Suplementos
Huahine
La isla bonita, localizada al este de Tahití, ofrece a la vista bellos paisajes
GUADALAJARA, JALISCO (09/DIC/2012).- A175 kilómetros al noroeste de Tahití, se localiza la hermosa isla de la mujer Huahine, llamada así por la silueta del monte Tavaiura, que parece una mujer acostada y embarazada, antaño se le conocía como Matairea, “brisa dichosa”. En 1775, Domingo Bonaechea la bautizó acertadamente “La Hermosa”. Es una de las Islas de la Sociedad, conformada por dos penínsulas montañosas: Huahine Nui (Gran Huahine) y Huahine Iti (Pequeña Huahine), enlazada por un angosto istmo que divide las bahías de Maroe y Bourayne. En la primera península sobresale el cerro Turi con 669 metros, y en la segunda el Pohuerahi con 462.
El primero en descubrir la isla bonita fue el legendario James Cook, quien nació en Yorkshire, Inglaterra, marinero nato, extraordinario explorador y excelente cartógrafo. Los cometidos relevantes de su primer viaje eran: “buscar una tierra desconocida en un mar desconocido”, el quimérico Continente Austral. Y contemplar el recorrido de Venus ante el Sol, pronosticado para el 3 de junio de 1769.
El 25 de agosto de 1768, el panzudo carbonero nombrado “Endeavour” soltó amarras y, luego de 11 meses de surcar mares, el capitán Cook ancló en la bahía de Matavai, de la hechizante Tahití, donde fue recibido amigablemente; varios marineros se enamoraron de las encantadoras tahitianas, francas, amables y de buen humor, pues vivían en un paraíso natural y sencillamente. El 13 de julio de 1769 levantaron ancla, y por un mes el audaz capitán exploró un fantástico archipiélago al que bautizó “Islas de la Sociedad”, “por estar todas contiguas”. El guía obedecía al nombre de Tupia, un sabio chaman, quien le indicó 74 islas para la carta que elaboró el capitán, “Pero no vemos que sepa o haya oído de ningún continente”, puras islas… A través de sus viajes el capitán concluyó que dos culturas distintas, Melanesia y Polinesia, se habían extendido por el espacioso Pacífico Sur.
Tras apreciar el puerto de Papeete, nos embarcamos con regocijo en el fantástico velero nombrado “Windsong”, de la Windstar Sail Cruises. De cuatro mástiles y de acabados con finas maderas. “A finales de 1986, el primer barco de vela comercial construído en 60 años, salió de un francés dique seco en Le Havre. A pesar de las enormes velas se hizo eco de una época pasada de exploradores. La Estrella del viento RMS, con sus líneas puras y los controles computarizados, fue revolucionario en su concepto y diseño”.
Demasiado emocionados nos instalamos en nuestro respectivo camarote. A las cinco de la tarde nos encontramos en la cubierta a brindar por la Polinesia Francesa y por la dicha de estar pisando el maravilloso Windsong. Escuchamos buena música, a la vez mirábamos el animado puerto, las expresivas montañas, el imponente mar y el romántico atardecer. La deliciosa cena se fue sirviendo desde las ocho y, después, una buena orquesta nos invitó a bailar en el salón; los músicos se despidieron a media noche.
Al despuntar el alba, el velero ya se deslizaba por las aguas turquesas, los vientos marinos cantaban alegría al rosar las velas, vientos fugaces. El velero se fue acercando a la fabulosa isla Huahine, circundada por un escollo coralino, que forma una insólita laguna azul pastel. Cerca de las 11, dos cautivadores cabos nos mostraron una bella bahía, abrazada por bizarras montañas, con atractivas piedras en sus crestas, era la sensacional Bahía de Maroe; el timonel se adentró por el mágico brazo de mar que separa en gran parte a las Huahines, regalándonos deliciosos paisajes hasta fondear frente al florido poblado de Maroe, al cual llegamos en lancha, el caserío animado por gardenias, buganvillas y obeliscos. Los isleños nos saludaron como viejos amigos.
Luego de caminar por el pequeño poblado fuimos a un espléndido mirador, en donde contemplamos la sensacional bahía con palmeras en sus partes bajas, los pliegues de las lomas salientes y las insólitas piedras, todo ello enmarcaba al “Windsong” que posaba en las sosegadas aguas, parecía una embarcación exploradora en aquel paraje natural.
