ramiro, quien de niño era el encargado de apartar las hojas de maíz para los tamales, limpiar los frijoles, escoger los chiles, batir las masas y acarrear las diferentes leñas, porque, según cuenta, su abuela decía que había un tipo de leña para el sabor de cada platillo.
Sus estudios fueron en Turismo, lo que lo llevó a trabajar durante cinco años para Aeroméxico, después entró a la Línea Aérea de China, lo que le permitió viajar y conocer de su pasión por la gastronomía mexicana y del mundo. Fue a los 18 años cuando llegó a Estados Unidos, país al que arribó con sus abuelos, después de que su padre y madre emigraran mediante el programa de los braseros.
De Tototlán
Jaime Martín del Campo nació en Tototlán, cuenca lechera de Jalisco. Desde sus días de infancia en aquel lugar supo que había nacido para cocinar, aunque eso le costara trabajo, pues en aquellos entonces las cocinas eran santuarios destinados a las mujeres. En cuanto pudo, se coló y se empapó del amor a la comida que heredó también de su abuela, quien se dedicaba a hacer quesos, requesón, jocoque y crema, aunque esa pasión creció viendo las magias y recetas de su mamá, para él, la mejor cocinera: “Era de las que aprovechaba las temporadas y los ingredientes, digamos que fue la creatividad que le dio la necesidad de darle de comer a seis hijos, así que con los elotes de la temporada hacía torta, crema, tamales y lo que se le ocurriera”. Vivió hasta los 15 años de edad en su pueblo y emigró a Guadalajara en donde dejó una carrera de Turismo inconclusa para irse a los Estados Unidos, como la mayoría de los latinos que allá se encuentran, por necesidad económica y el sueño de tener un patrimonio en el país en que nacieron.
Se conocieron, ambos trabajando en aerolíneas, Jaime en una de Indonesia y Ramiro en una china donde, ambos nunca serían más que empleados. Hablaron del sueño de los dos, abrir un lugar que en realidad le rindiera honor a la comida mexicana, a Jaime lo corrieron del trabajo “y me puse tan contento”, comenta, porque este asunto le dio impulsó para tratar de convencer a Ramiro, quien no tan fácilmente tomó a su vez la decisión de dejar todo por, como dicen, un sueño, más que americano, guajiro.
Todo lo que conlleva una decisión como esta sucedió, desde el esfuerzo por construir el lugar, las debacles económicas y hasta el apoyo de tías y familiares, antes de lograr abrir las puertas de una pequeña fondita ubicada sobre la avenida Gage de Bell, California, un barrio de latinos, especialmente mexicanos.
Con diez años de tener los fogones prendidos para preparar moles, pipianes, caldos, tortillas y carnes, La Casita Mexicana es hoy, un pequeño santuario de verdadera cocina mexicana, así, como la que se sirve en las mesas de las abuelas y que no se ve en ninguna otra parte de la geografía estadounidense, pues, según comentan Jaime y Ramiro, es justo con los sabores de la comida tex-mex con los que han tenido que batallar, antes de convencer a alguien que la de La Casita es la verdadera esencia de la comida nacional.
Uno de los principales valores de la historia que cuentan Jaime y Ramiro es, no solo la creación de un restaurante como La Casita, sino el cariño de cientos de clientes que a diario buscan el sazón en el platillo del día, así como en los más de 50 premios y reconocimientos que les han otorgado diarios como el New York Times, La Opinión o Los Ángeles Times, entre muchos otros y entre los que se encuentra su trabajo como embajadores de la cocina mexicana en el Forum de las Artes en Monterrey y su quehacer dentro de la televisión de habla hispana, trabajo que comenzaron como invitados a poner la mesa en Canal 62 y terminó en Univisión en una sección llamada Los Secretos del Chef, todos los jueves. Una colaboración en Discovery Channel para el programa Relatos con Sabor y finalmente su aparición en The Food Channel, en donde fueron invitados a mostrar su receta de los chiles rellenos; lo que no sabían es que era una competencia con uno de los chefs más reconocidos en el mundo, Bobby Flay, crítico con más de una docena de restaurantes y bares en diversas ciudades del mundo y a quien vencieron en la competencia con su muy particular y mexicana manera de preparar los chiles rellenos. (www.foodnetwork.com/throwdown-with-bobby-flay).
