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Hoy puede ser un gran día
Hoy puede ser un gran día, dáte una oportunidad
“...Hoy puede ser un gran día, donde todo está por descubrir,
si lo empleas como el último que te toca vivir.
Saca de paseo a tus instintos y ventílalos al sol
y no dosifiques los placeres; si puedes, derróchalos.
Si la rutina te aplasta, dile que ya basta de mediocridad...
Hoy puede ser un gran día, dáte una oportunidad...”
Me tomé la libertad de iniciar este texto con las palabras de un poeta y cantante excepcional, ya que no encuentro mejor manera de empezar el día de hoy. Me gustaría amanecer positiva cada mañana, pero a veces el gris se incrusta en el ánimo.
Todos y cada uno de los días que nos toca vivir tienen -minutos menos, minutos más- la misma duración. Nos despierta el mismo sol por las mañanas, nos despide la misma luna al anochecer. Podría decirse que la rutina se apodera por temporadas de nuestra vida citadina: manotazo al despertador, salto a la regadera, desayuno veloz, hacer cola en el banco, casi puntual a la oficina, comida con los colegas, resolver imprevistos, cita de última hora, tráfico en hora pico, pasar a la tintorería, comprar leche y pan, cena en familia, dosis de televisión, cepillarse los dientes, leer el libro del buró, quedarse dormido con el libro abierto y soñar las vacaciones ideales en la playa, interrumpidas por deudas monstruosas que te persiguen con dientes afilados y niños llorando a medianoche que brincan a tu cama y te roban la cobija para refugiarse. A la mañana siguiente... de vuelta a empezar.
Como esta rutina, hay muchas, y a casi nadie le gusta sentir que vive de manera rutinaria. Siempre queremos romper la rutina, porque la consideramos aburrida. Sin embargo, todo en esta vida acaba por convertirse en una, ya que hay cosas que no podemos dejar de hacer, por más que queramos encender la chispa de la espontaneidad: ni modo de no comer, ni modo de no dormir, ni modo de no reír, ni modo de no estornudar. Las rutinas no son malas ni fastidiosas si intentamos encontrar – y derrochar - ese placer en cada actividad diaria. Total, si de todos modos vamos a salir a trabajar y a hacer funcionar esta ciudad, más nos vale sacar a pasear esos instintos y ventilarlos con entusiasmo.
Qué similares son los días en esta ciudad, y sin embargo qué distintos. No es lo mismo cuando cae la lluvia y el granizo que cuando nos quema el sol. No es lo mismo estar en una terraza, echado en un equipal, tequilita y botana al alcance, que apilar y etiquetar cajas polvorientas dentro de una enorme bodega sin ventanas. Todo depende del color del ánimo: para mí rojo es energía, gris es depresión, amarillo es inquietante, azul es tranquilidad. No hay dos días iguales.
La vida a veces se pasa volando, aún sin alas. Su transcurso es vertiginoso, percibimos apenas la brisa del aleteo que emite en su andar fugaz. Otras veces, la vida se arrastra pesadamente, como fardo en el lodo, y a duras penas nos ayuda a levantar la punta del rostro. Esos días, cuesta trabajo hasta respirar.
Esta ciudad ciertamente se ha vuelto, o la hemos vuelto, más acelerada, más insegura, más tensa, y por lo tanto con menos paz y menos tiempo para disfrutar aquellas pequeñas cosas (como también diría Serrat) que no nos dedicamos a mirar. Algo que confunde y desalienta son las noticias, en la prensa y en la televisión, porque casi siempre son malas noticias, que se cuelan en cada columna, en cada renglón, enfatizando las tragedias, los desastres naturales, las guerras, las crisis económicas, las pugnas entre partidos, los asesinatos, los accidentes, el terrorismo y la derrota de nuestro equipo favorito de fútbol. Nos salvan las tiras cómicas, los sudokus, los crucigramas, los eventos artísticos y culturales, la cartelera del cine y desde luego algunas buenas noticias (plantaron árboles, rescataron niños de la inundación, se entregaron más bicicletas, inicia La Guelaguetza, y a separar la basura).
Creo en el equilibrio, y el equilibrio es posible gracias a que existe un choque de fuerzas que se enfrentan y generan ese contrapeso; finalmente, no hay negro sin blanco, ni muerte sin nacimiento. Los pájaros siguen cantando, aunque a veces el claxon sea más sonoro; las flores siguen abriendo sus colores y llegan los colibríes haciendo ruiditos inconfundibles, aunque no nos percatemos. Hoy quiero concluir este desahogo con una buena acción: llegó la señora de las flores, como cada miércoles, le compré un ramo anaranjado, y se quejó que le dolían sus piernas de tanto andar. Sin dudar, le ofrecí una silla y le pedí que me cuidara el negocio, mientras corrí a la farmacia de la esquina a comprarle un desinflamatorio y un bote de agua. Regresé, se tomó la medicina y me agradeció. Espero que venda todo, le dije, cuídese y aquí nos vemos pronto. Me hizo el día: dar me hizo el día. Mantengamos la capacidad de asombro, la sensibilidad, la esperanza y sobretodo el buen humor. Les dejo estas estrofas para que canten también:
“Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así:
aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de tí.
Dale el día libre a la experiencia para comenzar
y recíbelo como si fuera fiesta de guardar.
No consientas que se esfume, asómate y consume la vida a granel...
Hoy puede ser un gran día, duro con él.
Hoy puede ser un gran día, imposible de recuperar,
un ejemplar único, no lo dejes escapar.
Que todo cuanto te rodea lo han puesto para ti:
no lo mires desde la ventana, y siéntate al festín.
Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien:
Hoy puede ser un gran día, y mañana también. ”
por: laura zohn
si lo empleas como el último que te toca vivir.
Saca de paseo a tus instintos y ventílalos al sol
y no dosifiques los placeres; si puedes, derróchalos.
Si la rutina te aplasta, dile que ya basta de mediocridad...
Hoy puede ser un gran día, dáte una oportunidad...”
Me tomé la libertad de iniciar este texto con las palabras de un poeta y cantante excepcional, ya que no encuentro mejor manera de empezar el día de hoy. Me gustaría amanecer positiva cada mañana, pero a veces el gris se incrusta en el ánimo.
Todos y cada uno de los días que nos toca vivir tienen -minutos menos, minutos más- la misma duración. Nos despierta el mismo sol por las mañanas, nos despide la misma luna al anochecer. Podría decirse que la rutina se apodera por temporadas de nuestra vida citadina: manotazo al despertador, salto a la regadera, desayuno veloz, hacer cola en el banco, casi puntual a la oficina, comida con los colegas, resolver imprevistos, cita de última hora, tráfico en hora pico, pasar a la tintorería, comprar leche y pan, cena en familia, dosis de televisión, cepillarse los dientes, leer el libro del buró, quedarse dormido con el libro abierto y soñar las vacaciones ideales en la playa, interrumpidas por deudas monstruosas que te persiguen con dientes afilados y niños llorando a medianoche que brincan a tu cama y te roban la cobija para refugiarse. A la mañana siguiente... de vuelta a empezar.
Como esta rutina, hay muchas, y a casi nadie le gusta sentir que vive de manera rutinaria. Siempre queremos romper la rutina, porque la consideramos aburrida. Sin embargo, todo en esta vida acaba por convertirse en una, ya que hay cosas que no podemos dejar de hacer, por más que queramos encender la chispa de la espontaneidad: ni modo de no comer, ni modo de no dormir, ni modo de no reír, ni modo de no estornudar. Las rutinas no son malas ni fastidiosas si intentamos encontrar – y derrochar - ese placer en cada actividad diaria. Total, si de todos modos vamos a salir a trabajar y a hacer funcionar esta ciudad, más nos vale sacar a pasear esos instintos y ventilarlos con entusiasmo.
Qué similares son los días en esta ciudad, y sin embargo qué distintos. No es lo mismo cuando cae la lluvia y el granizo que cuando nos quema el sol. No es lo mismo estar en una terraza, echado en un equipal, tequilita y botana al alcance, que apilar y etiquetar cajas polvorientas dentro de una enorme bodega sin ventanas. Todo depende del color del ánimo: para mí rojo es energía, gris es depresión, amarillo es inquietante, azul es tranquilidad. No hay dos días iguales.
La vida a veces se pasa volando, aún sin alas. Su transcurso es vertiginoso, percibimos apenas la brisa del aleteo que emite en su andar fugaz. Otras veces, la vida se arrastra pesadamente, como fardo en el lodo, y a duras penas nos ayuda a levantar la punta del rostro. Esos días, cuesta trabajo hasta respirar.
Esta ciudad ciertamente se ha vuelto, o la hemos vuelto, más acelerada, más insegura, más tensa, y por lo tanto con menos paz y menos tiempo para disfrutar aquellas pequeñas cosas (como también diría Serrat) que no nos dedicamos a mirar. Algo que confunde y desalienta son las noticias, en la prensa y en la televisión, porque casi siempre son malas noticias, que se cuelan en cada columna, en cada renglón, enfatizando las tragedias, los desastres naturales, las guerras, las crisis económicas, las pugnas entre partidos, los asesinatos, los accidentes, el terrorismo y la derrota de nuestro equipo favorito de fútbol. Nos salvan las tiras cómicas, los sudokus, los crucigramas, los eventos artísticos y culturales, la cartelera del cine y desde luego algunas buenas noticias (plantaron árboles, rescataron niños de la inundación, se entregaron más bicicletas, inicia La Guelaguetza, y a separar la basura).
Creo en el equilibrio, y el equilibrio es posible gracias a que existe un choque de fuerzas que se enfrentan y generan ese contrapeso; finalmente, no hay negro sin blanco, ni muerte sin nacimiento. Los pájaros siguen cantando, aunque a veces el claxon sea más sonoro; las flores siguen abriendo sus colores y llegan los colibríes haciendo ruiditos inconfundibles, aunque no nos percatemos. Hoy quiero concluir este desahogo con una buena acción: llegó la señora de las flores, como cada miércoles, le compré un ramo anaranjado, y se quejó que le dolían sus piernas de tanto andar. Sin dudar, le ofrecí una silla y le pedí que me cuidara el negocio, mientras corrí a la farmacia de la esquina a comprarle un desinflamatorio y un bote de agua. Regresé, se tomó la medicina y me agradeció. Espero que venda todo, le dije, cuídese y aquí nos vemos pronto. Me hizo el día: dar me hizo el día. Mantengamos la capacidad de asombro, la sensibilidad, la esperanza y sobretodo el buen humor. Les dejo estas estrofas para que canten también:
“Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así:
aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de tí.
Dale el día libre a la experiencia para comenzar
y recíbelo como si fuera fiesta de guardar.
No consientas que se esfume, asómate y consume la vida a granel...
Hoy puede ser un gran día, duro con él.
Hoy puede ser un gran día, imposible de recuperar,
un ejemplar único, no lo dejes escapar.
Que todo cuanto te rodea lo han puesto para ti:
no lo mires desde la ventana, y siéntate al festín.
Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien:
Hoy puede ser un gran día, y mañana también. ”
por: laura zohn