Enseguida fuimos a mirar unas piedras arqueológicas, anchas, planas y paradas, formando un muro a hueso, aledañas a un recinto sobre pilotes, con extremos circulares. Más tarde navegamos en un sunfish, mientras otros esquiaban en aquella fabulosa bahía. A las siete de la noche, el capitán nos dio la bienvenida, se dieron cocteles y canapés, luego se sirvió la cena y posteriormente la música animó el salón y a bailar.
El primero en descubrir la isla bonita fue el legendario James Cook, quien nació en Yorkshire, Inglaterra, marinero nato, extraordinario explorador y excelente cartógrafo. Los cometidos relevantes de su primer viaje eran: “buscar una tierra desconocida en un mar desconocido”, el quimérico Continente Austral. Y contemplar el recorrido de Venus ante el Sol, pronosticado para el 3 de junio de 1769.
El 25 de agosto de 1768, el panzudo carbonero nombrado “Endeavour” soltó amarras y, luego de 11 meses de surcar mares, el capitán Cook ancló en la bahía de Matavai, de la hechizante Tahití, donde fue recibido amigablemente; varios marineros se enamoraron de las encantadoras tahitianas, francas, amables y de buen humor, pues vivían en un paraíso natural y sencillamente. El 13 de julio de 1769 levantaron ancla, y por un mes el audaz capitán exploró un fantástico archipiélago al que bautizó “Islas de la Sociedad”, “por estar todas contiguas”. El guía obedecía al nombre de Tupia, un sabio chaman, quien le indicó 74 islas para la carta que elaboró el capitán, “Pero no vemos que sepa o haya oído de ningún continente”, puras islas… A través de sus viajes el capitán concluyó que dos culturas distintas, Melanesia y Polinesia, se habían extendido por el espacioso Pacífico Sur.
Tras apreciar el puerto de Papeete, nos embarcamos con regocijo en el fantástico velero nombrado “Windsong”, de la Windstar Sail Cruises. De cuatro mástiles y de acabados con finas maderas. “A finales de 1986, el primer barco de vela comercial construído en 60 años, salió de un francés dique seco en Le Havre. A pesar de las enormes velas se hizo eco de una época pasada de exploradores. La Estrella del viento RMS, con sus líneas puras y los controles computarizados, fue revolucionario en su concepto y diseño”.
Demasiado emocionados nos instalamos en nuestro respectivo camarote. A las cinco de la tarde nos encontramos en la cubierta a brindar por la Polinesia Francesa y por la dicha de estar pisando el maravilloso Windsong. Escuchamos buena música, a la vez mirábamos el animado puerto, las expresivas montañas, el imponente mar y el romántico atardecer. La deliciosa cena se fue sirviendo desde las ocho y, después, una buena orquesta nos invitó a bailar en el salón; los músicos se despidieron a media noche.
Al despuntar el alba, el velero ya se deslizaba por las aguas turquesas, los vientos marinos cantaban alegría al rosar las velas, vientos fugaces. El velero se fue acercando a la fabulosa isla Huahine, circundada por un escollo coralino, que forma una insólita laguna azul pastel. Cerca de las 11, dos cautivadores cabos nos mostraron una bella bahía, abrazada por bizarras montañas, con atractivas piedras en sus crestas, era la sensacional Bahía de Maroe; el timonel se adentró por el mágico brazo de mar que separa en gran parte a las Huahines, regalándonos deliciosos paisajes hasta fondear frente al florido poblado de Maroe, al cual llegamos en lancha, el caserío animado por gardenias, buganvillas y obeliscos. Los isleños nos saludaron como viejos amigos.
Luego de caminar por el pequeño poblado fuimos a un espléndido mirador, en donde contemplamos la sensacional bahía con palmeras en sus partes bajas, los pliegues de las lomas salientes y las insólitas piedras, todo ello enmarcaba al “Windsong” que posaba en las sosegadas aguas, parecía una embarcación exploradora en aquel paraje natural.
Enseguida fuimos a mirar unas piedras arqueológicas, anchas, planas y paradas, formando un muro a hueso, aledañas a un recinto sobre pilotes, con extremos circulares. Más tarde navegamos en un sunfish, mientras otros esquiaban en aquella fabulosa bahía. A las siete de la noche, el capitán nos dio la bienvenida, se dieron cocteles y canapés, luego se sirvió la cena y posteriormente la música animó el salón y a bailar.