Después de esto, la pareja de chefs fue nominada al mejor restaurante en la categoría de comida del Pacífico por la Fundación James Beard, según comentan los expertos, es en la cocina, lo equivalente a los Oscares para el arte fílmico. Además de ser nominados entre nueve mil 600 aspirantes, fueron invitados a la premiación en Nueva York como los chefs de gala, los primeros mexicanos invitados y nominados en 17 años; asunto que, dicen, le deben a Jonathan Gold, crítico de cocina en el LA Weekly y Gourmet Magazine, ganador del Pulitzer en el 2007, y a quien dicen estos chefs, deben su aparición en el mapa.
Hoy, este par de apasionados cocineros trabajan en hacer crecer su negocio, pero más que nada en mantener su calidad con comida totalmente orgánica, así como quitar las malas creencias que se tienen sobre la comida mexicana: que es grasosa, poco nutritiva, muy picante… “Hay que saber jugar bien los ingredientes. Hay chiles que dan sabor, color y olor. Hay chiles para todo”, dicen quienes luchan en el día a día por no ofrecer en su restaurante burritos o cheaps y que el inmigrante crea que lo que come ahí sí es comida mexicana, aunque también creen que la comida mexicana no es tanto de tecnicismos y recetas: “Es la pasión con la que creces y naces”, comentan.
La última cena
Su comida favorita, si fuera la última en la vida, sería un suculento plato de frijoles recién hechos, una salsa de molcajete, queso fresco y tortillas salidas del comal, dijeron ambos, señal de que la comunión en los gustos y el matrimonio entre los dos sazones es la misma que se huele, se siente y se sabe en cada cucharada, en cada taco y en cada una de las creaciones en la cocina de Jaime y Ramiro, dos jaliscienses en LA.
De Tecolotlán
Ramiro Arvízu, de Tecolotlán, Jalisco (puerta de la costa), recuerda su primer contacto con la comida y sus artes en la cocina de su abuela, dueña de la cenaduría Dona Chuy, la más famosa y concurrida del pueblo. “Era una mujer que tenía mucho respeto por la comida y sabía aprovechar cada ingrediente”, comenta Ramiro, quien de niño era el encargado de apartar las hojas de maíz para los tamales, limpiar los frijoles, escoger los chiles, batir las masas y acarrear las diferentes leñas, porque, según cuenta, su abuela decía que había un tipo de leña para el sabor de cada platillo.
Sus estudios fueron en Turismo, lo que lo llevó a trabajar durante cinco años para Aeroméxico, después entró a la Línea Aérea de China, lo que le permitió viajar y conocer de su pasión por la gastronomía mexicana y del mundo. Fue a los 18 años cuando llegó a Estados Unidos, país al que arribó con sus abuelos, después de que su padre y madre emigraran mediante el programa de los braseros.
De Tototlán
Jaime Martín del Campo nació en Tototlán, cuenca lechera de Jalisco. Desde sus días de infancia en aquel lugar supo que había nacido para cocinar, aunque eso le costara trabajo, pues en aquellos entonces las cocinas eran santuarios destinados a las mujeres. En cuanto pudo, se coló y se empapó del amor a la comida que heredó también de su abuela, quien se dedicaba a hacer quesos, requesón, jocoque y crema, aunque esa pasión creció viendo las magias y recetas de su mamá, para él, la mejor cocinera: “Era de las que aprovechaba las temporadas y los ingredientes, digamos que fue la creatividad que le dio la necesidad de darle de comer a seis hijos, así que con los elotes de la temporada hacía torta, crema, tamales y lo que se le ocurriera”. Vivió hasta los 15 años de edad en su pueblo y emigró a Guadalajara en donde dejó una carrera de Turismo inconclusa para irse a los Estados Unidos, como la mayoría de los latinos que allá se encuentran, por necesidad económica y el sueño de tener un patrimonio en el país en que nacieron.
Se conocieron, ambos trabajando en aerolíneas, Jaime en una de Indonesia y Ramiro en una china donde, ambos nunca serían más que empleados. Hablaron del sueño de los dos, abrir un lugar que en realidad le rindiera honor a la comida mexicana, a Jaime lo corrieron del trabajo “y me puse tan contento”, comenta, porque este asunto le dio impulsó para tratar de convencer a Ramiro, quien no tan fácilmente tomó a su vez la decisión de dejar todo por, como dicen, un sueño, más que americano, guajiro.
Todo lo que conlleva una decisión como esta sucedió, desde el esfuerzo por construir el lugar, las debacles económicas y hasta el apoyo de tías y familiares, antes de lograr abrir las puertas de una pequeña fondita ubicada sobre la avenida Gage de Bell, California, un barrio de latinos, especialmente mexicanos.
Con diez años de tener los fogones prendidos para preparar moles, pipianes, caldos, tortillas y carnes, La Casita Mexicana es hoy, un pequeño santuario de verdadera cocina mexicana, así, como la que se sirve en las mesas de las abuelas y que no se ve en ninguna otra parte de la geografía estadounidense, pues, según comentan Jaime y Ramiro, es justo con los sabores de la comida tex-mex con los que han tenido que batallar, antes de convencer a alguien que la de La Casita es la verdadera esencia de la comida nacional.
Uno de los principales valores de la historia que cuentan Jaime y Ramiro es, no solo la creación de un restaurante como La Casita, sino el cariño de cientos de clientes que a diario buscan el sazón en el platillo del día, así como en los más de 50 premios y reconocimientos que les han otorgado diarios como el New York Times, La Opinión o Los Ángeles Times, entre muchos otros y entre los que se encuentra su trabajo como embajadores de la cocina mexicana en el Forum de las Artes en Monterrey y su quehacer dentro de la televisión de habla hispana, trabajo que comenzaron como invitados a poner la mesa en Canal 62 y terminó en Univisión en una sección llamada Los Secretos del Chef, todos los jueves. Una colaboración en Discovery Channel para el programa Relatos con Sabor y finalmente su aparición en The Food Channel, en donde fueron invitados a mostrar su receta de los chiles rellenos; lo que no sabían es que era una competencia con uno de los chefs más reconocidos en el mundo, Bobby Flay, crítico con más de una docena de restaurantes y bares en diversas ciudades del mundo y a quien vencieron en la competencia con su muy particular y mexicana manera de preparar los chiles rellenos. (www.foodnetwork.com/throwdown-with-bobby-flay).
Después de esto, la pareja de chefs fue nominada al mejor restaurante en la categoría de comida del Pacífico por la Fundación James Beard, según comentan los expertos, es en la cocina, lo equivalente a los Oscares para el arte fílmico. Además de ser nominados entre nueve mil 600 aspirantes, fueron invitados a la premiación en Nueva York como los chefs de gala, los primeros mexicanos invitados y nominados en 17 años; asunto que, dicen, le deben a Jonathan Gold, crítico de cocina en el LA Weekly y Gourmet Magazine, ganador del Pulitzer en el 2007, y a quien dicen estos chefs, deben su aparición en el mapa.
Hoy, este par de apasionados cocineros trabajan en hacer crecer su negocio, pero más que nada en mantener su calidad con comida totalmente orgánica, así como quitar las malas creencias que se tienen sobre la comida mexicana: que es grasosa, poco nutritiva, muy picante… “Hay que saber jugar bien los ingredientes. Hay chiles que dan sabor, color y olor. Hay chiles para todo”, dicen quienes luchan en el día a día por no ofrecer en su restaurante burritos o cheaps y que el inmigrante crea que lo que come ahí sí es comida mexicana, aunque también creen que la comida mexicana no es tanto de tecnicismos y recetas: “Es la pasión con la que creces y naces”, comentan.
La última cena
Su comida favorita, si fuera la última en la vida, sería un suculento plato de frijoles recién hechos, una salsa de molcajete, queso fresco y tortillas salidas del comal, dijeron ambos, señal de que la comunión en los gustos y el matrimonio entre los dos sazones es la misma que se huele, se siente y se sabe en cada cucharada, en cada taco y en cada una de las creaciones en la cocina de Jaime y Ramiro, dos jaliscienses en LA.